
Hace unos cinco mil años un ignoto escriba sumerio compuso el Poema de Gilgamesh, la primera epopeya conocida. Al igual que la Ilíada y la Odisea es una historia que abunda en hazañas, pero como los poemas de Homero es mucho más que una novela de aventuras.
El héroe Gilgamesh mata monstruos, vence enemigos, emprende un viaje iniciático y sobrevive a todas las pruebas. Pero a pesar de todo eso, no es todopoderoso. Frente a la muerte, “El que vio la Profundidad” —así lo llama el escriba— es tan impotente como cualquiera de nosotros.
Gilgamesh reina sobre la ciudad de Uruk. Se siente invencible, se jacta de su valentía y ejerce el poder con mano de hierro. Su aventura da comienzo cuando se hace amigo de Enkidu, un salvaje que hasta poco tiempo antes vivía en el bosque. Juntos, matan a un temible monstruo y derrotan a otro, pero súbitamente Enkidu se enferma y muere. Gilgamesh siente que su firmeza lo abandona y no atina siquiera a sepultar al amigo. Ante un vaso de cerveza, termina por confiarle toda su angustia a la tabernera Siduri: “Desde la muerte de mi amigo, tuve miedo porque pensé que yo también moriría, y por eso empecé a vagabundear sin rumbo, en busca de la inmortalidad”. Siduri —posiblemente una diosa de incógnito— intenta disuadirlo y lo exhorta: “Gilgamesh, ¿a dónde vas? No hallarás esa vida que persigues. Cuando los dioses crearon la humanidad, dispusieron la muerte para los humanos y retuvieron la vida en sus manos. En cuanto a ti, llena tu vientre, goza de día y de noche, cada día celebra una fiesta, ¡día y noche danza y juega! Procura que tus vestidos sean flamantes. Lava tu cabeza y báñate, atiende al pequeño que se toma de tu mano, y ¡haz que tu esposa se deleite contigo! ¡Pues esa es la tarea de la humanidad!”[1]
Pero Gilgamesh sigue empeñado en conocer a Utnapitshtim, el hombre de quien se dice que goza de la inmortalidad. El héroe atraviesa desiertos, cruza el mar y se interna en la caverna donde el sol se esconde por las noches. Por fin se encuentra con el inmortal Utnapitshtim, quien no es otro que Noé, el hombre que con su arca salvó a la humanidad del Diluvio con el cual los dioses castigaron sus pecados. Él fue uno de los pocos que se arrepintieron, y por eso los dioses lo premiaron con la inmortalidad.
Utnapitshtim le revela al héroe en qué lugar puede encontrar una planta espinosa que tiene el poder de devolver le la juventud. Gilgamesh logra hallarla, pero en un momento de descuido, cuando se está bañando una serpiente —¿la misma del Edén?— se la roba, y Gilgamesh tiene que regresar a Uruk con las manos vacías. El poema se cierra con una alabanza a la ciudad y a su riqueza. Otros textos cuentan que el héroe era ahora más sabio, y gobernaba la ciudad con justicia: el viaje iniciático lo había hecho madurar y ya no temía a la muerte.
Pasaron unos cinco milenios, durante los cuales surgieron y se consolidaron las grandes religiones monoteístas. El consejo que le dio la posadera a Gilgamesh aún resuena en el Eclesiastés y el Libro de Job, aunque ya para la época del Segundo Templo los judíos creían en la resurrección y la otra vida. No está claro si tomaron la idea de los mazdeístas persas o si el proceso fue el inverso, pero fueron los judíos los que legaron la idea de la resurrección y la vida eterna a los cristianos y al Islam.
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En toda la historia conocida hubo épocas en que toda la cultura parecía girar en torno de la muerte, como ocurría en el antiguo Egipto y en la Baja Edad Media europea. También hubo otras en que los humanos trataban de ignorar a la muerte y gozar de la vida, aceptando la finitud como inevitable.
En el mundo antiguo el pueblo se guiaba por la religión y temía a la muerte, y como suele ocurrir las élites intelectuales hacían lo posible por diferenciarse del pueblo. Estoicos, epicúreos y escépticos se empeñaron en restarle importancia a la muerte. Puesto que se trataba de algo que no depende de nosotros — decían— había que aceptarla como algo que ni bueno ni malo, sino indiferente.
En la Baja Edad Media, cuando la Peste mataba a los europeos de a millones, la muerte llegó a protagonizar la cultura; fue el tiempo de los flagelantes, de la Danza de la Muerte y de la brujería.
Más tarde, el culto a la juventud propiciado por el Renacimiento italiano relegó a un segundo plano al temor a la muerte, y durante la modernidad éste sólo volvió a aparecer en tiempos de guerras y pestilencias.
Estoicos, epicúreos y escépticos se empeñaron en restarle importancia a la muerte. Puesto que se trataba de algo que no depende de nosotros — decían— había que aceptarla como algo que ni bueno ni malo, sino indiferente.
