Pablo Capanna

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Promesas de resurrección

20 febrero, 2026 By Pablo Capanna

La muerte es la circunstancia más inevitable de la vida pero sigue siendo tan misteriosa como hace miles de años. A pesar de todo lo que sabemos acerca de cómo y porqué de la muerte y cuál es el destino del cuerpo, ignoramos si la conciencia le sobrevive o se extingue con él. Aun hoy la idea de un “más allá” de la muerte sigue inquietando por igual tanto a los creyentes como a los incrédulos. Angustia tanto a los que temen la muerte, como a los que la aguardan en paz y hasta a los que la desean. Ni siquiera los más descreídos pueden evitar que en algún momento se les ocurra pensar en eso.

Es que si todo acaba al morir, la vida sólo puede ser vista como “una enfermedad mortal de transmisión sexual”, como irónicamente tituló Zanussi una de sus películas. Hay que ser todo un estoico para resignarse a que no sea más que eso, y dejar de pensar en la muerte.

Hasta una civilización como la nuestra, que pretende borrar cualquier rastro de vivencia religiosa y acostumbra denigrar a los creyentes, una y otra vez renace la idea de que existe un “más allá”, que es posible comunicarnos con él y que es legítimo aspirar a ser inmortales, aunque se difiera en la forma de lograrlo. Pruebas de esta inquietud subterránea son en las numerosas sectas apocalípticas que hace muy poco tiempo se inmolaron en busca de la inmortalidad, el fanatismo de los yihadistas, que matan para convertirse en mártires y más recientemente en las fantasías tecnológicas del transhumanismo.

Hace más de un siglo, en pleno auge del espiritismo, los grandes magos de la tecnología como Edison y Tesla aseguraban que en pocos años lograrían desarrollar un dispositivo para comunicarse con los muertos. Sus equivalentes de hoy son figuras como  Kurzweil o Musk, que auspician y financian generosamente investigaciones como el Proyecto Gilgamesh, Neuralink o The Human Brain Project. El magnate aeroespacial Robert Bigelow ha fundado un Instituto de la Conciencia Humana y ofrece un premio de un millón de dólares a quien demuestre que hay vida después de la muerte. Todos comparten la ideología del Transhumanismo, que a semejanza de las denigradas religiones nos promete “reencarnarnos” en un sistema informático, o “resucitar” en un cuerpo robótico.

El Más Allá

La creencia en una vida posterior a la muerte es un fenómeno casi universal, pero se manifiesta de maneras muy diversas. Es común que los historiadores que no desean ser vistos como confesionales se tienten de explicar todas esas diversidades mediante alguna hipótesis general de tipo reduccionista. La creencia en un más allá sería una respuesta a la brevedad de la vida y expresaría cosas como el deseo insatisfecho. Entre los desposeídos esa creencia respondería al deseo de ser compensados por las injusticias sufridas y la confianza en una justicia superior. La inmortalidad no sería más que un reflejo imaginario de la estructura social y de los valores que la sostienen. Para los poderosos la otra vida habría nacido para satisfacer el deseo de sobrevivir a la inevitable declinación del poder. Faraones, emperadores, millonarios y dictadores siempre se han rodeado de astrólogos y futurólogos. Hasta el martirio  y el suicidio pueden responder, más que al puro nihilismo, al  deseo de una  vida y una felicidad eternas.

Esta perspectiva reduccionista, en torno a la cual parecerían confluir los seguidores de Nietzsche, Marx, Freud y Darwin, no alcanza sin embargo a explicar esos casos históricos en los cuales la religión no remite a aquellas motivaciones. Hay religiones que niegan explícitamente la supervivencia o la piensan como un castigo, como es el caso del budismo más ortodoxo.

Faraones, emperadores, millonarios y dictadores siempre se han rodeado de astrólogos y futurólogos. Hasta el martirio  y el suicidio pueden responder, más que al puro nihilismo, al  deseo de una  vida y una felicidad eternas.

Aquellos que piensan en perspectiva evolucionista imaginan que el deseo de extender la vida más allá de la muerte brindaría cierta ventaja evolutiva, al volvernos más audaces en la lucha por sobrevivir. Pero en cualquier cultura hay valores que sugieren algo que no se agota en la mera selección natural. Russell Wallace ya discutía con Darwin acerca de cuál era la ventaja que daban la poesía o la matemática para ganar la lucha por la vida.

De ser cierto que la creencia en otra vida se limita a compensar las frustraciones, debería estar mucho más extendida en las civilizaciones que tienen la menor expectativa de vida. Los neandertales y nuestros antepasados,los primeros sapiens, que morían antes de los treinta años, ya rendían tributo a los muertos. Quizás el culto a los antepasados y a los héroes sea la creencia más antigua, porque premiaba con la sabiduría a los ancianos y la gloria para los héroes.

