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La querella del Big Bang

13 abril, 2026 By Pablo Capanna

Para entender cuál es la diferencia entre causalidad y finalidad basta con preguntarse por qué hierve el agua en la pava. Una buena respuesta es “El agua hierve porque el calor hace mover cada vez más rápido sus moléculas, y éstas tienden a escapar por la superficie en forma de vapor.” Pero hay otra, no menos válida: “Porque me estoy por preparar un té[1]”. La primera explicación nos refiere a la causalidad y la segunda a la finalidad. Pero la una no niega la otra: más bien, se complementan. Encendemos el fuego para prepararnos una infusión, y el agua hierve conforme a las leyes de la física.

En la pregunta por el origen del universo ambos aspectos están presentes. La ciencia está en condiciones de decirnos qué ocurrió en el Tiempo Cero, el instante de la doble expansión inflacionaria que dio comienzo a todo. Pero a la filosofía le cabe preguntar si todo ese despliegue cósmico que nos incluye, tiene o no algún sentido. Se trata nada menos que de saber si existe un Dios creador o si el universo se ha creado a sí mismo. En otras palabras, sabemos cómo nació la materia/energía pero ignoramos de dónde vino la información necesaria para que naciera, evolucionara y algún día permitiera que seres como nosotros comenzaran a entenderla.

La ciencia está en condiciones de decirnos qué ocurrió en el Tiempo Cero, el instante de la doble expansión inflacionaria que dio comienzo a todo. Pero a la filosofía le cabe preguntar si todo ese despliegue cósmico que nos incluye, tiene o no algún sentido.

Hasta bien avanzado el siglo XX se creía que la pregunta por el origen del universo era un problema filosófico y por lo cual estaba más allá del alcance de la ciencia. Aunque desde las primeras líneas la Biblia proclamaba la creación del mundo por Dios, el propio Santo Tomás reconocía que esa era una cuestión de fe: tanto se podía argumentar que el universo es eterno como que tuvo un comienzo.

En 1842 Auguste Comte, el padre de esa filosofía positivista que se decía vocero de la ciencia, dictaminó que “jamás podríamos llegar a conocer la química y la mineralogía de las estrellas”. Pero no habían pasado tres años de que escribiera eso, y ya había quienes estudiaban la física solar.

La cosmología científica nació en el Siglo XX, desde que los astrónomos dispusieron de los grandes telescopios ópticos de Wilson y Palomar. Creció con el desarrollo de la espectroscopia y la radioastronomía, que aportaron información acerca de lo que hasta ese momento era puramente especulativo. La cosmología acabó de convertirse en ciencia apenas hace unas décadas, cuando entró en órbita el primer telescopio espacial, comenzaron a descubrirse planetas extrasolares y se echaron las bases de la exobiología.

Desde hacía siglos, parecía estar fuera de discusión que el universo era infinito en tiempo y espacio y que la materia era eterna e indestructible. Cualquier alusión al origen del universo era vista como un resabio del antropocentrismo o una concesión al dogma religioso. Muy pocos dudaban en silenciarla, porque no era consideraba una cuestión científica.

Sin embargo, nadie había podido resolver la paradoja planteada en 1823 por el astrónomo alemán Wilhelm Olbers. Si el universo fuera infinito, pensaba Olbers, tendría que haber infinitas estrellas. ¿Por qué entonces el cielo nocturno es oscuro? De existir tantas luminarias, ¿la noche no debería estar tan llena de luz como el mediodía?

La paradoja de Olbers invitaba a pensar que el universo era finito, al menos en cuanto al espacio: la termodinámica se encargó de ponerle un límite temporal. Apenas un año después de Olbers, el joven Sadi Carnot, que sólo estaba tratando de mejorar el rendimiento de las calderas de vapor, estudió la degradación de la energía, permitiendo que bien pronto Clausius formulara la Segunda Ley de la termodinámica.

