
La leyenda de Sentaro, el hombre que quiere ser inmortal[1], es un clásico del folklore japonés. Al principio, Sentaro es un joven que vive de rentas y no tiene otra ocupación que disfrutar de la vida. Pero un día cae en la cuenta de que en el futuro lo aguardan la vejez y la muerte. Desde ese momento vive obsesionado con la brevedad de la vida, porque piensa que para ser feliz el hombre debería vivir al menos quinientos años.
Al emperador chino Quin Shi Huang el médico Jofuku le había hablado de un lejano país donde habitaban unos monjes inmortales, pero la expedición que el emperador envió en busca del secreto de los monjes había vuelto con las manos vacías. Tampoco se volvió a ver a Jofuku, quien con el tiempo quedó consagrado como el dios de la medicina.
Sentaro invoca pues a Jofuku, quien se le aparece sólo para disuadirlo de seguir buscando, porque la vida del monje era demasiado dura para alguien como él. A pesar de eso el sabio se ofrece a llevarlo al país de la Vida Perpetua, para que conozca a los inmortales. Montado en un origami mágico con forma de grulla, Sentaro cruza los mares y llega a la isla donde nadie se enferma ni muere. Decide quedarse a vivir allí y hasta pone un negocio. No tarda en descubrir que los inmortales están tan hartos de sus vidas aburridas, que anhelan morir o al menos vivir un par de siglos menos. En vano han tratado de suicidarse, probando sin éxito cuanto veneno hay. Ahora desean envejecer y sus boticarios les venden una pócima que produce canas y arrugas. Si al principio Sentaro se había sentido feliz de poder vivir para siempre, al cabo de trescientos años también se cansa de hacer todos los días lo mismo. Cuando le pide a Jofuku que lo regrese a Japón, el dios le revela que el viaje ha sido un sueño y le aconseja vivir una vida buena y laboriosa, honrando a los antepasados y cuidando de sus hijos, sin desear la inmortalidad.
No tarda en descubrir que los inmortales están tan hartos de sus vidas aburridas, que anhelan morir o al menos vivir un par de siglos menos.
En la ópera de Janacek El caso Makropuolos le ocurre algo similar a la soprano Elina Makropoulos, que ha nacido en el siglo XVI y su padre alquimista la ha hecho inmortal. Desde entonces ha tenido que cambiar varias veces de nombre para no darse a conocer, pero después de vivir tres siglos está harta, y para acabar con eso se decide a quemar la fórmula de la inmortalidad.
Longevidad y senectud
La vejez es un producto de la civilización; es bastante difícil encontrar en la naturaleza un organismo longevo. De no haber surgido la civilización, la mayoría de nosotros no existiría y en todo caso las vidas serían mucho más breves.
El promedio de vida de un ser humano de la Edad de Piedra era de 22 años; en Roma de 28, en el medioevo de 31 y en vísperas de la Revolución Industrial de apenas 32. Los héroes del mundo antiguo, desde Aquiles hasta Alejandro, serían meros adolescentes, de vivir en nuestro tiempo. Los reyes, que suponemos contarían con los mejores cuidados médicos de su tiempo, apenas aspiraban a cumplir los 53 (Isabel de Castilla) y los 58 (Carlos V). Con sus 70, Elizabeth I era una excepción entre los monarcas europeos.
Fue en tiempos de la revolución industrial cuando la medicina tomó el camino de la ciencia moderna, la higiene se incorporó a la vida diaria y mejoró considerablemente la salubridad ambiental. Todo eso se tradujo en un sustancial aumento de la expectativa de vida, que pasó de 48 años en 1900 a cerca de 80 en nuestros días. El siglo XX, aun a pesar de las dos guerras mundiales, fue el que registró el mayor crecimiento: la expectativa de vida creció de 1960 hasta hoy unos veintiún años, el equivalente de la vida entera de nuestros antepasados cavernícolas.
La vejez es un producto de la civilización; es bastante difícil encontrar en la naturaleza un organismo longevo. De no haber surgido la civilización, la mayoría de nosotros no existiría y en todo caso las vidas serían mucho más breves.