Aun así, esta tendencia no parece manifestarse de manera unívoca en las civilizaciones más antiguas, como China y Egipto. Ambas civilizaciones tenían una expectativa de vida no muy superior a la del Neolítico, pero igual morían a una edad que para nosotros sería apenas el umbral de la madurez. Sus actitudes ante la muerte eran diametralmente opuestas. Los chinos rendían culto a los antepasados pero sólo aspiraban a prolongar al extremo la vida biológica. Los egipcios, por su parte, tenían una expectativa de vida quizás superior a la de los chinos pero vivían obsesionados por la muerte y el más allá. Lo que para unos era algo inalcanzable, era lo que le daba sentido a la vida de los otros.

Ideas como la inmortalidad del alma, la reencarnación o la resurrección recién aparecerían en una etapa más reciente. Eso ocurrió durante ese tiempo privilegiado que Jaspers llamó Era Axial: el período que abarca desde el siglo IX al II antes de Cristo, en el cual surgieron los órficos, Zaratustra, los Upanishads, Akhenatón y los profetas hebreos.

Hasta ese momento casi todo el mundo antiguo, incluyendo buena parte del pueblo judío, negaba la posibilidad de cualquier otra vida posible. En el caso de que la aceptara, la imaginaban como un estado deplorable en el cual todos se confundían, así fuesen reyes, héroes o pordioseros. Era la menos deseable de las inmortalidades.

El Poema de Gilgamesh (4500 a.JC), una de las epopeyas más antiguas que conocemos, lo expresa explícitamente. Su héroe, que no acaba de llorar la muerte de su mejor amigo, emprende un viaje en busca de la inmortalidad. La posadera con quien se confía al hacer un alto en el camino lo desalienta: los dioses nos han hecho mortales y la inmortalidad les pertenece. Gilgamesh sólo alcanza a conocer a un hombre inmortal. Es el mismo que en la Biblia se llama Noé, a quien en premio a su lealtad los dioses le han permitido emularlos.

Con cierto énfasis en el libro de Job y en el Eclesiastés, la Biblia desalienta la búsqueda de la inmortalidad, quizás por el afán de diferenciar al monoteísmo judío de la necromancia y otras supersticiones cananeas.

Las cuatro grandes innovaciones escatológicas que nacen al fin de esta era son el juicio de los muertos (Egipto), la reencarnación (India), la inmortalidad del alma (Grecia) y la resurrección (Irán). Todas las grandes religiones históricas optaron por alguna de ellas y se influyeron entre sí. Esto vale aun para el Islam, que siendo históricamente más reciente, ha asimilado algo de todas ellas.

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La idea de que nuestras vidas serán juzgadas en el más allá es un legado de los egipcios, que recién siglos más tarde asimilarían las grandes religiones.

La tradicional obsesión de los egipcios por la muerte y el más allá justificaba la práctica de la momificación. Su objeto era preservar el cuerpo físico del faraón y otros poderosos hasta que Osiris lo llevara al cielo y los convirtiese en estrellas.

Con el tiempo, la supervivencia se fue “democratizando” y la inmortalidad fue puesta al alcance de todos aquellos justos cuyas vidas se hubieran ajustado a las normas morales y tenían recursos para afrontar los gastos de la momificación, lo cual excluía a los pobres.

Los egipcios creían que teníamos un alma (ba) y una suerte de fantasma llamado ka, que habitaba en la tumba y recibía las ofrendas. Los muertos eran juzgados por la diosa Ma’at, quien decidía quiénes serían entregados a la muerte definitiva y quiénes serían dignos de unirse a Osiris, en cuyo caso recibían un cuerpo glorificado llamado Akh.

El Libro de los Muertos egipcio (cuyo título original era Salida a la Luz) nació en esta etapa: incluía la famosa “confesión negativa” en la cual el difunto defendía su causa enunciando todos aquellos pecados que no había cometido, para mostrar que era merecedor de otra vida.

Hacia la misma época los hindúes pasaron de la etapa védica a la de los Upanishads, donde por primera vez aparece la idea de la reencarnación.

Los hindúes también confiaban en la existencia de una justicia moral en el universo, pero no aspiraban a una vida eterna, sino a un progreso indefinido hacia la liberación del sufrimiento. En lugar de ser visto como una condena moral, el sufrimiento se explicaba como resultado de los errores y aciertos (el karma) cometidos a lo largo de una larga cadena de existencias anteriores.