Más cerca de nuestro tiempo, el desastre de la primera guerra mundial hizo que parte de la clase culta se convenciera de que para tener una personalidad “heroica” era preciso abrazar a la muerte y rendirle culto. El totalitarismo profundizó esa exaltación de la muerte, con de los uniformes negros y las calaveras del fascismo y el nazismo, del “viva la muerte” de Millán de Astray, de los arditi de Mussolini y de los kamikazes japoneses.
Tras la derrota de estas aberraciones, que sólo pudieron ser vencidas al precio de una segunda carnicería mundial, la cultura siguió por un tiempo arrastrando ese sesgo tanático. El “ser-para-la-muerte” de Heidegger y la “pasión inútil” de Sartre capitalizaron las horribles experiencias que había vivido su generación. Pero a pesar de eso con la posguerra y la reconstrucción renació el optimismo. La mejor prueba de ello fue una explosión demográfica en los Estados Unidos, provocada por la expectativa de un mundo más estable y próspero que disfrutaría de los beneficios de una segunda revolución industrial. Ni siquiera la amenaza del apocalipsis nuclear logró vencer la confianza en el futuro que caracterizó a la generación de los baby boomers.
El mito del Inmortal
Desde los tiempos de Gilgamesh, el inmortal nunca dejó de estar presente, en el imaginario popular tanto como en el literario. En casi todas las tradiciones, la inmortalidad y la eterna juventud aparecen como deseables pero por lo general son más una maldición que un don.
En la literatura fantástica sólo hay unos pocos inmortales que disfrutan de su existencia. Aparecen, se ocultan y desaparecen a lo largo de los milenios: gozan de poderes sobrenaturales y son reverenciados como dioses. Pero eso no los hace felices: a menudo son malévolos, como los vampiros y zombis, empeñados en robarles la juventud y la propia vida a los mortales.
Entre los inmortales de ficción hay muchos que, más que gozar su condición, cargan con el peso de un penoso destino, como la Ayesha de H. Rider Haggard. También están los que cumplen una condena como Ahasverus, el Judío Errante y los que no mueren nunca pero terminan envejeciendo, como el Titonio del mito griego.
Ayesha
Quizás la inmortal más famosa de la literatura sea Ella (Ayesha), la hechicera creada por H.Rider Haggard (1887-1923), que en su tiempo Freud y Jung alabaron como arquetipo de mujer fatal. Ayesha no era feliz: añoraba a su amante mortal y buscaba al hombre en quien él se hubiese reencarnado. Sus historias fueron muy populares a mediados del siglo XX y llegaron al cine, hasta acabar sus días en manos de Marvel Comics.
La aparición más reciente del inmortal se dio en The Time Masters (1953) y Time Bomb (1955) de Wilson Tucker (1953), donde Gilbert Nash (Gilgamesh) es un extraterrestre que vivió innúmeras vidas de incógnito , hasta enfrentar a una mujer inmortal venida de su mismo planeta.
Ahasverus
Ahasverus es el Judío Errante de la leyenda antisemita medieval, que ha sido condenado a vagar sin descanso, como un nuevo Caín. Según la leyenda, fue el portero de Poncio Pilatos y Dios lo castigó por haberse burlado de Cristo cuando lo vio pasar rumbo al Calvario. Su historia se hizo célebre gracias a un folletín de Eugenio Sue y no dejó de reaparecer en la ficción, aunque parece haber perdido su carga antisemita. Aparece fugazmente en el cuento “The Lost Leonardo” de J.G. Ballard y en la novela El cántico por Leibovitz de Walter M. Miller (1959), siempre ocultándose para no ser víctima de la superstición popular.
El Holandés Errante es un avatar del Judío que nació en el siglo XV que inmortalizó la ópera de Richard Wagner (1843). El Holandés ha sido condenado a vagar por los mares sin poder jamás tocar tierra, como castigo por haber pactado con el demonio. Su fantasma siguió su penosa errancia, y también fue castigado por Hollywood, que lo recluyó en Spiderman y Piratas del Caribe.
Titonio
El tercer arquetipo es Titonio, un mortal cuya belleza seduce a Eos, la diosa de la aurora. Ella es quien le pide a Zeus, quien viene de inmortalizar al bello Ganímedes, que le conceda el mismo don a Titonio, para que así viva para siempre con ella. Zeus hace inmortal a Titonio, pero no le otorga la eterna juventud. El joven comienza a envejecer, se arruga y encoje hasta convertirse en un insecto que Eos acaba echando por la ventana. El cuento “The dying man” (1957) de Damon Knight retoma el esquema de Titonio (mujer inmortal + hombre mortal) y lo llevó al futuro más remoto.
Desde los tiempos de Gilgamesh, el inmortal nunca dejó de estar presente, en el imaginario popular tanto como en el literario. En casi todas las tradiciones, la inmortalidad y la eterna juventud aparecen como deseables pero por lo general son más una maldición que un don.
En la literatura fantástica sólo hay unos pocos inmortales que disfrutan de su existencia. Aparecen, se ocultan y desaparecen a lo largo de los milenios: gozan de poderes sobrenaturales y son reverenciados como dioses. Pero eso no los hace felices: a menudo son malévolos, como los vampiros y zombis, empeñados en robarles la juventud y la propia vida a los mortales.