En las sociedades económicamente más prósperas de hoy esta circunstancia se traduce en un notable crecimiento de la población anciana, que no es productiva y requiere de cuidados, y en un significativo avance de las enfermedades propias de la vejez. La geriatría trata de contenerlas, pero ya tenemos toda una ciencia, la Gerontología, que se dedica a estudiar el envejecimiento mismo. Así como hace unos doscientos años hemos tenido que crear la noción de adolescencia, hoy tendríamos que encontrarle un nombre a la vejez extrema, que hasta hace no tanto tiempo era algo excepcional.
La medicina del siglo XX, al disponer de nuevas herramientas como las vacunas, los antibióticos, los trasplantes y la biología molecular, han logrado controlar (al menos en los países prósperos) flagelos seculares como el tifus, la neumonía, la escarlatina o la tuberculosis.
En los tratados de medicina antiguos se hablaba muy poco del cáncer, la diabetes, las cardiopatías o la demencia senil. En esos tiempos la vida era más corta, de modo que la gente moría antes de que llegaran a manifestarse las enfermedades propias de la longevidad.
En los Estados Unidos esto creó una situación peculiar: la difusión de los antibióticos, que puso a raya las enfermedades infecciosas, se combinó con el optimismo que despertaba el fin de la segunda guerra mundial y la segunda revolución industrial. En estas circunstancias se produjo ese estallido de la natalidad conocido como baby boom. La generación de los babyboomers hizo un culto de la juventud y despertó ese temor el envejecimiento cuyo principal efecto fue la llamada medicalización de la cultura. Basta considerar la proliferación de avisos publicitarios que nos prometen conservar la juventud y, del lado naturista, la enorme popularidad de las dietas y los productos de “vida sana”.
A la generación de los babyboomers pertenecen esos científicos/empresarios que hoy prometen darnos la inmortalidad por medio de la tecnología. En casi todos los casos se trata de personas que han perdido sus padres prematuramente, o los han visto deteriorarse irremediablemente. El padre de Ray Kurzweil, patriarca del inmortalismo, murió a los 51 años. En el documental que él protagoniza[2] lo recuerda a cada rato, confiesa que a eso se debe su obsesión con la muerte y se compromete a resucitarlo algún día. La madre de Art Levinson murió a los 35 de una enfermedad degenerativa y dos de sus hermanos fallecieron en la adolescencia. John Craig Venter llegó hasta a hacer un intento de suicidio cuando estuvo combatiendo en la guerra de Vietnam[3].
A la generación de los babyboomers pertenecen esos científicos/empresarios que hoy prometen darnos la inmortalidad por medio de la tecnología.
A ellos pertenece la idea de que la ciencia puede darnos la inmortalidad, o por lo menos intentarlo, porque para eso tienen el poder económico necesario. Casi todos han hecho de la lucha contra el envejecimiento un estilo de vida. Ray Kurzweil toma unos 200 comprimidos diarios de minerales y suplementos dietarios que produce una de sus empresas; sigue una dieta vegana, bebe agua ionizada y hace gimnasia con una máquina que monitorea sus signos vitales. Bryan Johnson [4] también es vegano, ingiere un centenar de suplementos dietéticos y hace cuatro horas diarias de gimnasia, monitoreada por un algoritmo. Jonhson ha experimentado con la céluloterapia y con la transfusión de “sangre joven” de su hijo a él, y de él a su padre; una suerte de vampirismo médico con el cual los rusos habían fracasado hace más de un siglo.
Lo mismo hace el múltiple magnate Elon Musk, que sigue una dieta similar, se nutre de píldoras y se ejercita con un sofisticado equipo de gimnasia.
A diferencia del científico clásico, ese que Merton caracterizaba como objetivo, escéptico y reacio a la publicidad , estos nuevos personajes son una mezcla de científicos, empresarios y rock-stars, que anhelan tener presencia mediática. Se diferencian de los investigadores de antaño porque no dependen de una empresa o institución: crean sus propias empresas y emprenden proyectos riesgosos, que sólo ellos y sus cuantiosas fortunas pueden afrontar. Su fórmula para el éxito es:
Instrumentos + dinero + know how.
La empresa Calico es una de las Google Ventures y cuenta entre sus directivos figuras como Art Levinson, Larry Page, Bill Maris y Sergei Brin. A Craig Venter pertenece Human Longevity, y Kurzweil tiene su propia Singularity University.