En esta secuencia el alma (atman) podía reencarnarse en un ser inferior a ella, como un animal, en alguien más poderoso, como un dios o un demonio, o en un nuevo cuerpo humano, después de pasar por una serie de paraísos e infiernos, ninguno de los cuales era definitivo. En cada vida el karma crecía o decrecía, pero el sufrimiento seguía presente en todas las existencias y cada nueva vida empezaba desde cero, sin recordar la vida anterior. De este triste destino se ofrecían a liberarnos el budismo, que prometía el Nirvana como cesación del deseo de vivir y la extinción del alma o el jainismo, que nos llevaría a la liberación (Moksha) del destino. Para ambas religiones, la reencarnación no era un premio sino una condena de la cual era preciso escapar.

Aun así, las versiones populares del Mahayana y del tantrismo abundaban en truculentas visiones de los tormentos a los cuales serían sometidas las almas o de los maravillosos jardines donde se solazarían. El texto tántrico conocido como Libro tibetano de los muertos describía los estados intermedios que había entre la muerte y la aniquilación final. También incluía una minuciosa y barroca descripción del juicio al que era sometido el difunto.

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En la Grecia de los tiempos homéricos, la inmortalidad era el premio que los dioses reservaban para los héroes y los elegidos. El resto tenía que conformarse con ir a parar al Hades, un lóbrego paraje lleno de tristes espectros al cual visitaron tanto Ulises como Eneas. Allí justos y pecadores, víctimas y victimarios, sufrirían los mismos tormentos. Con una expectativa tan poco alentadora, era inevitable que griegos y romanos ensalzaran a la vida y la juventud.

Los órficos y platónicos hicieron todo lo posible para cambiar este panorama, pero su influencia sobre la cultura recién se llegó a sentir siglos más tarde, de la mano del neoplatonismo, que era de origen egipcio. La mayoría seguía viendo al alma como un mero espectro que habitaba el Hades. Hasta el emperador Adriano, en su célebre poema sobre el alma, usaba diminutivos como animula, pallidulay blandula) para resaltar su insignificancia.

Pero si hay algo que haría sentir la influencia griega sobre el pensamiento religioso del mundo antiguo esa era la concepción del alma inmortal e inmaterial que crearon el orfismo y el pitagorismo. Su profeta fue Platón, que también se hacía eco de la tradición egipcia y escenificaba en el final de su República, el juicio de los muertos. También encontramos algún eco egipcio en la visión tripartita del hombre (soma, psique y nous) que Platón desarrolla en el Fedro y el Fedón. Pero el alma platónica es ajena a este mundo y preexiste al cuerpo. Con la muerte se desprende de él para volver al topos ouranos del cual ha venido y del cual conserva confusos recuerdos.

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Cada cultura imagina la supervivencia post mortem según el valor que le atribuya a la identidad personal o a la importancia que tengan para ella los colectivos. El personalismo occidental es tan fuerte que a lo largo de los siglos permitió que sobre su base se articularan ideas tan distintas como el alma platónica, la resurrección judeo-cristiana y hasta ese progresismo secular que confía que la historia lo juzgará. Oriente, en cambio, nunca dejó de ver al individuo como parte de una familia, un clan o un pueblo, y se despreocupó por salvar la personalidad, considerada tan superficial e irrelevante como el aspecto físico.

Siendo tan opuestas estas actitudes, no debería sorprendernos que la preservación de la identidad y su memoria, que para los occidentales era una suerte de dogma, para los orientales era una peligrosa y condenable herejía. En el siglo XIII la ortodoxia católica condenó a los averroístas latinos porque sostenían que lo único inmortal en el hombre era el intellectus agens, la racionalidad impersonal. Esa tesis era considerada herética, porque no reconocía el valor de la personalidad y la experiencia de una vida. Siglos antes la misma cuestión se había planteado en Oriente, para llegar a una conclusión diametralmente opuesta. La pequeña secta de los pugdálavadias había sido condenada por el Concilio budista de Lhasa del año 792 precisamente porque creía que la personalidad merecía ser preservada.

Cada cultura imagina la supervivencia post mortem según el valor que le atribuya a la identidad personal o a la importancia que tengan para ella los colectivos. El personalismo occidental es tan fuerte que a lo largo de los siglos permitió que sobre su base se articularan ideas tan distintas como el alma platónica, la resurrección judeo-cristiana y hasta ese progresismo secular que confía que la historia lo juzgará. Oriente, en cambio, nunca dejó de ver al individuo como parte de una familia, un clan o un pueblo, y se despreocupó por salvar la personalidad, considerada tan superficial e irrelevante como el aspecto físico.