“El inmortal” (1947) de Jorge Luis Borges recapitula todas las figuras conocidas del inmortal, desde Ahasverus hasta Titonio. El anticuario Cartaphilus (uno de los nombres del Judío Errante) posee las memorias de un tribuno romano que visitó la Ciudad de los Inmortales. El viaje sólo le sirvió para descubrir con horror que éstos han degenerado hasta convertirse en salvajes contrahechos, incluyendo uno que se presenta como Homero.
Borges concluye que “lo divino, lo terrible, lo incomprensible es saberse inmortal”. Su reflexión toca al fondo de la leyenda, el punto donde acaban por estrellarse todas las especulaciones sobre la inmortalidad. Esto es, el hartazgo de vivir una vida infinita, que en el mejor de los casos será un eterno retorno, sufriendo la inevitable pérdida de todos los seres amados y el deseo de ponerle fin a sus días.
En la ciencia ficción hay inmortales por naturaleza, como el escocés de la saga Highlander (1986-2007) y John Oldman (el viejo) que protagonizó The Man from Earth (2007), de Jerome Bixby. En Holocene (2017) Oldman descubre que por fin está envejeciendo como un Titonio californiano.
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Desde que la biología molecular abrió la posibilidad de la clonación humana, la ciencia ficción comenzó a explorar la posibilidad de mudarse a un cuerpo más joven para ser inmortal. En The Experiment (1999) John Darnton imaginó un criadero clandestino de clones donde se producen órganos para los trasplantes que alargarán la vida de los ricos. Pero los clones son víctimas de una vejez prematura, y acaban como Titonio.
En la novela de Richard Morgan Altered Carbon (2002) se graba la personalidad en un chip y se lo implanta en un clon tantas veces como uno desee. La casta de los mets ( los émulos de Matusalén), es tan omnipotente como cruel, y no tarda en generar un movimiento de resistencia encabezado por la propia inventora del sistema.
Quizás el autor que se haya acercado más a los planteos inmortalistas actuales sea Cordwainer Smith. Hace setenta años imaginó el fracaso de una secta que “fue mucho más lejos de los límites de la vida humana porque soñaba con rehacer al hombre a su imagen”. La secta acaba engendrando monstruos, pero de su fracaso nace la Instrumentalidad del Hombre, una Orden cuyo fin era “que el hombre volviese a tener su propia imagen”. Bajo su tutela se construye una civilización que le garantiza a todos una vida de 400 años, con un rejuvenecimiento cada siglo. Pero hasta los cuatricentenarios de Cordwainer Smith sucumbían al tedio y acababan poniendo en marcha un Renacimiento del Hombre: liberan las enfermedades y con eso vuelven a introducir el riesgo en la vida humana[2].
Los inmortalistas
Con el auge de las tecnologías digitales y de la ingeniería genética, en las últimas décadas del siglo pasado surgió la idea de que la ciencia estaría en condiciones de otorgarnos, a corto o mediano plazo, el don de la inmortalidad.
El inmortalismo actual forma parte del movimiento transhumanista y reivindica entre sus precursores a una ideología que tuvo su apogeo con la Revolución Rusa. Los transhumanistas reconocen a los inmortalistas rusos como pioneros de la criogenia, las trasfusiones de “sangre joven”, las técnicas hormonales y hasta el proyecto de conservar con vida las cabezas separadas del cuerpo.
Los manuales suelen simplificar la historia reduciendo la Revolución Rusa a la caída de los Romanov y la toma del poder por los bolcheviques, que impusieron el marxismo. De tan simple, este resumen peca de simplismo. Ni la Revolución francesa ni la rusa tenían un plan de acción premeditado, y en ambos casos el nuevo orden nació de una turbulencia social en cuyo seno abundaban los proyectos utópicos. Lo que hicieron los bolcheviques en cuanto se impusieron sobre las otras facciones fue consolidar el dogma marxista eliminando a los disidentes.
A fines del siglo XIX, la clase ilustrada rusa hervía como un magma ideológico donde convivían sectas, escuelas filosóficas, profetas iluminados, nihilistas, populistas y racionalistas. Todos creían que la tan esperada revolución no sólo acabaría con el antiguo orden sino también con la religión, que en Rusia estaba estrechamente ligada al poder imperial. Era el escenario que tan bien pintó Dostoievski en Los endemoniados (1871), con esos adolescentes que se jactaban de haber creado tres distintos sistemas filosóficos antes de cumplir los veinte años.
La mayoría estaba entonces convencida de que en el proceso revolucionario la religión debía desaparecer, en cuanto instrumento de opresión. Creía que el materialismo acabaría con cualquier forma de espiritualidad y liberaría la creatividad humana que hasta entonces habían reprimido los poderosos.
Pero el pueblo ruso siempre se había caracterizado por su fervor religioso, y sólo admitiría reemplazar la religión por algo que satisficiese su necesidad de trascendencia. El materialismo debía ofrecer una respuesta al deseo de una justicia superior, darle un nuevo sentido a la vida y complacer el deseo de inmortalidad.