Los inmortalistas parecen haber dado por superado el conflicto entre ciencia y religión, porque confían en que la tecnología reemplazará a todas las religiones. A la clásica pregunta “¿qué es el hombre” responden dándolo ya por casi extinguido y a punto de ser reemplazado por lo que Kurzweil llama “máquinas espirituales” No responde a la pregunta “¿qué es el alma” sino propone “liberarse del cuerpo”, como predicaban los gnósticos, y “encarnar” el alma en un cuerpo robótico mucho más durable que el nuestro.
El post-humanismo no se presenta como un movimiento coherente en torno a una precisa ideología, sino como una amplia gama de tendencias, del mismo modo que la New Age de antaño proponía la vuelta a la naturaleza, la conjunción de la técnica con el misticismo y el rescate de las técnicas arcaicas.[5]
Los inmortalistas parecen haber dado por superado el conflicto entre ciencia y religión, porque confían en que la tecnología reemplazará a todas las religiones.
Células y organismos
En 1883 August Weisman, el padre de la teoría celular, sostuvo que nuestras células son en principio inmortales, porque normalmente se dividen antes de llegar a deteriorarse; sólo mueren por la acción de fuerzas ajenas a ellas, que van desde el impacto físico hasta las inclemencias del clima. Según Weismann, si lográbamos mantener a las células a salvo de los agentes exteriores y proveerles los nutrientes necesarios, nada impediría que viviesen para siempre.
Alexis Carrel puso en juego todo su prestigio para probar la tesis de Weismann y en 1912 sostuvo que “la muerte no es una necesidad, sino un simple fenómeno contingente”. El francés se propuso conservar vivas indefinidamente unas células de corazón de pollo que cultivaba en su laboratorio. Durante años se creyó que lo había logrado, pero después de su muerte, sus asistentes confesaron que las células originales habían muerto. Ellos eran las que las habían estado reemplazándolas por células viva para no humillar a su anciano maestro.
Recién en 1965 Leonard Hayflick (1928-2024) pudo demostrar que aunque no hubiera sido engañado Carrel andaba errado, porque las células somáticas dejan de dividirse después de hacerlo unas cincuenta veces. Este es el llamado Límite de Hayflick, ese que hoy cuestionan los inmortalistas radicales.
De hecho los procariotas (los organismos unicelulares más primitivos) son prácticamente “inmortales”, porque se reproducen por división. De cada uno de ellos nacen dos, que perpetúan el patrimonio genético sin dejar ningún despojo tras de sí. En cambio, en los eucariotas, esos organismos complejos que se reproducen sexualmente, las células del cuerpo envejecen y mueren. Sólo las germinales (el óvulo y el espermatozoide) son “inmortales” porque se funden para crear un nuevo individuo. Las células cancerosas comparten esa suerte de “inmortalidad.”
Los eucariotas, con células nucleadas y tejidos diversificados, aparecieron hace unos 2000 millones de años. Su aparición representó un enorme salto evolutivo. Ellos introdujeron la reproducción sexual y la muerte, como factores de innovación. La complejidad genética de los eucariotas no hubiera podido sostenerse con la reproducción asexual. De no haber existido la sexualidad y la muerte, unas pocas especies se hubieran seguido duplicando al infinito sin evolucionar, hasta agotar los recursos naturales y extinguirse.
La muerte apareció como una consecuencia necesaria de la reproducción sexual, porque le puso un límite a la reproducción descontrolada. La humorada de Krystof Zanussi(“La muerte es una enfermedad terminal de naturaleza sexual” no deja de ser literalmente correcta.
Con la reproducción sexual, los errores de transcripción del código genético se multiplican y generan variaciones del genoma entre las cuales la selección natural elegirá las formas dignas de sobrevivir. Pero, una vez que ha dejado de ser genéticamente útil, el individuo sólo puede sobrevivir mientras las condiciones físicas o la competencia con otras formas de vida no acaban con él. De hecho, su desaparición contribuye al equilibrio y la variedad del ecosistema.
La muerte apareció como una consecuencia necesaria de la reproducción sexual, porque le puso un límite a la reproducción descontrolada.
Para la evolución sólo cuenta la supervivencia de la especie: el gen es tan “egoísta” como lo tildó Dawkins. Como cualquier cuerpo animal, el nuestro está diseñado para crecer rápidamente hasta alcanzar la edad reproductiva, después de la cual se vuelve biológicamente descartable. Nuestro cuerpo no está hecho para durar eternamente porque cada generación debe dejarle espacio a la siguiente. La menopausia y la andropausia marcan el fin de la vida biológicamente útil, de no ser porque el hombre creó la cultura, la ciencia y la medicina; a ellas les debemos esa sobrevida que llamamos vejez.