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Todo parecería indicar que los primeros que sostuvieron la idea de la resurrección de los cuerpos fueron los iraníes, seguidores del dualismo mazdeísta. Los zoroastrianos creían que cuando llegara su Mesías (el Saoshyant), los muertos se levantarían de sus tumbas y serían juzgados. Se la haría pasar por un simbólico puente que era ancho para los justos y fino como el filo de un cuchillo para los pecadores. Quienes llegaban a la otra orilla recibían un “cuerpo futuro” y pasaban a habitar en “una nueva creación.”

Ambos modelos, el de la escatología irania y el del alma platónica influyeron sobre el judaísmo, que hasta la época del Segundo Templo había guardado silencio sobre el tema. Hasta entonces nadie tenía otro destino que el Sheol (literalmente, “basural”), un sitio tan siniestro como el Hades pagano. Sólo muy pocos eran llevados a un lugar beatífico conocido como regazo de Abraham.

El tema de la resurrección aparece en la Biblia recién después del exilio. El primero en hablar de ella es el profeta Ezequiel, quien la usa como metáfora del resurgimiento del pueblo judío, pero se instala en el siglo II a. JC gracias a la literatura apocalíptica, especialmente con el libro de Daniel.[1] Lo que aparece en esta etapa es una síntesis de distintas tradiciones religiosas acerca de la recompensa que merecía la vida del justo.

Para la tradición judía no había un alma ajena al cuerpo, que “se encarnaba” en este mundo y emergía de él redimida, tal como creían órficos, pitagóricos y platónicos. La carne (el cuerpo), y la sangre (el principio de animación) eran un todo. En lugar de ver al alma encarnada como quería el platonismo, los judíos veían al hombre como un cuerpo animado.

La cuestión seguía siendo objeto de polémicas en tiempos de Jesús, cuando los fariseos creían en la resurrección y los saduceos la negaban expresamente. Los propios apóstoles de Jesús todavía “discutían entre sí qué era eso de resucitar de entre los muertos.”(Mc 9:10)

La apologética paulina terminó de instalar la promesa de la resurrección en el eje de la fe cristiana. El cristianismo hubiese podido prescindir de la inmortalidad del alma, comentaba Gilson, pero no hubiera existido sin la resurrección del cuerpo. Cuando San Pablo les habló a los griegos en el Areópago se burlaron de él porque hacía de la resurrección de Jesús la prueba de fuego de su propia prédica: “Si no hay resurrección de los muertos, entonces Cristo no resucitó y nuestra fe es vana.”(I Cor.15:13-14). No conocemos otra religión que se atreviera a apostar su misma credibilidad a un único acontecimiento histórico.

En el Islam, que recogió parte de las creencias mazdeístas, judías y cristianas, la resurrección es desplazada al fin de los tiempos. Las recompensas y castigos se dan en la etapa intermedia, una suerte de purgatorio entre la muerte y el juicio final.

Cuando San Pablo les habló a los griegos en el Areópago se burlaron de él porque hacía de la resurrección de Jesús la prueba de fuego de su propia prédica: “Si no hay resurrección de los muertos, entonces Cristo no resucitó y nuestra fe es vana.”(I Cor.15:13-14). No conocemos otra religión que se atreviera a apostar su misma credibilidad a un único acontecimiento histórico.

Destinos escatológicos

Por lo general los filósofos nunca se apartaron demasiado de las tradiciones religiosas propias de su cultura. Algunos trataron de interpretarlas y profundizarlas filosóficamente, otros prescindieron de ellas, y sólo unos pocos las rechazaron de plano.

El hinduismo creía que el alma (atman) no moría: se reencarnaba en todos los cuerpos que fueran necesarios, hasta liberarse de su destino (karma). Platón prometió la inmortalidad, pero sólo para el alma (psyché). Pero aun así la identidad se diluía implícitamente al liberar al alma del cuerpo perecedero. A pesar de eso, a lo largo de los siglos la doctrina platónica de la inmortalidad del alma fue apropiada por la ortodoxia cristiana.

La visión monoteísta difiere bastante de la espiritualidad platónica. Tanto el cristianismo como el dualismo iranio, un sector del judaísmo y el Islam, se atrevieron a hablar no ya de una existencia fantasmal sino de una resurrección que nos permitiría conservar nuestra identidad. La promesa de un cuerpo incorruptible es la única alternativa que preserva la identidad profunda aun después de abandonar el cuerpo material.

En el Nuevo Testamento, lo que resucita no es el cuerpo físico sino la persona[2]: aquello que acostumbramos llamar “alma” es plenamente solidario con el cuerpo.