La Ley dice que cada vez que transformamos una forma de energía en otra (por ejemplo, cuando un dínamo convierte movimiento en electricidad o un ventilador transforma electricidad en movimiento) aparece la entropía: esto significa que parte de la energía se pierde bajo la forma del calor que se irradia. Si generalizamos esta tendencia a todo el universo, veremos que la entropía global no hace más que crecer, de modo que al fin de los tiempos el cosmos tendrá una temperatura homogénea. En eso que suele llamarse “muerte térmica del universo”: dejará de existir el movimiento y todo acabará en una inerte tibieza.

Esta nueva visión científica no sólo hablaba de un universo finito: sugería que tenía que haber tenido un comienzo temporal: una idea que despertaba entusiasmo entre los creyentes y producía indignación entre los ateos.

Algunos autores católicos alemanes como Franz Brentano y varios jesuitas, concibieron en esos años un argumento entrópico para probar la existencia de Dios.[2] Pierre Duhem, el gran historiador católico de la ciencia, no lo reconoció como válido pero no pudo evitar que los materialistas repudiaran no sólo este estilo de apologética sino el propio concepto de muerte térmica. No dudaron en calificar a la termodinámica de especulación empírica (Vogt), superstición (Spencer) y absurda teoría (Engels). En defensa del universo infinito, al que imaginaban amenazado por el oscurantismo clerical, se alzaron las voces de Haeckel, Nietzsche y Haldane. Más tarde, en la Unión Soviética, la entropía fue condenada como doctrina burguesa y se ordenó que la astrofísica se limitara a ocuparse del universo infinito.

El día sin ayer

Como solía decir el físico Philip Morrison “ciencia” es una palabra que está más cerca del verbo que del sustantivo, porque es algo que está siempre haciéndose y jamás deja de ser provisorio.

En los años que siguieron la ciencia no se detuvo y la termodinámica pasó a ocupar un lugar central en la cosmovisión científica. El cambio también llegó a la URSS. En la popular novela Cor Serpentis, (1958) de Iván Efrémov, ya había un coro que despertaba a los astronautas exhortándolos a luchar contra la funesta entropía.

“Ciencia” es una palabra que está más cerca del verbo que del sustantivo, porque es algo que está siempre haciéndose y jamás deja de ser provisorio.

Otro paso decisivo se dio al descubrir que el universo se estaba expandiendo. La espectroscopia nos mostró que el espectro de la luz que nos llega desde las estrellas tiende a correrse hacia el rojo. Eso se debía al efecto Döppler, que todos hemos experimentado: el ruido de un auto que se acerca se va haciendo cada vez más agudo, y se vuelve más grave cuando se está alejando. Del mismo modo, la luz de un foco que viene hacia nosotros tiende a desviarse hacia el azul, y la de uno que se aleja vira hacia el rojo.

El corrimiento hacia el rojo del espectro lumínico, que estudió Edwin Hubble en 1929, sugería que las estrellas se están alejando unas de otras. Hubble siempre se negó a reconocer que de lo que se trataba era de la expansión del universo.

Pero si el universo se expandía en el espacio, en algún momento había tenido origen. En ese instante originario todo tenía que haber estado contenido en un punto de una densidad inimaginable: una suerte de aleph borgeano.

A esta conclusión llegaron hace casi cien años y por caminos distintos, el ruso Aleksander Friedmann y el belga Georges Lemaître. Friedmann murió sin ser reconocido, pero Lemaître, que era físico, astrónomo y sacerdote católico, se consagró como el padre del Big Bang.

Lemaître imaginó un “átomo primitivo” de incalculable masa y energía que había estallado en ese “día sin ayer”, en el cual todo comenzó. No encontró mejor metáfora que hablar de “un espectáculo pirotécnico”, a partir del cual el tiempo empezó a correr y el universo a expandirse.

En 1937, Einstein se entrevistó con Lemaître en Mount Palomar y le dio públicamente su apoyo. En un gesto de grandeza, reconoció que había cometido un gran error al introducir en su teoría una “constante cosmológica” que apoyaba la idea de un universo estático.