Con el aumento de la longevidad el temor a la muerte, que acosaba a nuestros antepasados de vidas más breves, ha dado paso al miedo a la vejez y al lento deterioro de nuestro organismo.
El crecimiento casi exponencial que ha tenido la expectativa de vida en el último siglo, nos ha permitido pensar en la posibilidad de una extensión indefinida y una prolongación del estado juvenil: es lo que esperamos de la tecnología.
Como suele ocurrir, entre los que creen que esto es posible hay tanto moderados como radicales. A los que confían en que la extensión de la vida pueda alcanzar límites inimaginables sin que por eso dejemos de ser mortales, podemos llamarlos extensionistas. Los inmortalistas, en cambio, prometen lisa y llanamente la inmortalidad, ya sea de nuestros “soportes biológicos” como de las máquinas indestructibles con las que la tecnología podría reemplazarnos. Ambos creen que la muerte no desaparecerá, pero no será por enfermedad sino por accidente o por decisión propia. Al admitir esta última posibilidad parecerían dar por supuesto que todavía habrá quien piense en el suicidio; en ese caso será porque la inmortalidad no nos habrá hecho necesariamente felices.
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La búsqueda de la inmortalidad ha estado siempre unida al deseo de la eterna juventud. Los poderosos nunca dejaron de soñar con la inmortalidad, que los eternizaría en el poder, y con la eterna juventud, que les permitiría seguir disfrutando de los placeres. Nunca fue difícil engañar a reyes y emperadores con la promesa de obtener ambas cosas y más de un tramposo debe haberlo pagado con su cabeza. Casi todos soñamos con diferir la fecha de la muerte, pero pocos piensan en la inmortalidad. En una publicación oficial del Immortality Institute[6] el filósofo transhumanista Nick Bostrom propone una lista de razones que podríamos tener para no morir nunca. Algunas son sumamente modestas, como terminar una obra, ver los resultados del fútbol del futuro, tener nuevas parejas sexuales o ver crecer a los nietos; ninguna de ellas requiere de un tiempo infinito. Otras son más vagas, como desarrollar la creatividad, que tampoco requiere una eternidad: muchos han sido creativos en el escaso tiempo que les tocó vivir. Poder dedicarle más tiempo a ayudar a los demás es un deseo muy altruista, pero cualquiera diría innecesario en el mundo sin sufrimientos que nos prometían.
Más allá de la retórica, hablar seriamente de inmortalidad física carece de sentido en un universo donde todo cumple su ciclo, desde los átomos hasta las estrellas, porque es imposible el crecimiento infinito en un medio finito.
La promesa de que la tecnología nos hará inmortales es una suerte de fe en el progreso infinito del saber. Muchos han dejado de creer que Dios puede resucitarnos, pero confían en que la tecnología lo hará, y aún mejor que Dios.
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El patriarca de los extensionistas es Aubrey de Grey (n.1963), famoso por sus trabajos sobre los radicales libres de oxígeno, y el papel que tienen en la senescencia; esto es, el deterioro celular que está detrás de las enfermedades seniles[7].
De Grey es un científico con formación tanto en informática como en biología molecular. Piensa que la vejez es una enfermedad, una idea no demasiado original que ya había sido expresada por Léopold Turk en 1854. Pero De Grey piensa que la senectud puede ser derrotada si logramos que el cuerpo del anciano recupere la capacidad juvenil para hacer frente a enfermedades como las cardiopatías, el cáncer, la diabetes o el Alzheimer.
De Grey expuso su programa SENS (Strategy for Engineering Negligible Senescency, estrategias para una reingeniería de la senescencia evitable) en el libro Ending aging (2007). La Methuselah Foundation, que él mismo dirige, ofrece un premio a quien haga el mejor aporte para teoría.
La estrategia a seguir, según de Grey, consiste en atacar el problema en el nivel celular, combatiendo a los radicales libres mitocondriales que se acumulan en los tejidos y dañan al ADN.