Atenágoras decía que “lo que ha recibido el pensamiento y la razón es el hombre, y no el alma por sí misma. Luego, es necesario que el hombre, compuesto de alma y de cuerpo, subsista siempre, y no puede subsistir si no resucita.”[3] 

Nietzsche, que veía a la inmortalidad del alma como una mentira platónica y la resurrección como una locura bíblica, nos propuso la inmortalidad como el eterno retorno del instante fugaz. Implícitamente, pensaba en los instantes felices. Porque ¿quién podría desear revivir al infinito cosas como la guerra, la desgracia, el sufrimiento o la injusticia?

La pregunta que precede a todas las demás es ¿qué se entiende por “cuerpo”, “alma”,  “inmortalidad” y “resurrección”? Cuando hablamos de “cuerpo” ¿hablamos del organismo que al morir se desintegra en sus compuestos químicos, o de la identidad que la persona ha ido construyendo a lo largo de su existencia?

Los Evangelios presentan la resurrección (anástasis) de Cristo como algo que pertenece a un orden distinto al de las reanimaciones que realiza Jesús. Los casos como el de Lázaro, la hija de Jairo o el hijo de la viuda de Naín, son reanimaciones, retornos temporales a la vida de un cuerpo clínicamente muerto, algo que hoy hace la medicina casi a diario. Pero la vida de los reanimados sigue su curso y acaban muriendo como de todos los demás.

En cambio, el cuerpo de Cristo resucitado es reconocido por todos los testigos como el mismo a quien ellos habían seguido cuando vivía, por más que ahora se comporte de manera misteriosa.

El evangelista insiste en que el Resucitado no es un espectro sino un ser de carne y hueso: conserva las llagas que tenía al morir, pide que le den algo de comer y comparte la comida con sus amigos. A Magdalena le prohíbe que lo toque, pero para persuadir a Tomás lo invita a palpar sus heridas. Los encuentros con el Resucitado no son visiones ni alucinaciones, porque no todos están seguros de saber que es realmente él. Mateo no deja de consignar que aun después de verlo “muchos dudaban de él.”

María Magdalena lo confundía con un jardinero. Los discípulos de Emaús viajaban con él y recién se daban cuenta de quién era cuando lo veían partir el pan en la mesa. Entre los que salen a pescar en el mar de Tiberíades, sólo Juan parece darse cuenta de que quien los acompaña es Jesús.

Lo que estas apariciones tienen en común con los otros milagros del Evangelio es su “naturalidad”. Las reacciones que provocan en los testigos son lo opuesto de las que produciría una sugestión. El milagro parece algo tan natural que nadie parece darse cuenta de él. Lo realmente extraño son las súbitas apariciones y desapariciones del cuerpo resucitado, que atraviesa las paredes a pesar de las leyes físicas.

Desde su específica perspectiva, los científicos creyentes han intentado acercarse al misterio de la resurrección. Algunos comparan la dualidad alma-cuerpo con la complementariedad de onda y partícula, que para la física son dos aspectos de una misma entidad. El físico jesuita Manuel Carreira argumenta que si bien algo así no respeta las leyes de la física clásica, es plausible en el campo cuántico, donde son habituales fenómenos como la dualidad onda/partícula o el “efecto túnel” que permite a una partícula viajar de un lugar a otro sin pasar por el espacio que las separa. El milagro sería que un cuerpo macroscópico como el humano pudiera comportarse como el electrón o el neutrino. Sir John Polkinghorne, que es físico y sacerdote anglicano a la vez, hace un minucioso análisis de los testimonios registrados en los Evangelios para concluir que su cantidad y calidad permiten descartar la hipótesis de una alucinación colectiva, y son más que suficientes para creer que la resurrección es un hecho real.

De más está decir que en todos los casos se trata de especulaciones. El problema excede el conocimiento científico, y probablemente lo siga excediendo por mucho tiempo más.

El evangelista insiste en que el Resucitado no es un espectro sino un ser de carne y hueso: conserva las llagas que tenía al morir, pide que le den algo de comer y comparte la comida con sus amigos. A Magdalena le prohíbe que lo toque, pero para persuadir a Tomás lo invita a palpar sus heridas. Los encuentros con el Resucitado no son visiones ni alucinaciones, porque no todos están seguros de saber que es realmente él. Mateo no deja de consignar que aun después de verlo “muchos dudaban de él.”

María Magdalena lo confundía con un jardinero. Los discípulos de Emaús viajaban con él y recién se daban cuenta de quién era cuando lo veían partir el pan en la mesa. Entre los que salen a pescar en el mar de Tiberíades, sólo Juan parece darse cuenta de que quien los acompaña es Jesús.