De ese hervidero de sectas radicales que competían entre sí y desaparecían tan pronto nacidas, surgieron el cosmismo y el inmortalismo, dos ideologías que a veces se confundían y otras se enfrentaban. Estas doctrinas ganaron espacio entre los revolucionarios y prosperaron hasta que quienes las defendían fueron aniquilados por Stalin por haber apoyado a Trotsky[3].
El Cosmismo fue fundado por Nikolai Federov (1829-1903) un cristiano ortodoxo que aspiraba a renovar la religión sobre bases filosóficas. Varias facciones anarquistas se disputaron su legado pero es innegable que ejerció gran influencia en la formación de figuras como Tolstoi, Dostoievski, Soloviev, Malevich, Lunacharski y Pasternak. El único cosmista que siguió siendo respetado por todos, antes y después de Stalin, fue Tsiolkovski, el promotor de la astronáutica.
Los cosmistas como Alexander Svyatogor veían a la muerte como algo “irracional, injusto y antiestético” y pensaban que era preciso acabar con ella con la ayuda de la ciencia. Nikolai Federov veía a la muerte como algo innatural, un defecto que la ciencia estaba obligada a corregir. En el destino del hombre debían estar tanto la inmortalidad como la expansión al universo. Muravyev iba más lejos: proponía eliminar las diferencias de género creando una tecnología para la reproducción asexuada.
Los inmortalistas defendían la conquista del espacio porque creían que se haría necesario cuando hubiese que albergar a todos los resucitados que rescataríamos del pasado tras la derrota de la muerte. La conquista del espacio era inseparable de la resurrección y la inmortalidad. Tsiolkovski defendía la “patrificación de los cielos” (eso que hoy llamamos terraformación): la trasformación de los planetas en otras tantas Tierras.
No es casual que el inmortalismo naciera en ese período que los rusos recuerdan como “la década de la muerte” (1911-1923): los años en los cuales se sucedieron la primera guerra mundial, la revolución, la guerra civil, la gran hambruna y la gripe española. Entre todas, estas calamidades se llevaron millones de vidas, aunque obligaron a las autoridades a promover la medicina, que en esos años alcanzó un nivel equivalente al europeo.
Fue en 1922 cuando los biocosmistas publicaron su primer manifiesto, donde proclamaban que la inmortalidad, la resurrección de los muertos y el rejuvenecimiento eran derechos humanos y el Estado estaba obligado a garantizarlos para todos los ciudadanos.
Estos objetivos se alcanzarían gracias a una tecnología materialista, con la cual algún día podríamos resucitar a los muertos.
El inmortalismo sigue teniendo cierta presencia en la Rusia actual y ha remozado sus consignas. Hoy se define como “una ideología del futuro, que promueve el progreso, la inteligencia artificial, la multi-corporalidad, la inmortalidad y la cyborgización del hombre”. En esas ideas se inspiran el programa Rusia 2045, auspiciado por el gobierno de Putin.
Actualmente, quienes encarnan las ideas del biocosmismo en los Estados Unidos son Ray Kurzweil y Elon Musk, quien se muestra tan obsesionado por conquistar Marte como por lograr la inmortalidad. Musk suele citar como propia la fórmula de Tsiolkovki “la Tierra es la cuna del hombre, pero no podemos vivir siempre en la cuna”.
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El inmortalismo inspiró algunos de los proyectos más audaces de la ciencia soviética.[4] En 1920 el biólogo Alexander Gurvitsch creyó haber detectado una radiación emitida por las células al dividirse y la llamó “radiación mitogenética”. El dominio de esta fuerza pondría en manos de la medicina un “rayo de la vida” que regeneraría los órganos dañados. Las ideas de Gurvitsch sedujeron a gran parte de la comunidad científica mundial, pero con el tiempo su “rayo de la vida” fue a parar al cesto de las hipótesis fallidas, como los “rayos N” de Blondlot. En una novela muy popular en esos años (Los huevos fatales (1925) Mijail Bulgakov se hizo eco de ellas, pero lo hizo en el marco de una sátira al régimen que por una vez los censores no alcanzaron a detectar.
En esos años el Premio Nobel Ilya Metchnikoff, padre de la gerontología, sostuvo que el envejecimiento y la muerte se debían a las toxinas que las bacterias depositaban en nuestro cuerpo. Su teoría no prosperó, pero gracias a ella desde entonces el yogur, supuesto rejuvenecedor, se incorporó a nuestra dieta.
La anabiosis de Porfirii Bajmáiev, que consistía en congelar temporalmente a los cuerpos enfermos hasta tanto la medicina pudiese curarlos, también nació en esos años. Aparentemente ese fue el motivo por el cual los cuerpos de Lenin y Stalin no fueran enterrados sino congelados y más tarde embalsamados, a la espera de que la ciencia los resucitara.
La técnica de rejuvenecimiento hormonal con plasma extraído de los testículos de chimpancé, propuesta por el francés Brown Séquard, fue popularizarla por el austríaco Steinach (seis veces nominado para el Nobel) y sobre todo por el ruso Sergei Voronoff. Este último montó un criadero de simios para hacer trasplantes y aseguró haber logrado sorprendentes rejuvenecimientos. De hecho, lo que hacía Voronoff no eran trasplantes sino vasectomías, con lo cual castró a numerosos pacientes, entre ellos a Sigmund Freud y el poeta William B.Yeats. Aldous Huxley se burló de esas experiencias, que su hermano Julian elogiaba, en la novela After many a summer (1939), donde hay un millonario que se somete al tratamiento Voronoff, pero en lugar de rejuvenecer se convierte en simio.
