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Majorana, el desaparecido

21 abril, 2025 By Pablo Capanna

La noche del 25 de marzo de 1938 un joven profesor de física se embarcó en el buque que hacía la travesía nocturna entre Nápoles y Palermo. El joven viajaba a Palermo de manera habitual, y había sacado pasaje de vuelta, pero nunca llegó y hasta la fecha se desconoce cuál fue su destino. Un pasajero aseguró que lo había visto durmiendo en el camarote que le había tocado compartir con él. No consta que desembarcara, pero una enfermera declaró que unos días después se había cruzado con él en una calle de Nápoles.

El desaparecido se llamaba Ettore Majorana. Su colega Enrico Fermi lo consideraba un genio con la estatura intelectual de un Galileo o un Newton, pero no dejaba de reconocer que “carecía de sentido común”.

Al igual que el célebre gato cuántico de Schrödinger, Majorana parecía estar vivo y muerto a la vez, como si su existencia hubiera dependido de un eventual observador y del mismísimo principio de incertidumbre.

Antes de tomar el vapor, Majorana había despachado varias cartas en las cuales algunos han querido ver una intención suicida. Al director del Instituto de Física le anunció que “había tomado una decisión inevitable”, pero poco después le mandó un telegrama donde le pedía que ignorara el mensaje anterior. Una segunda carta, despachada desde Palermo, le comunicaba al director que “el mar lo había rechazado”, pero que de todos modos no tenía intención de retomar la cátedra. Había otra carta dirigida a la familia, a la cual le pedía que no guardaran luto por más de tres días: algo insólito entre sicilianos, que solían andar de luto hasta por el pariente más lejano. Rogaba a sus familiares que lo recordaran y lo perdonaran, “si es que podían”.

Ettore Majorana

Si Majorana se había suicidado, su cadáver nunca fue encontrado. Pero su comportamiento no era el que cabía esperar de alguien que estuviera disponiéndose al suicidio. Cuando se embarcó llevaba consigo su pasaporte y una buena suma de dinero. Días antes, había vaciado su cuenta bancaria, y hasta se había preocupado por cobrar los sueldos atrasados que le debía la universidad.

Desde la noche en que Majorana tomó el vapor, pasaron más de ochenta años. La Fundación Majorana, uno de cuyos fundadores había sido Fermi, en el 2006 celebró en Erice (Sicilia) el centenario de su nacimiento, al cual asistieron muchas luminarias de la física mundial.

Con el tiempo se fueron multiplicando las conjeturas, pero Majorana nunca apareció. Algunos insisten en que se suicidó y otros sostienen que se retiró a un monasterio, movido por un conflicto ético que estaría vinculado con su trabajo científico. Un diario sensacionalista italiano sugirió que tras perder la memoria había acabado sus días como mendigo. Una de las versiones más sugestivas dice que vino a parar a Buenos Aires donde habría muerto, totalmente ignorado, allá por los años setenta.

* * *

Unas semanas después de la desaparición, la familia de Majorana apeló al Ministro de Educación, el filósofo Giovanni Gentile, pidiéndole que intercediera ante el jefe de policía Bocchini para averiguar el paradero de Ettore. Los hermanos del físico recomendaban que la policía indagara en los conventos de la región, porque suponían que el físico se había recluido en alguno de ellos. De esa misma opinión eran Laura, la esposa de Fermi que había sido amiga de Majorana y el pasajero que había compartido el camarote del barco con él.

Con el tiempo, esa sería la tesis que defendería el escritor siciliano Leonardo Sciascia en la novela/ensayo La desaparición de Majorana (1975).

La policía abrió un expediente, que incluía un informe reservado en el cual se insinuaba que el físico podía haber sido secuestrado por una potencia extranjera. El oscuro informante sugería algo totalmente disparatado: el desaparecido había trabajado en el campo de la radio y hubiera sido el único capaz de continuar la obra de Marconi, a quien se le atribuían fantásticas experiencias con el “rayo de la muerte”.

La leyenda dice que fue el propio Mussolini quien estampó de puño y letra en la tapa del expediente las palabras “¡Quiero que lo encuentren!”. Debajo, el jefe de policía habría añadido una frase que trae resonancias siniestras para oídos argentinos: “Los muertos siempre se encuentran, los únicos que pueden desaparecer son los vivos”.

Meses más tarde, Enrico Fermi se interesó personalmente por su discípulo y le escribió una carta al Duce. Por cierto, su pedido no le hacía ningún favor a Majorana, porque Fermi acababa de ser discriminado por las leyes racistas. Después de viajar a Estocolmo, donde recibió el Nobel de manos del rey sueco sin hacer el obligatorio saludo fascista, Fermi se escapó a los Estados Unidos. Pero años después, cuando él y su esposa recordaban a Majorana, solía decir que “Ettore era demasiado inteligente. Si decidió desaparecer, nadie lo va a encontrar jamás”.