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El núcleo de la doctrina paulina de la resurrección está en la Iª Carta a los Corintios, donde Pablo habla de un paradójico cuerpo espiritual (soma pneumatikón) que sería el cuerpo corruptible una vez que se ha vuelto inmortal (Iª Cor. 15.53)

Para ilustrar esta trasmutación de lo carnal en espiritual, la patrística desplegó todo un repertorio de metáforas. El proceso de la resurrección fue comparado con la flor, con el feto, la crisálida o el huevo. Algunos preferían hacer una analogía con un vasija rota y restaurada, con el bronce de la estatua vuelto a fundir, o con el fuego que sigue ardiendo con otros leños.

Entre todas estas metáforas, la imagen paulina de la semilla es la que acabó por imponerse. La semilla no contiene un árbol en miniatura, pero cuando es plantada en suelo fértil engendra un nuevo árbol. Para la comprensión precientífica, eso era un milagro. Así lo entendía Pablo, al insistir especialmente en la discontinuidad entre el cuerpo carnal y el espiritual: “lo que tú siembras no es el cuerpo que va a brotar, sino una semilla desnuda (gymnos kokkos) como la del trigo, por ejemplo. (I Cor. 15:37).

Los fieles tenían tantas dudas sobre la resurrección que San Agustín no daba abasto para responder a sus preguntas: ¿Aquellos cuerpos que habían sido devorados por las fieras serían regurgitados? ¿Cómo renacerían los mártires de Lyon, cuyos cuerpos habían quemado los paganos para impedirles que renacer? ¿Cuántos cuerpos tendrían los siameses? ¿Los amputados, renacerían con todos sus miembros? ¿Con qué edad volveríamos a la vida? ¿Todos tendrían el mismo sexo? ¿Los cuerpos renacerían perfeccionados, como creía Atenágoras, o tal como eran en el momento de morir, como enseñaba Tertuliano?

Uno de los problemas que planteaba la metáfora de la semilla, de ser tomada literalmente era encontrar en qué parte del cuerpo estaría. Los zoroastrianos creían que, siendo los huesos la parte más duradera del cuerpo, ellos eran la semilla del cuerpo glorioso. Por eso exponían los cadáveres a los buitres, pero rescataban los huesos. La misma creencia fue la que en el mundo cristiano impulsó el macabro despliegue medieval de osarios y relicarios: hasta el siglo XIII se hervían los cadáveres de nobles y eclesiásticos para rescatar los huesos como reliquias. Boyle, uno de los padres de la química, todavía pensaba que los huesos eran el “núcleo esencial” de la persona.

La Modernidad no logró cambiar demasiado estas costumbres, a pesar de que la Ilustración había repudiado como supersticioso el culto de las reliquias. Durante el Terror, cuando la guillotina no paraba de segar vidas, Fouché mandó poner en los cementerios un letrero que rezaba La muerte es un sueño eterno. Pero a pesar de eso el culto de los huesos siguió incólume, como se pudo ver el día que una multitud se reunió para acompañar los huesos de Voltaire al Panteón.

En el siglo XX por primera vez en la historia hubo un régimen político, el soviético, que se declaró explícitamente ateo. Pero cuando sus dirigentes murieron sus restos fueron objeto de una veneración similar a la de esos santos que habían repudiado. Lenin mandó filmar el sepulcro del beato pintor Andrei Rublev para que el pueblo viera que los cuerpos santos también se corrompían. Más ambicioso, Stalin mandó levantar un imponente mausoleo donde sus huesos serían venerados junto a los de Lenin, pero la guerra y las dificultades técnicas le impidieron realizarlo. Recién en el XXIIº Congreso del Partido Comunista, una delegada contó que Lenin se le había aparecido en sueños para confesarle que no soportaba la compañía del georgiano, de modo que el cuerpo de Stalin fue retirado. La misión cubana que en 1997 rescató de Bolivia los restos del Che Guevara para llevarlos a Cuba, fue el equivalente de aquella otra que mil años antes los agentes venecianos realizaron para sacar de Alejandría los restos de San Marcos.

Forma e información

No hace tanto que la biología nos ha enseñado que partiendo de una célula es posible clonar todo el organismo, porque lo importante no son los materiales que la componen sino la información que encierra su ADN. El desciframiento del genoma no hizo más que verificarlo.

La física clásica parecía rescatar el materialismo de Demócrito y Epicuro, que imaginaba la materia formada por átomos indivisibles, sólidos y eternos. En ese marco, la resurrección era una idea totalmente absurda. Justino había dicho que Dios tenía el poder de rescatar hasta el último fragmento de nuestro cuerpo, pero ahora sabíamos que los mismos átomos podían haber pasado por varios cuerpos e incluso los que constituyen nuestro organismo actual se renovaban varias veces a lo largo de la vida.

Lo importante no era pues la materia sino la forma, esto es su organización.