Sin embargo, no todos estaban dispuestos a aceptar la idea de un universo finito, con principio y fin, unos por razones científicas y otros por motivos filosóficos o ideológicos. Para sostener la hipótesis del universo infinito, el británico Fred Hoyle y los austríacos Gold y Bondi elaboraron la teoría del “estado estacionario”, que dieron a conocer en 1948. En este modelo, aunque se expandiera el universo seguía siendo infinito, pero se hacía necesario postular que en el vacío interestelar seguían apareciendo constantemente nuevos átomos para ocupar los espacios que se iban abriendo.

Al año siguiente Hoyle se presentó en un programa de la BBC y no dudó en descalificar “esa doctrina de la Gran Explosión (big bang) que nos remite a causas desconocidas para la ciencia”. Hoyle estaba ironizando con la “pirotecnia” de Lemaître, pero los medios se apropiaron de esa expresión desdeñosa y comenzaron a usar ese nombre para referirse a la hipótesis de Friedmann y Lemaître.

La teoría del Big Bang fue cobrando cuerpo por obra de George Gamow, un físico ruso exiliado en USA quien en el curso de ese mismo año formuló la hipótesis de un “Big Bang caliente.” De no haberse dado elevadísimas temperaturas en el comienzo —sostuvo— la totalidad de los elementos simples, como el hidrógeno y el helio, no se hubieran combinado para formar los elementos pesados, algo que recién ocurriría mucho después, en el seno de las estrellas. Gamow también sostuvo que en alguna parte debían quedar huellas de ese estallido, algo que recién se pudo probar unos veinte años después.

El hecho de que la ciencia pareciera reconciliarse con la Biblia despertó el entusiasmo de unos y reavivó los rencores de otros. George Thompson, que había sido Premio Nobel de física en 1937, ironizó diciendo que “probablemente los físicos habrían estado dispuestos a creer en la creación, de no ser porque la Biblia lo había dicho hace tanto tiempo que ahora parecía anticuado.”

En la disputa de los astrofísicos hubo grandezas y mezquindades como las que hay en cualquier otra profesión, pero el Big Bang acabó por desplazar al Estado Estacionario. La teoría de la nucleosíntesis estelar (1957), el descubrimiento de la radiación de fondo (1965), la formulación del modelo estándar y los datos aportados por los satélites COBE (1989) y WMAP (2001) acabaron de consagrarlo.

Pero donde el tema se cargó de violencia verbal, moral y aun física fue en el ámbito ideológico[3], donde se desató un nuevo combate de la “inevitable guerra” entre la ciencia y la religión.

La Creación y el Big Bang

El 22 de noviembre de 1951 el Papa Pío XII habló del Big Bang ante la Academia Pontificia de Ciencias. El texto, presumiblemente redactado por su asesor científico Agostino Gemelli, hablaba de la entropía, elogiaba a Hubble y se hacía eco del trabajo de Gamow. Si la ciencia probaba que el universo había tenido un comienzo —decía el Papa— había que admitir la presencia de un Creador, con lo cual el Big Bang venía a probar la existencia de Dios.

La noticia le provocó un disgusto a Lemaître, a quien nadie le había avisado que el Papa tocaría el tema. El sacerdote/científico era muy reacio a mezclar la física con la metafísica y en 1936 ya había dicho que “la actividad de la omnipresencia divina es esencialmente oculta. No hay que rebajar al Ser Supremo al nivel de una hipótesis científica.” Lemaître se puso pues en contacto con el astrónomo Daniel O’Donnell, director del Observatorio Vaticano, y entre los dos persuadieron al Papa de que no insistiera en el tema.

Pío XII les hizo caso y al año siguiente, cuando le tocó hablar ante el Congreso Mundial de Astronomía, mencionó a Shapley y a la espectroscopia sólo para hacer una meditación sobre la pequeñez del hombre y la grandeza del espíritu, pero evitó volver sobre las consideraciones apologéticas.