Con el fracaso de este tratamiento los científicos rusos dejaron de castrar monos y se pusieron a decapitar perros. Si lograban conservar con vida sus cabezas, podrían trasplantarlas a otro cuerpo. Sergei Brijonenko tuvo su momento de fama cuando logró mantener viva durante unas horas una cabeza de perro, cuyas fotos recorrieron el mundo e hicieran de su laboratorio un lugar de peregrinación. Entre quienes lo visitaron estuvieron George Bernard Shaw y dos científicos ingleses de filiación comunista: J.B.S. Haldane y J.D.Bernal. Fueron ellos quienes les dieron a las cabezas sin cuerpo un lugar de privilegio en sus ensayos filosóficos Dédalo (1923) de Haldane y El mundo, la carne y el demonio (1929) de Bernal[5]. Los perros decapitados también despertaron la atención de los narradores. Al ruso Mijail Bulgakov le inspiraron la novela Corazón de perro (1925). En Last and First Men (1930) el inglés Olaf Stapledon imaginó unas cabezas animadas que en el futuro sometían a los hombres y los usaban para jugar con ellos a la guerra. C. S. Lewis también puso en That Hideous Strenght (1945) una cabeza parlante, pero la presentó como víctima de una posesión diabólica. Quizás la más popular versión fue la novela Donovan’s brain (1942) de Curt Siodmak, llevada al cine en 1953 con la participación de Nancy Reagan.
Inmune a las críticas, Vladimir Démijov logró en 1959 mantener vivo durante más de una semana a un perro de dos cabezas. Aun hoy mismo, el documental transhumanista Technocalips (2006) le sigue dedicando cierto espacio a este tema.
Otra técnica nacida en esos años fue la trasfusión a los ancianos de sangre de personas jóvenes con el propósito de rejuvenecerlos; es posible que a ella le debamos la expresión “sangre joven”, tan usada por periodistas y políticos.
Su promotor fue Alexander Bulgákov (1873-1928), amigo de Lenin y cofundador del Partido Bolchevique. A su utopía La Estrella Roja (1897) se debe que la estrella roja de cinco puntas (que representaba al planeta Marte) llegara a ser el emblema del régimen soviético. Bulgákov fundó un Instituto para la trasfusión de la sangre en procura del rejuvenecimiento, pero murió precisamente por contagiarse con la sangre infectada de una joven. Bogdanov apostaba por esa técnica, aunque estimaba que a la larga la inmortalidad llegaría a ser insoportable. Escribió el cuento “Dia de la inmortalidad” donde el sabio que había logrado ponerla al alcance de todos acababa suicidándose.
La inmortalidad tecnológica
En el período que se abrió con el atentado a las Torres Gemelas, el mundo parece haber ingresado en una fase de la historia dominada por la innovación tecnológica pero a la vez por el regreso de ideologías que dábamos por superadas. El transhumanismo de hoy retoma las fantasías de inmortalidad de hace un siglo, pero ahora cuenta con los medios técnicos y económicos para hacerlas realidad.
Aquello que entonces se planteaba en el marco antrópico (la deificación del hombre) renace ahora en un marco alogénico[6] caracterizado por el individualismo, el voluntarismo y el desprecio por la naturaleza. Si en aquellos tiempos el numen de la tecnología era el pragmático Edison, ahora nadie deja de invocar el nombre de Tesla, al que siempre se vio como el mago de la ciencia.
La inmortalidad que los cosmistas exigían para todos aparece hoy como el privilegio de unos pocos. Ni siquiera vale la pena esperar que se democratice, como prometen los transhumanistas, porque en poco tiempo más seremos reemplazados por una forma de vida no biológica, como ellos mismos aseguran. Esto es pasar de la apoteosis (antrópica) del Hombre, al desprecio (alogénico) por el cuerpo que nos ha dado la evolución.
La inmortalidad ha llegado a ser un objetivo tecnológico, gracias al decisivo impulso que le ha dado una elite de gigamillonarios que no se resignan a envejecer y sólo admiten morir por accidente. Los trans-humanistas son tan ansiosos como Gilgamesh porque se niegan a aceptar que tarde o temprano una nueva generación los reemplazará en el poder. Son la vanguardia de la revolución informática y acumulan las fortunas más grandes de la historia, de modo que no es exagerado afirmar que ellos son los que mueven al mundo. La prensa suele tratarlos con cierta ironía (los llama “los billonarios inmortales de Silicon Valley”) pero no deja de difundir sus ideas. La inmortalidad, de la cual antes se hablaba en las páginas de religión ahora ha comenzado a aparecer en las de economía y sociedad.
