
Hace algunos años, me invitaron a uno de esos encuentros de escritores que se organizan en la costa atlántica durante el invierno, quizás para que el eco resuene un poco menos en los pasillos de los hoteles vacíos.
Llegué a la hora de la cena, y en cuanto terminé de acomodarme bajé al comedor. Como se había hecho un poco tarde me sentaron junto a otros dos invitados que acababan de llegar. No eran escritores, me explicaron, pero venían a presentar un libro de alquimia, porque pertenecían a la Escuela de Yoga de Buenos Aires. Entonces nadie la conocía, pero meses después la Escuela llegó a tener sus quince minutos de fama, cuando se supo que prestaba servicios de proxenetismo calificado al figuras del Poder. Pero esa es otra historia, que recién se cerró veinte años más tarde.
Los esoteristas eran una extraña pareja. El gordito era químico, y confesaba haberse unido a la secta para mejorar la calidad de su vida sexual. El flaco, que se presentaba como empresario, aparentaba estar un poco más iniciado que él.
Pronto hicieron un aparte e intercambiaron algunas frases sobre “la evacuación”, una catástrofe que según el flaco no tardaría más de cinco años en ocurrir. El químico, más optimista, hablaba de diez.
—¿Qué evacuación?— pregunté yo, como un idiota.
—¡Del planeta, hombre! ¿No vio lo mal que andan las cosas?
Alentados por algunos vasos de tinto, los dos se pusieron a tararear su marcha institucional, con música de algún adepto y versos de Almafuerte; según me explicaron, el poeta había sido uno de los grandes iniciados. Me contaron que los extraterrestres se aprestaban a evacuar lo poco que quedaría del género humano después de que se produjera el colapso ambiental. Los ET se llevarían hasta a los enfermos terminales, pues su avanzada tecnología les permitía curarlos, pero abandonarían a su suerte a los fumadores, porque “ni siquiera ellos” estaban en condiciones de recuperarlos.
El flaco había visitado (en sueños o viaje astral, tanto da) unas cavernas cordobesas que están debajo del cerro Uritorco. Allí había podido ver máquinas capaces de “producir más energía de la que consumen”. El químico asentía, olvidándose que tenía aprobada Termodinámica.
Fue mi primer encuentro cercano con ese tipo de personajes. Tiempo después, se conoció la tragedia del Heaven’s Gate, donde un grupo entero de adeptos, profesionales de la informática, se suicidó en masa. Estaban convencidos de que después de la evacuación este mundo “sería reseteado” (sic) y todos abandonaríamos nuestro soporte físico para hacer un back up espiritual en un disco rígido más duradero.
Luego descubrí que la Dianética, la terapia que practica la Iglesia de la Cienciología, promete corregir los “circuitos defectuosos” de nuestra conducta. También me enteré de que para los ufólogos existen personas llamadas “antenas” porque pueden captar mensajes extraterrestres, y que el profeta Raël nos ofrece el don de la clonación eterna. Parecería que las nuevas religiones, con tal de evitar el lenguaje sobrenatural, buscan inspiración en los manuales de electrodomésticos.
El hecho de que existan escuelas espirituales posmodernas que basan su discurso en metáforas tecnológicas es algo más que casualidad. Por lo general, suelen juzgar duramente a la “ciencia occidental” (a la cual condenan como la fuente de todos los males) pero se rinden al fetichismo de la tecnología. Hasta son capaces de reciclar ideas “orientales” traduciéndolas a un lenguaje que suena a ingeniería. Parafraseando ese famoso pergamino que renacía con cada Día de la Madre, se diría que “la tecnología es el único dios que no tiene ateos sobre la Tierra”.
Está claro que si la tecnología nos resulta mágica a la mayoría de los usuarios, es porque estamos lejos de entenderla, por más fácil que sea usarla. Y ahí está Harry Potter para educar a las nuevas generaciones. Por cada gadget de la industria ofrece una pócima o un ensalmo, aunque los efectos que logra no dejan de ser similares. Su magia en versión New Age es apenas una parodia de la tecnología, como lo eran los pintorescos artefactos que dibujaba Rube Goldberg a comienzos del siglo pasado o las grotescas máquinas de los Picapiedras de los años sesenta.
Cualquiera diría que esta es una moda posmoderna, por lo menos en cuanto a su estilo. Pero la historia nos muestra que en todas las épocas se recurrió a la metáfora técnica para corporizar nociones abstractas o experiencias inefables. Siempre existió la tentación de ver a los artefactos como organismos o de ver a los organismos como artefactos.
Como decía Giambattista Vico, el hombre sólo conoce plenamente aquello que hace. Esa es la causa de que siempre se haya recurrido a la “máquina” más compleja de cada época, para entenderlo todo, desde el cerebro humano hasta la marcha del cosmos.
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Si hubo un filósofo más ajeno al mundo del trabajo, se diría que ese fue el aristocrático Platón, pero él también, puesto a diseñar su cosmología, no dudó en apelar al saber artesanal.