* * *

Ettore Majorana había nacido en Catania en 1906. En su familia había varios juristas, pero él era hijo y sobrino de físicos. No sólo gozaba de un enorme talento y una poderosa imaginación teórica. También era un formidable calculista (algo que no está necesariamente asociado con la inteligencia, pero ayuda bastante) y había comenzado a llamar la atención a los cuatro años. Quienes lo habían conocido recordaban que hacía complejas deducciones mentales en el tranvía y garabateaba fórmulas en los paquetes de esos cigarrillos negros Macedonia que fumaba sin cesar.

Terminó la secundaria a los dieciséis y estuvo cuatro años estudiando ingeniería, hasta que Enrico Fermi lo convenció de que se dedicara a la física teórica. Según se cuenta, eso fue después que el veinteañero Majorana rectificara de un día para otro los valores del modelo estadístico que acababa de elaborar Fermi.

Fue así como Ettore se fue al Instituto de Física que Fermi dirigía en Roma, para sumarse a su legendario grupo de jóvenes investigadores. Los “Ragazzi di Via Panisperna” eran lo más brillante de la física italiana; entre ellos estaban Edoardo Amaldi, Emilio Segrè y Bruno Pontecorvo. Segrè tuvo su Premio Nobel. Fermi se fue a Estados Unidos para hacer la primera bomba atómica y Bruno Pontecorvo se marchó a la URSS para trabajar en el campo de los neutrinos, un tema en el cual Majorana también había sido pionero. En pleno Proyecto Manhattan, Fermi solía desconcertar al general Groves cada vez que exclamaba “¡Si por lo menos lo tuviéramos a Ettore!”

En Via Panisperna, todos tenían su apodo. Así como a Fermi le decían El Papa, Majorana era El Gran Inquisidor, porque sus planteos ponían en aprietos a más de uno.

Los escasos trabajos que publicó Majorana resultaron ser de una asombrosa fecundidad. Se adelantó a Heisenberg en la teoría del núcleo atómico y habló del neutrón antes de que Chadwick lo identificara en 1932. Pero era tan reacio a publicar que le pidió silencio a Fermi y sugirió irónicamente que si mandaba su artículo a un congreso lo pusiera a nombre de otro profesor, al que todos consideraban un mediocre insigne.

Cuando su teoría del núcleo se publicó en una revista alemana su hermano le preguntó por qué escribía en alemán. Ettore le contestó que cualquier idioma daba lo mismo, porque en todo el mundo sólo había otras cuatro personas capaces de entenderlo: Dirac, Bohr, Heisenberg y Anderson…

En 1937 volvió a autorizar a Fermi para que diera a conocer su último artículo sobre la teoría simétrica del electrón y el positrón. En él se adelantaba a Feynman y ya estaba pensando en la interacción débil, que se conocería veinte años después.

El viaje a Alemania resultó decisivo en su vida. Llegó a Leipzig en enero de 1933, cuando Hitler acababa de asumir. Las cartas que le escribió a su madre daban una fría y distanciada descripción de los atropellos nazis y de la complacencia con que eran recibidos por la opinión pública alemana. Sciascia pide que recordemos que entonces era muy joven y vivía en un mundo de abstracciones. Si alguien pudo conjeturar que habría colaborado con el Reich (sin dejar ninguna huella) de ningún modo fue una hipótesis seria.

En Leipzig, Majorana se hizo amigo de Heisenberg, con quien aprendió alemán y jugó interminables partidas de ajedrez. También viajó a Copenhague, donde dialogó con Bohr.

Decían que Ettore volvió muy cambiado de Alemania. Se encerró en su casa y llevó una vida solitaria, dedicada a las lecturas filosóficas por más de cuatro años. Su hermana dijo que andaba siempre “acongojado”, y que su aspecto era bastante descuidado.

Por fin, lo nombraron profesor en la Universidad de Nápoles. No tuvo que pasar por el concurso porque le reconocieron méritos superlativos. Según se rumoreaba, era para evitar que el hijo del ministro Gentile tuviese que competir con él.

Hasta el día de su desaparición, Majorana viajaba una vez por semana a Palermo, daba unas pocas horas de clase y dormía en el Hotel Bologna.

* * *

La hipótesis del suicidio no parece sostenerse, si consideramos las contradicciones que aparecen en las últimas cartas de Majorana, su profunda fe católica y el hecho de que el cuerpo nunca fuera encontrado. Tampoco cabe hablar de una crisis psicótica o una repentina amnesia. Nadie suele avisar que va a sufrir algo como eso, y menos en esos términos.