Entre los principales mentores y financiadores del inmortalismo científico están Ray Kurzweil y Sergei Brin, ambos de Google; Lawrence J. Ellison, de Oracle; Jeff Bezos de Amazon; Sam Altman de Open AI: Mark Zuckerberg, de Facebook; Bryan Johnson, de Blueprint; Peter Thiel de Pay Pal;Vitálik Buterin de Ethereum y, last but not least, Elon Musk. de Tesla, Space X, Neuralink y unas cuantas empresas más.
Lawrence J. Ellison, cuyo fuerte no parece ser la originalidad sino el voluntarismo, no hace más que emular a los inmortalistas rusos y a los antiguos gnósticos cuando afirma: “La muerte me irrita, No tiene ningún sentido. ¿Cómo puede llegar a existir una persona en este mundo y luego desaparecer?” El Inmortality Institute de Houston tiene por objetivo “combatir la plaga de la muerte involuntaria”, y hasta Bryan Johnson, que sólo aspira a extender la vida, tiene el lema “No te mueras”, con que se rinde culto a los rockstars.
Los gigamillonarios aseguran que con la ingeniería genética ya es posible derrotar a la muerte. El desciframiento del genoma ya permite a cualquier biohacker “editar” los genes para reemplazar los tejidos a medida que se van deteriorando. Michael West, CEO de Advanced Cell Technologies, asegura que “estamos cerca de lograr para nuestros cuerpos la misma inmortalidad de que gozan las células germinales”. Su razonamiento no es válido , porque el espermatozoide y el óvulo no “mueren” sino que se funden en el cigoto, pero los espermatozoides que no fecundan y los óvulos que no son fecundados perecen en cuanto quedan expuestos al medio externo.
Los apóstoles actuales del inmortalismo son a la vez investigadores, empresarios, políticos y personajes mediáticos. Para promover sus programas y darnos el ejemplo, suelen experimentar en su propio cuerpo, desde la criogenia hasta las trasfusiones de sangre y la terapia vitamínica.
Bryan Johnson cree que la transfusión intergeneracional puede rejuvenecer, de modo que se ha hecho inyectar sangre de su hijo y ha donado parte de la suya a su padre, sin darse por enterado de que hace un siglo Bogdanov perdió la vida al hacer algo similar.
Implícitamente, todos parecen confiar en las discutidas ideas de Linus Pauling (1901-1994), el biólogo con dos premios Nobel en su haber que perdió prestigio cuando creyó que podría curar el cáncer de su esposa con dosis masivas de vitamina C. A pesar de aquel memorable fracaso, Ray Kurzweil, Elon Musk y Brian Johnson toman más de doscientos comprimidos con suplementos dietarios por día. En el caso de Musk, la dieta se complementa con inyectables y psicotrópìcos como la ketamina y el éxtasis.
Cuesta creer que quienes invierten fortunas en procurar la inmortalidad lo hagan tan sólo porque desean beneficiar a sus tataranietos, a quienes por otra parte ya han condenado a ser reemplazados por “máquinas espirituales”. Es difícil pensar que detrás de sus esfuerzos no esté el deseo de la inmortalidad personal.
La tecno-teología
Los profetas de la Singularidad se cuidan de no confrontar con las grandes tradiciones religiosas y son muy benévolos con la “espiritualidad” New Age, la cual por otra parte está en los orígenes del transhumanismo. Minimizan al conflicto entre la ciencia y la religión como un mito del siglo XIX, y proponen una suerte de cooperación entre ambas visiones del mundo. Pero de hecho, se proponen reemplazar a todas las religiones por una tecnología de poder casi mágico: confían en que sus milagros tangibles darán satisfacción a todas las demandas a las que solía responder la religión. Su objetivo es reemplazar la fe por el conocimiento técnico.
En el documental Technocalips[7], un verdadero manifiesto del transhumanismo, varias de las figuras consultadas no dudan en afirmar que “vamos a convertirnos en Dios”. Un vocero de Google, sin darse cuente de que está citando a la serpiente del Génesis, promete con toda seriedad: “¡seréis como dioses!”.
Technocalips nos recuerda que tanto el programa Apolo como el desciframiento del genoma humano fueron proyectos de inspiración cristiana. También nos presenta a la “asesora teológica” de una empresa de robótica y muestra a Ray Kurzweil aplaudido en una iglesia. De hecho, los mormones y algunos grupos cristianos y judíos han adoptado el transhumanismo, al que parecen ver como inevitable. A lo largo del documental, se hace todo lo posible por demostrar que el inmortalismo es compatible con el hinduismo, el Islam, el judaísmo, las drogas psicodélicas a hasta con la secta ovni de Raël. Se invoca a MacLuhan, Teilhard de Chardin, Minsky y Tipler, pero no se deja de afirmar que el principal enemigo es la tradición bíblica, con lo cual parece excluir a los monoteístas.
Technocalips comienza con la quema de un fantoche que representa al Hombre, como para simbolizar que el tiempo del sapiens se ha cumplido. Se cierra con el apotegma de Kurzweil “¿Dios existe? Yo diría que todavía no”. Su frase está lejos de ser original, puesto que está tomada de dos cuentos clásicos de la ciencia ficción de los Cincuenta.[8]
Por otra parte, el documental cita a los escritores de ciencia ficción como si tuvieran la misma autoridad que los científicos: reconoce como fuentes de inspiración a Arthur Clarke y Stapledon e incluye una entrevista a Bruce Sterling.