En su diálogo Timeo, que fue por siglos la única física disponible, Platón no encontró nada mejor que recurrir al huso de hilar, la primera “máquina” de la prehistoria. Describió al universo como un sistema de esferas concéntricas, atravesadas por el Huso de la Necesidad, un eje de diamante con ocho salientes en las cuales se engarzaban las esferas del firmamento y los planetas. Ese era el huso con el cual se hilaban el tiempo y el movimiento.
Siempre existió la tentación de ver a los artefactos como organismos o de ver a los organismos como artefactos.
Como decía Giambattista Vico, el hombre sólo conoce plenamente aquello que hace. Esa es la causa de que siempre se haya recurrido a la “máquina” más compleja de cada época, para entenderlo todo, desde el cerebro humano hasta la marcha del cosmos.
El dios que había hecho el universo imitando las Ideas eternas, lo había manufacturado como lo hubiera hecho un artesano. Para que no quedaran dudas, Platón lo llamó Demiurgo, que significa arquitecto o ingeniero. El demiurgo modelaba la esfera de las estrellas haciéndola girar sobre el Huso tal como hace el carpintero con su torno. A la hora de confeccionar el cuerpo humano, mezclaba los elementos y les daba forma como hace el alfarero con su arcilla. Si pensamos que la metáfora del alfarero también se encuentra en la Biblia, entenderemos la popularidad de que gozó el Timeo en los primeros siglos de la era cristiana. No está de más recordar que los masones también juraban por el Gran Arquitecto del universo.
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Siglos después de Platón, a un soldado griego que había llegado a la India con Alejandro le llamó la atención una “máquina de rezar” que aprovechaba la fuerza del río para mover los rollos de oraciones. El agua corriente hacía girar una rueda de palas, que transmitía el movimiento a un rollo con el texto de las plegarias y éste, al girar, elevaba las oraciones al cielo. Lo había inventado algún campesino indio que deseaba ganarle tiempo al rezo de los mantras para poder dedicárselo a trabajar la tierra. Al soldado griego se le ocurrió que podría haber otras aplicaciones, y llevó la rueda de palas al Mediterráneo.
La rueda hidráulica triunfó en el mundo helenístico trescientos años antes de la era cristiana. En el Museo de Alejandría hubo grandes ingenieros como Ctesibio, Filón y Herón, que diseñaron relojes de agua, una bomba y hasta un órgano musical hidráulico. Fueron ellos quienes descubrieron el principio de los vasos comunicantes e inventaron cosas tan útiles como la jeringa y el sifón.
Era casi inevitable que en ese contexto los médicos compararan la fisiología humana con un sistema de cisternas, acueductos, fuentes y cloacas. Los grandes fisiólogos alejandrinos vieron al sistema nervioso como una red de tuberías, y Herófilo no vaciló en situar el alma en uno de los ventrículos cerebrales, porque los encontró llenos de líquido.
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Pasaron muchos siglos hasta que la ciencia moderna reemplazó las causas finales de Aristóteles por las causas eficientes: los cuerpos ya no caían buscando su lugar natural, sino “compulsivamente”, por la acción de una fuerza similar a la que ejercía el artesano sobre sus materiales.
Galileo, Descartes, Stevin, Boyle y Newton crearon la mecánica física, que no sólo explicaba satisfactoriamente el movimiento; también permitía construir máquinas útiles. La máquina pasó a ser el nuevo paradigma. ¿Y cuál era la máquina más avanzada de entonces? El reloj mecánico, que había nacido con el péndulo de Galileo.
Boyle proclamó que el cosmos era un gran reloj que había diseñado y puesto en funcionamiento el relojero divino. Desde entonces marchaba solo, aunque Newton todavía consideraba necesario que cada tanto interviniera Dios para mantener a los mundos en su lugar y evitar que chocaran entre sí.
El paradigma mecánico no se limitó a la física. Hubo extravagancias como la escuela “iatromecánica” de Borelli, que se empeñaba en pesar a la gente y sus deyecciones para entender los procesos fisiológicos. Descartes también comparó a los nervios con tuberías y los músculos y tendones con resortes y palancas.
La influencia del mecanicismo llegó hasta a la teoría política. “El Estado —escribió Hobbes— no es sino un autómata u hombre artificial, cuyas articulaciones son los magistrados. Las recompensas y castigos son sus nervios y la riqueza es su potencia”. Desde la portada del Leviatán, un ominoso robot simbolizaba a ese Estado moderno que Octavio Paz llamaría Ogro Filantrópico.
Aquellas máquinas quedaron atrás, pero aparecieron otras. Wallace no vaciló en asegurar que la selección natural actuaba como ese regulador que Watt había puesto en las calderas de vapor. Los críticos de Freud no dejaron de observar que su “aparato psíquico” era una suerte de máquina a vapor donde había un fluido bajo presión (la libido) y oportunas válvulas de seguridad: los mecanismos de defensa.
A comienzos del siglo XX, cuando la tecnología más portentosa era el teléfono, se hizo inevitable comparar al sistema nervioso con una red telefónica, donde las neuronas eran las telefonistas que ponían y sacaban clavijas de su tablero.