Lemaître debe haber sospechado las desmesuradas reacciones que provocaría el mensaje papal, que al fin y al cabo no era la proclamación de un dogma, sino apenas un discurso. El primero en reaccionar fue Gamow, quien aun siendo ateo se sintió halagado, y citó al Papa en un paper sólo para provocar a sus pares Hoyle y Gold. Éstos a su vez le respondieron con dureza. Por un momento, la asociación del Big Bang con el Vaticano perjudicó a los astrofísicos. Irónicamente, Robert Jastrow escribió que los físicos habían logrado escalar las montañas de la ignorancia, sólo para encontrarse con que en la cumbre los aguardaban los teólogos. Pero ni siquiera faltaron los paranoicos, como ese físico inglés que calificó al Big Bang de “conspiración cristiana.”

Moscú no cree en creaciones

De más está decir que si había un lugar donde las pruebas a favor del Big Bang resultaban prácticamente subversivas, ese lugar era el Kremlin. Stalin era el Papa de una gran Iglesia Atea y al igual que el Papa de Roma pensaba que hablar de “creación” implicaba admitir la existencia de un Creador. Lo que alborozaba a uno, enfurecía al otro.

De ese modo, a pesar de que Friedmann y Gamow eran rusos, el Big Bang fue presentado al público soviético como una decadente superchería occidental. El astrónomo V.E. Lov dijo que el Big Bang era “una fábula que atacaba los cimientos del marxismo, un tumor canceroso y un enemigo de la ciencia materialista.” Cuando Fred Hoyle visitó Moscú, le pidieron que no hablara de la creación de átomos de hidrógeno sino de origen o formación de materia, una fórmula más aceptable para los oídos marxistas.

En 1947 Andrei Zhdanov, el Gran Inquisidor soviético, había tomado el asunto en sus propias manos, condenando a Lemaître como reaccionario, idealista y seudocientífico. Toda su teoría era un cuento de hadas. Los científicos soviéticos estaban obligados a denunciar a los agentes vaticanos infiltrados en sus filas que enseñaban tan nefasta doctrina.

El astrónomo V.E. Lov dijo que el Big Bang era “una fábula que atacaba los cimientos del marxismo, un tumor canceroso y un enemigo de la ciencia materialista.

En tiempos de Stalin, cuando se hablaba de denunciar a alguien era para que fuera fusilado, de modo que el Big Bang tuvo sus mártires antes llegar a ser admitido por obra del disidente Andrei Sajarov. El físico Matvei Bronstein fue fusilado como espía. Nikolai Kozyrev pasó diez años en el Gulag, después que un pelotón se negara a fusilarlo. Vsevolod Frederiks fue condenado a trabajos forzados y sobrevivió a duras penas.

En China, no le fue mejor al físico Fang Lizhi, un defensor del Big Bang que desapareció durante la Revolución Cultural. Cuando el ruso Andrei Linde se refugió en Estados Unidos, reveló que en la URSS había un solo científico que se ocupaba del principio antrópico, que por cierto era casi más escandaloso que el Big Bang.

Que sepamos, ninguno de esos inspirados que jamás se olvidan de Bruno y Galileo se acordó de estos mártires de la ciencia, ni tampoco de Vavilov y los genetistas rusos, que siguieron la misma suerte, retrasando en casi veinte años a la ciencia soviética.

En la ciencia —como irónicamente decía Max Planck— la verdad jamás triunfa, pero con el tiempo se van muriendo sus adversarios. La teoría del Big Bang fue aceptada por la comunidad científica mundial, y como cualquier otra teoría sigue expuesta a refutaciones y correcciones.

Lo que queda por entender es la violencia de las pasiones que puede llegar a despertar algo que a los ojos del lego le parecerá una inocua teoría científica. El Big Bang no podía afectar al poder, no servía para ganar batallas ni generaba ganancias. Pero las guerras metafísicas, que ponen en juego las conciencias —o en todo caso el poder sobre las conciencias— terminan siendo tan cruentas como las otras.


[1] El ejemplo pertenece a Sir John Polkinghorne, que es físico, sacerdote anglicano, teólogo y escritor.

[2] Helge Krag. Entropic creation. Religious contexts of Thermodynamics and Cosmology. Ashgate E-book, 2008

[3] Simon Singh, Big Bang. The origin of the Universe. Harper Collins E-book 2010


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