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El indiscutido patriarca del inmortalismo es Ray Kurzweil. Su figura es la del arquetípico american hero, ganador nato en todos los campos en los que se le antoje competir. La prensa no ha dudado en compararlo con Edison, aunque por su estilo es más afín a Tesla, quien le ha dado nombre a la empresa de Musk y es venerado por los transhumanistas. En el documental que protagoniza[9] Kurzweil se muestra junto al retrato de Edison y frente a los monumentos de Leonardo y Lincoln, como para señalar que esas son las figuras con las que se identifica. Niño prodigio, Kurzweil hizo su primera aparición a los 17 años para presentar un precoz invento en un programa de televisión. De ahí en adelante, no hizo más que acumular patentes, con las cuales se hizo rico y se animó a encarar proyectos más ambiciosos, como el de la inmortalidad.
La Ley de los Rendimientos Acelerados de la cual Kurzweil proclama ser autor no es más que un corolario de la Ley de Moore, la que describe el crecimiento exponencial de la tecnología. Kurzweil entiende que la clave del proceso está en el hecho de que cada innovación es la herramienta que permitirá producir la siguiente.
Desde hace tiempo viene anunciando la llegada de la Singularidad, el momento crucial en el cual las “máquinas” superarán al hombre y aprenderán a perfeccionarse a sí mismas. Para tranquilizarnos, no duda en asegurar que para entonces ya habrán sido resueltos “todos los problemas sociales y económicos”(sic).
Para Kurzweil, la evolución es un proceso espiritual que superará al hombre y abrirá un futuro post-biológico para el planeta. De la conjunción de genética, nanotecnología y robótica nacerá el próximo hombre-máquina, el Human Body 2.0, que será un ciborg con órganos artificiales más eficientes que el corazón, el hígado o los riñones[10], pero éste a su vez será superado por la máquina espiritual. Con la Singularidad nacerá una inteligencia divina, dotada de un potencial un millón de veces mayor que la nuestra.
Kurzweil sostiene que ya no tenemos por qué aceptar la muerte; ni siquiera racionalizarla como hacen los filósofos. La muerte debe ser encarada como un problema que puede y debe ser resuelto por la tecnología.
Algunos de sus seguidores van más lejos y aseguran que algún día todos podremos “resucitar” trasplantando nuestra conciencia a un nuevo cuerpo o al simulacro del cuerpo del personaje célebre. La artista Natasha Vita-More, esposa del director de Alcor, imagina un “Versace digital” que diseñará para nosotros los cuerpos que deseemos, con lo cual podremos “gozar cada vez de más placer y elegancia”.
El documental Technocalyps da por inevitable la llegada del inmortalismo pero no deja de concederle algún espacio a quienes creen todo lo contrario. Pero el criterio con el cual elige a quienes representan esta postura va desde los predicadores callejeros del fin del mundo hasta los ludditas y el Unabomber, con lo cual implícitamente desautoriza las críticas más racionales.
Para Kurzweil, la evolución es un proceso espiritual que superará al hombre y abrirá un futuro post-biológico para el planeta. De la conjunción de genética, nanotecnología y robótica nacerá el próximo hombre-máquina, el Human Body 2.0, que será un ciborg con órganos artificiales más eficientes que el corazón, el hígado o los riñones, pero éste a su vez será superado por la máquina espiritual. Con la Singularidad nacerá una inteligencia divina, dotada de un potencial un millón de veces mayor que la nuestra.
Escenarios
El escepticismo que no deja de despertar la promesa de la inmortalidad física contrasta con el tono enfático de sus defensores, quienes anuncian un “apocalipsis” tecnológico. La Singularidad no sólo será el comienzo de una nueva era de la historia humana: será una nueva fase de la evolución y de la vida del propio cosmos. La pregunta ingenua es: ¿siendo el universo tan grande como es, cómo es posible que nadie lo haya hecho antes que nosotros?
Aun admitiendo que por el momento la evolución de la tecnología no parece reconocer límites, cabe preguntar no por el cómo ni el cuándo la ciencia estará en condiciones de darnos la inmortalidad sino para qué la queremos. En el último siglo, las armas nucleares nos demostraron que la tecnociencia es ambigua: no sólo extiende nuestros poderes sino es capaz de aniquilarnos y hasta de destruir la vida en el planeta. Puede ofrecernos maneras cada vez más perfectas de suicidarnos o de hacer sufrir al prójimo, pero no está dicho que todo lo que puede hacerse, deba hacerse.
¿En qué medida podemos conservar el control de nuestras extensiones tecnológicas antes de que ellas lleguen a controlarnos o aun a prescindir de nosotros? ¿Cuál será la reacción que los humanos tendrán ante la posibilidad de ser aniquilados o sometidos a sus propias criaturas?