Con la nueva física, cualquier esfuerzo por explicar la resurrección en términos fisicalistas resulta casi patético. Basta pensar en la bizarra hipótesis del “ascensor en caída” que ideó el Peter van Inwagen. Este teólogo de la iglesia episcopal imaginó que en el momento de la muerte Dios removía el sistema nervioso del moribundo y lo reemplazaba por un simulacro. Éste era el que era sometido a la autopsia. Al verdadero cerebro Dios lo reservaría para implantarlo en  un nuevo cuerpo a la hora de la resurrección.[4] Ante este tipo de especulaciones, Hans Kung pidió que de una vez dejáramos de buscar “la continuidad de un cuerpo como magnitud física o de plantear cuestiones científico-naturales como la permanencia de las moléculas.”[5]

Santo Tomás, apelando al aristotelismo —que a pesar de su antigüedad era la ciencia más avanzada de su tiempo— puso la identidad en la forma sustancial. A esta “forma” ahora la llamamos estructura, y convenimos en que está hecha de información. Sin información, el universo sería una nube indiferenciada, sin vida y mucho menos vida inteligente.

Cuando un terremoto derriba una casa nos damos cuenta de que la construcción era mucho más que los materiales de los que estaba hecha. Las ruinas carecen de ese orden que está en los planos y nació en la mente del arquitecto: la información. Del mismo modo, las letras pueden ser vistas como trazos de tinta sobre el papel, pero entre unos garabatos y una frase con sentido hay todo un abismo. Puede que tengan la misma cantidad de tinta, pero sólo las palabras y las frases tienen información. Un archivo digital es una secuencia de ceros y unos, pero puede expresar tanto genialidades como sinsentidos: igual que los libros. Las bases nitrogenadas del ADN son “letras”, pero el genoma es un texto que explicita el algoritmo del ser al cual pertenece. La materia importa menos que su organización.

Conjeturas

La física clásica sigue siendo válida para explicar la mayoría de nuestras acciones, pero el materialismo filosófico está en vías de extinción, porque el mundo físico se ha ido “desmaterializando” cada vez más.[6]” Al compás de las revoluciones científicas, la flecha del tiempo, la exploración del mundo cuántico y el estudio de la complejidad han cambiado de raíz nuestra visión del mundo. Ya no pensamos a los átomos como unas bolitas macizas sino como configuraciones de la energía. En lugar de una materia inerte tenemos conceptos dinámicos como masa/energía e información.

De hecho, las ciencias de la vida no han hecho más que añadirle sentido a la metáfora de la simiente. Cuando Pablo dice que “a cada semilla (…) Dios le da un cuerpo peculiar” lo primero que se nos ocurre es pensar en el papel que cumple el genoma. Tanto la semilla como el genoma son materiales y requieren de energía, pero lo esencial de ellos está en la información que contienen. La información requiere de un soporte físico, pero no es algo físico. Se despliega en el tiempo, pero es atemporal.

En un mundo como el nuestro, donde crece la expectativa de vida y las reanimaciones ya son de rutina el anhelo de inmortalidad no ha desaparecido. La novedad está en que ahora sólo creemos que la tecnología podrá satisfacerlo.

Los trans-humanistas prometen que pronto podremos cargar en un computador toda la información que encierra nuestro cerebro. Eso nos permitirá abandonar el cuerpo y vivir para siempre, gozando de placenteras ilusiones y de conocimientos ilimitados, con la única condición de que no se corte el suministro de energía.

Algunos físicos especulan con la posibilidad de la “resurrección cuántica.” Desde Dirac, sabemos que dos partículas que alguna vez han interactuado siguen estando vinculados entre sí, sea cual sea la distancia que las separa. Este quantum entanglement nos permite imaginar que cada vida humana pueda tener su backup en algún lugar del universo, para que un observador omnisciente (Dios) pueda restaurarla al fin de los tiempos. Sin embargo, con esta suerte de eterno retorno cuántico también resucitarían seres como Stalin, Hitler, Nerón, Atila y otros indeseables.

Quienes más lejos han ido en esta dirección son el neurofisiólogo Stuart Nemeroff y el físico matemático Roger Penrose, con un Premio Nobel en su haber. Basándose en las propiedades del cito-esqueleto de las neuronas, esa maraña de micro-túbulos que soporta al citoplasma, sostienen que las moléculas de tubulina que transportan actúan como conmutadores informáticos y generan la actividad bio-eléctrica que registra el electroencefalograma. Si el cito-esqueleto de cada neurona es una computadora cuántica con una capacidad operativa equivalente a la de todo el cerebro, habrá que elevar al cuadrado la capacidad de éste para procesar información.