Una hipótesis más fantástica es la que propuso el físico ucraniano Olaf Zaslavsky. Recordando que Majorana “jugaba con su identidad” a la hora de publicar sus trabajos, sugirió que el físico habría escenificado una suerte de drama definido por las reglas probabilísticas de la física cuántica. Su desaparición dejaba abiertas todas las posibilidades: podía estar vivo o muerto; podía haberse suicidado, fugado o recluido en un convento, como si fuera un gato de Schrödinger humano. Es una hipótesis que le hubiera gustado a Borges y a sus epígonos, pero en conjunto suena mucho más novelesca que la novela de Sciascia. Esas cosas pueden ocurrir en el mundo cuántico, pero los humanos vivimos bajo las reglas de la física clásica, y el hecho es que nunca  se volvió a ver a Majorana.

Otra hipótesis con más sustento, que defendió su biógrafo Erasmo Recami, sugiere que Majorana habría vivido en Buenos Aires hasta los años setenta. La primera pista la había dado la viuda de Miguel Ángel Asturias. De paso por Buenos Aires, el novelista guatemalteco había conocido a Majorana en casa de unas profesoras de matemática, las hermanas Manzoni. Asturias hasta se inclinaba a pensar que una de ellas tenía una relación íntima con Ettore.

La otra pista la dio el físico chileno Carlos Rivera, quien estuvo en Buenos Aires allá por 1950. La dueña de la pensión donde se alojaba le confió que Majorana vivía en el barrio y trabajaba como ingeniero. Rivera no se ocupó de localizarlo, y recién volvió a la Argentina diez años más tarde. Cuando el mozo de un bar vio como Rivera llenaba hojas enteras de fórmulas, le contó que había un físico italiano que solía venir al bar y hacía lo mismo. Podía ser Majorana, pero Rivera tampoco le siguió el rastro.

El siciliano era de cabellos oscuros, tez morena y ojos brillantes, de modo que en Buenos Aires hubiera podido pasar perfectamente por criollo. En su foto más conocida hasta se diría que se parece a Ceferino Namuncurá. Pero aparte de esos vagos testimonios nadie pudo rastrear su ingreso al país, considerando que había viajado con pasaporte. Si bien resulta verosímil que trabajara como ingeniero (esa había sido su primera carrera) es bastante raro que siguiera usando su verdadero nombre sin llamar la atención de nadie.

La hipótesis de Sciascia no sólo sigue siendo la más plausible: también es la que tiene la mayor carga dramática, ética y política. Majorana había estudiado con los jesuitas y  era muy devoto. El cura de la iglesia del Gesù lo reconoció como ese muchacho que tiempo atrás se había interesado por la vida monástica.

Sciascia pensaba que, siendo un genio, el siciliano pudo haber intuido con años de anticipación las terribles aplicaciones que tendría la física nuclear, en cuyas fronteras se movía con soltura. Quizás hasta habría tenido alguna pesadilla de Hiroshima. Unos años antes de esfumarse le había dicho a su hermana que “la física andaba por un camino equivocado”.

Sus antiguos colegas insistían en que, con los conocimientos de su época, Majorana nunca hubiera podido imaginar la bomba atómica. Sin embargo, trabajaba muy cerca de Fermi, que siete años más tarde estuvo a cargo del proyecto Manhattan, y de Pontecorvo, que se fue a la URSS a trabajar en proyectos militares.

No está de más recordar que en la literatura fantástica de esos años como Últimos y primeros hombres (1930) de Olaf Stapledon y Krakatit (1924) de Karel Čapek abundaban las armas nucleares. Antes aún habían hecho su aparición en El mundo en libertad (1914) de H.G. Wells. En 1936, dos años antes que se esfumara Majorana, Léo Szilàrd había patentado una técnica para controlar reacciones nucleares.

El drama de Majorana pudo haber sido uno de esos “dramas de físicos” que en la Alemania de posguerra llegaron a conformar todo un género literario, desde que Dürrenmatt escribiera Los físicos (1962).  Sus charlas con Bohr y Heisenberg tampoco dejan de evocar el drama Copenhague de Michael Frayn (1998) donde se escenifica un encuentro ocurrido en 1941, cuando Majorana ya no estaba. Con todo, en un mundo donde no escasean los conflictos éticos, pero sí las personas capaces de afrontarlos, resulta reconfortante pensar que alguien se negó a participar de una de las peores pesadillas del siglo. Quizás porque la pesadilla aún sigue latente.


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Pablo Capanna nació en Florencia (Italia) en 1939, y desembarcó en Buenos Aires como inmigrante cuando tenía diez años. Pasó su adolescencia en Ramos Mejía, estudiando Comercial y dibujo de … Leer

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