Muchos críticos del inmortalismo evocan a los escenarios imaginados por la ciencia ficción. Algunos profetizan una guerra Hombre vs. Máquina del tipo Terminator, o un futuro en el cual las máquinas nos harían luchar unos contra otros para entretenerse con el espectáculo, como hacían los Cerebros de Lewis. No faltan los que imaginan que tendríamos que conformarnos con ser mascotas de las máquinas y quienes temen esa reproducción descontrolada de los nanobots que se conoce como Plaga gris.
Aun admitiendo que por el momento la evolución de la tecnología no parece reconocer límites, cabe preguntar no por el cómo ni el cuándo la ciencia estará en condiciones de darnos la inmortalidad sino para qué la queremos.
Al comienzo la inmortalidad sólo estaría al alcance de los gigamillonarios y de los líderes más poderosos, que casi seguramente la usarían para eternizarse en el poder e instaurarían regímenes de sumisión prácticamente invulnerables. Para defenderse de la acusación de elitismo, los inmortalistas aseguran que como ocurre con todas las innovaciones, la inmortalidad también terminará por abaratarse y algún día estará al alcance de todos.
Pero el problema más difícil que plantearía la inmortalidad universal es el de la superpoblación. De mantenerse la tasa de natalidad actual el planeta podría llenarse de inmortales; en poco tiempo agotaría sus recursos y ellos mismos desaparecerían.
Para eludir esta perspectiva los inmortalistas apuestan por la creación de colonias en otros planetas. Si en el pasado Europa alivió de su exceso de población haciéndola emigrar a América, ahora los inmortales podrían irse a vivir en Marte, como sueña Elon Musk. Pero este proyecto llevaría siglos, y no nos serviría para el corto y mediano plazo.
Michael Rose elogia la novela One Million tomorrows (1970) de Bob Shaw, donde se ha resuelto el problema de la superpoblación esterilizando a todos los inmortales varones y Kurzweil no deja considerar esa alternativa. Ninguno de los dos parece haberse dado cuenta de que la novela es una distopía: en el mundo que describe la esterilidad es impuesta violentamente y genera un movimiento de resistencia.
Por otra parte, tampoco podemos confiar en que el problema de la superpoblación se resolvería con un método tan extremo; con sus mismas premisas podemos imaginar que la tecnología no tardaría en darles a las mujeres la partenogénesis (algo menos fantástico de lo que parece) con lo cual el problema seguiría sin resolverse.
Basándose en lo que ocurre actualmente en los países centrales, Rose estima que en los próximos años se seguirá postergando la edad de la maternidad y continuará bajando la tasa de natalidad. Pero esto no vale para el resto del mundo, donde la mayoría de la gente sigue deseando tener hijos y nietos, cuando no es excesivamente prolífica o no sabe cómo evitarlo. Ni siquiera con el fomento de la homosexualidad se reducirían los nacimientos, porque es difícil que desaparezca el deseo de paternidad y de maternidad.
El hecho es que esa inmortalidad que ofrecían las religiones y los sabios descreían, pasa ahora a ser aceptable y aun deseable porque en lugar de venir de Dios viene de los ricos y famosos.
Los megalómanos del pasado también deseaban ser tan inmortales como los dioses. No podemos calcular cuáles serían sus fortunas a valores actuales pero sabemos que disponían de las vidas de millones de súbditos. El emperador chino Qin Shi Huang mandó hacer una armada de 8000 soldados de terracota para seguir reinando en el más allá. Los faraones egipcios hicieron construir pirámides para preservar sus restos hasta el día en que Osiris los llamara, y los últimos emperadores romanos se hicieron rendir culto como dioses inmortales.
Pasado un par de milenios, muy pocos recuerdan sus nombres, y los únicos que se ocupan de ellos son los arqueólogos.
[1] The Epic of Gilgamesh. A new translation by Andrew George. Londres, Penguin Classics, 2000. Una versión libre, basada en los textos originales pero traducida al formato de una novela es el Gilgamesh de Stephen Mitchell. New York, Atria Books, 2004.
[2] Ver mi libro El Señor de la Tarde. Conjeturas en torno de Cordwainer Smith, Malta. Guid Publications, 2011
[3] AA.VV. Russian Cosmism, editado y prologado por Boris Groys, Londres, The MIT press 2018.
[4] Nikolai Krementsov, Revolutionary Experiments. The quest for immortality in bolshevik science and fiction.Londres, Oxford University Press, 2014.
[5] Me he ocupado de este tema en el artículo “El Hombre Nuevo”, del libro Aspiraciones. Buenos Aires. Samizdat, 2017
[6]. En mi libro Natura (2016) explico en qué sentido empleo las categorías antrópico y alogénico.
[7] Technocalips es un documental belga del 2006, dirigido por Frank Theys
[8] Se trata de “La respuesta (1954) de Fredric Brown y “La última pregunta” (1956) de Isaac Asimov.
[9] Transcendent man, documental del 2009 dirigido por Berry Ptolemy.
[10] La contribución de Kurzweil al volumen del Immortality Institute. The Scientific Conquest of death. Essays on Infinite Lifespan (Buenos Aires, Libros en red, 2004) se titula precisamente “Human body Version 2.0” La misma publicación incluye el ensayo de Marvin Minsky “Will Robots Inherit Earth?”