Hasta hace poco todavía se acostumbraba decir que a los locos “les faltaba un tornillo” o “les patinaba el embrague”. Y todavía no dejamos de llamar “máquinas” a las computadoras, que de mecánico no tienen nada.
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Desde que vino a reemplazar al corazón como asiento de la inteligencia, el cerebro fue el órgano que más analogías técnicas fue capaz despertar.
Después de la hidráulica y la mecánica, fue la hora de la química. En el siglo XIX el fisiólogo Carl Vogt sentenció que el cerebro era una glándula y el pensamiento su secreción: una fórmula que luego popularizó el crítico literario Hipólito Taine. Quizás eso hizo que muchos se lanzaron a vender pócimas para la inteligencia, que llegaron a tener gran demanda en época de exámenes.
Para ese tiempo ya habíamos comenzado a explorar las misteriosas fuerzas de la electricidad y el magnetismo. En ellas se inspiraron los románticos alemanes a la ahora de inventar la dialéctica, el método discursivo que enfrentaba a las ideas como si fueran los polos de un imán. Así como la energía era una tensión entre dos polos antagónicos, así era el conflicto de ideas e intereses.
El espiritismo y la teosofía, que nacieron en el marco del electromagnetismo, imaginaron que la energía vital sería una suerte de fluido gaseoso llamado “ectoplasma”. Otros se inclinaron por la “vibración”, que era apenas un resabio de la teoría ondulatoria de la luz. El “cuerpo astral” estaba compuesto de “vibraciones” y todo el cosmos vibraba. Detrás de esa metafísica no había otra cosa que el éter de la física de entonces, concebido como soporte material de las ondas de la luz y el sonido.
En la versión más reciente de esta imaginería, las “buenas” y “malas ondas” se han instalado en el lenguaje cotidiano. La “energía” ha llegado a ser un comodín universal. Se venden cristales y pirámides cargados de “energía”. Hay quien peregrina a los power spots, esas montañas que concentran la energía telúrica. Hay gente que “transmite energía” con sus palabras o a través de sus dedos.
Las cosas llegaron tan lejos que hasta un teórico de la New Age como el físico Fritjof Capra tuvo que salir a aclarar que la energía no es una cosa sino una pauta dinámica.
Las seudociencias se alimentan de conceptos y teorías descartadas por los científicos, y suelen plantear extrañas hibridaciones. La nueva “bioenergía” es una mélange de la energía vital del Yoga Kundalini (el equivalente de los “espíritus animales” de Descartes) con el orgonde Wilhelm Reich. Pero esto último, a su vez, no es otra cosa que un avatar del “ectoplasma” de los espiritistas.
Hasta los monstruos de las leyendas urbanas parecen haber dejado atrás al mundo sobrenatural para encarnar los temores que inspira la tecnología. En Estados Unidos, donde el imaginario tecnológico forma parte del ser nacional, abundan los monstruos mutantes. El increíble Hulk y las Tortugas Ninjas alcanzaron la fama, pero detrás de ellos hay muchas leyendas de monstruos engendrados por la contaminación, como el Hombre Polilla de Virginia, el Hombre Verde de Pennsylvania o el Hombre Lagarto de Carolina del Sur.
Las seudociencias se alimentan de conceptos y teorías descartadas por los científicos, y suelen plantear extrañas hibridaciones. La nueva “bioenergía” es una mélange de la energía vital del Yoga Kundalini (el equivalente de los “espíritus animales” de Descartes) con el orgonde Wilhelm Reich. Pero esto último, a su vez, no es otra cosa que un avatar del “ectoplasma” de los espiritistas.
En los años cincuenta, cuando se comenzaba a especular sobre la inteligencia artificial, Warren MacCulloch anunció que Taine se había equivocado. “El cerebro no es una glándula” —escribió— “el cerebro computa de la misma manera que las computadoras electrónicas calculan números”.
Desde entonces las cosas parecen haber ido mucho más lejos, porque hay gente como Frank Tipler, que imagina al cosmos evolucionando hasta convertirse en una computadora divina que procesa un universo virtual. John Barrow no vacila en afirmar que las leyes naturales son el software del cosmos. Las condiciones iniciales del Big Bang serían su input y el mundo tal como lo conocemos, un inmenso proceso de cálculo. En palabras de John Wheeler, el cosmos sería “IT from BIT”, el desenvolvimiento de un maravilloso programa lógico. En ese caso, la pregunta borgeana podría ser: ¿quién nos está operando?
Prudentemente, Barrow admite que “la imagen del universo como una computadora es la última concepción que hemos sido capaces de derivar de nuestros hábitos de pensamiento, aunque mañana podrá surgir otro paradigma”.
Los modelos y paradigmas son apenas metáforas que funcionan por un tiempo. Al fin y al cabo, el corazón se parece bastante a una bomba y el cerebro a una computadora. ¿O será que la bomba y la computadora se parecen al corazón y al cerebro?
Los modelos y paradigmas son apenas metáforas que funcionan por un tiempo. Al fin y al cabo, el corazón se parece bastante a una bomba y el cerebro a una computadora. ¿O será que la bomba y la computadora se parecen al corazón y al cerebro?
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