En un mundo como el nuestro, donde crece la expectativa de vida y las reanimaciones ya son de rutina el anhelo de inmortalidad no ha desaparecido. La novedad está en que ahora sólo creemos que la tecnología podrá satisfacerlo.

Los trans-humanistas prometen que pronto podremos cargar en un computador toda la información que encierra nuestro cerebro. Eso nos permitirá abandonar el cuerpo y vivir para siempre, gozando de placenteras ilusiones y de conocimientos ilimitados, con la única condición de que no se corte el suministro de energía.

Sin dejar de ser altamente especulativa, la hipótesis llamada Orch OR (sigla de reducción objetiva orquestada del estado cuántico) no es seudociencia, porque se expone a la falsación. De hecho, existen pruebas de que los microtúbulos tienen actividad computacional.

Visto así, nuestro cerebro no tendría límites para procesar y almacenar toda la información que nos constituye como personas, tanto en el genoma como en las experiencias de toda una vida.

 Según Nemeroff, en el momento de la muerte, se produciría una suerte de backup instantáneo, como el que hace nuestra computadora cuando se corta el suministro eléctrico.

Aun después de la muerte cerebral (el encefalograma plano) el cito-esqueleto continúa estable por media hora más, y se estima que la operación de rescate insumiría menos tiempo. Pero aun en el caso de ser esto cierto, el resultado no dejaría de ser una suerte de eterno retorno, el replay infinito de una misma película.

Lo que resulta paradójico es que, pensando en términos de información, la idea de la resurrección termina siendo hoy más plausible que hace siglos. Nos cuesta menos entender que el cuerpo espiritual sea de un orden tan distinto al físico tal como la planta lo es de la semilla. Todos estamos familiarizados con esos libros que se escribieron en pergamino, se imprimieron en papel y hoy se leen como archivos digitales. Su contenido sigue siendo el mismo, aunque los soportes cambien.

Sabemos que todo software necesita de procesador, que es su hardware. La “máquina” no sirve de nada sin los programas, y éstos se alimentan de información. Pero siempre está la posibilidad de que programa y memoria puedan ser transferidos a un nuevo soporte físico, tal como sostienen Penrose y Nemeroff. Considerando que el 95% de la materia y la energía que hay en el universo son “oscuras” para la física, el médico español Carlos Delgado[7] se atreve a especular que el ámbito de la resurrección podría darse precisamente en ese mundo. Aun en ese caso, no se trataría de resurrección sino de transmigración, porque el mundo “oscuro” también sería parte del espacio-tiempo.

Lo que resulta paradójico es que, pensando en términos de información, la idea de la resurrección termina siendo hoy más plausible que hace siglos.

Para imaginar algo más afín a la antropología bíblica, tendremos que pensar en un árbol, que se auto programa a partir de su genoma y su interacción con el medio. En algún momento producirá la semilla de un nuevo árbol, que se construirá con otros átomos y en otro lugar. Nada que ya no haya sido dicho en lenguaje paulino.

A un ser temporal se le hace muy difícil imaginar lo que está más allá del tiempo. La resurrección es un dato revelado, como nos recuerda Hans Kung. Como tal, es inaccesible a la intuición y a la representación, pero nada impide que un nuevo imaginario genere nuevas metáforas. Nuestra memoria finita construye una imagen fragmentaria de los difuntos, pero Dios conoce a cada uno y recuerda hasta a los olvidados. Como dijo el apóstol, lo que ahora veo en un espejo oscuro se transfigurará cuando conozca como soy conocido.


[1] Alan F. Segal. Life after Death.A History of the Afterlife in the Religions of the West. New York, Doubleday 2003

[2] Cfr. Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo, Salamanca. Ed. Sígueme 1982

[3] Atenágoras, De resurrectione mortuorum, cap. XV (citado por Gilson en El espíritu de la filosofíamedieval Emecé, Buenos Aires, 1952.

[4] Peter van Inwagen, The possibility of resurrection and other essays of Christian apologetic. Boulder (Co.), Westview Press, 1998

[5] Hans Kung, ¿Vida eterna? Trad. De J.M.Bravo Navalpotro, Madrid, Cristiandad, 1982; pág.190

[6] Davies, Paul-Gregorsen, Henrik, eds, Information and the Nature of Reality. From Physics to Metaphysics. Cambridge University Press, New York 2010

[7] Carlos A. Delgado. El cerebro invisible. Cómo la mente y la conciencia sobreviven a la muerte. Barcelona, Ediciones B, 2018.

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Pablo Capanna nació en Florencia (Italia) en 1939, y desembarcó en Buenos Aires como inmigrante cuando tenía diez años. Pasó su adolescencia en Ramos Mejía, estudiando Comercial y dibujo de … Leer

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