De Grey proclama que “la muerte es el enemigo” y cree que el hombre puede llegar a tener una vida promedio de 5000 años: una creencia que comparte con Michael Rose y Bill Maris. Steve Austad, de la Universidad de Texas, extiende el plazo a 5700, basándose en la extrapolación del ritmo de crecimiento de la expectativa de vida en las últimas décadas. Terence McKenna ha llevado este razonamiento al absurdo, pronosticando que en algún momento en una hora se producirán tantos cambios como hoy 200 años: un ritmo bastante difícil de sostener para cualquier cuerpo, sea biológico o cibernético.
Esta especulación no pasa de ser una falacia estadística: si extrapolamos la velocidad de crecimiento de un bebé en su primer año de vida, los adultos tendrían que alcanzar los diez metros de altura. Esto no impide que en un documental autorizado[8] se afirme que toda nuestra personalidad cabe en un CD de 600 MB, y la memoria de toda la humanidad en una sola computadora. Kurzweil pronosticó que ya en el 2025 sería posible copiar todo el contenido del genoma y de la memoria y enviarlo a una computadora dotada de efectores que le permitirían efectuar toda clase de operaciones. En 1929 J.D. Bernal ya había propuesto algo similar, con la tecnología de su tiempo.
Muchos han dejado de creer que Dios puede resucitarnos, pero confían en que la tecnología lo hará, y aún mejor que Dios.
De Grey proclama que “la muerte es el enemigo” y cree que el hombre puede llegar a tener una vida promedio de 5000 años: una creencia que comparte con Michael Rose y Bill Maris. Steve Austad, de la Universidad de Texas, extiende el plazo a 5700, basándose en la extrapolación del ritmo de crecimiento de la expectativa de vida en las últimas décadas.
Ian Pearson postergó para el 2050 la profecía de Kurzweil, aunque en algunos documentales recientes[9] parece dársela por hecha. De hecho, en el 2015 el académico George Church había anunciado que en cinco o seis años se resolvería el problema del envejecimiento[10].
En casos como este, uno no puede dejar de acordarse del Obispo Ussher, de quien hace dos siglos nos venimos burlando por haberse atrevido a ponerle fecha y hora a la Creación y al Diluvio.
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Más allá de las hiperbólicas profecías de Grey, de lo que se trata es de encontrar las causas de la senescencia, el deterioro de las células que las vuelve cada vez más vulnerables.
Existe toda una línea de investigación que estudia a organismos vegetales y animales de muy larga vida; son los que mueren pero no envejecen, como las tortugas marinas, la langosta americana, la hidra, la medusa, la ballena de Groenlandia, el pez reloj, la rata topo, el pino longevo y la sequoia. El caso más notable es el del molusco Ming, con 500 años comprobados.
Otros han propuesto investigar las Zonas Azules, esos paraísos climáticos como Cerdeña, la isla de Ikaria o Abjasia, donde la extrema longevidad siempre fue común.
Con estos estudios se ha remozado el tema de las toxinas, antes atribuidas sólo a la actividad microbiana. Ahora sabemos que entre las causas del deterioro senil están los detritos que con el tiempo se van depositando en los tejidos (células muertas o envejecidas, “basura” celular e intracelular, radicales libres, mutaciones peligrosas) y hasta el efecto de los rayos cósmicos sobre el ADN.
El acortamiento de los telómeros (la extremidad de los cromosomas) impide que les células se sigan dividiendo y causa el envejecimiento. La enzima telomerasa, que frena ese proceso, ha despertado grandes expectativas, aunque en ciertos casos puede ser cancerígena.
La nanomedicina, en pleno desarrollo, está llamada a ser la más importante de estas tecnologías. Los operadores nanobots (robots con un tamaño que se mide en nanómeros, hechos de diamante o rubí) podrían ser empleados para remover células dañadas o inactivas y reemplazarlas por sus clones. Hasta nos permitirían modificar el programa genético para evitar el envejecimiento.
La aparición del programa CRISPR es casi tan importante como lo fue la del microscopio electrónico; esta herramienta permite “editar” los genes mediante una proteína que cumple la misma función que el cut & paste del editor de textos. Esta herramienta revolucionaria encierra tanto promesas como temores, porque al ser tan simple puede caer en manos de los irreponsables. Ella es la que permite a la terapia génica reprogramar virus para usarlos como nanobots. Usando una proteína modificada, Cynthia Kenyon logró alargar la vida de ciertos gusanos marinos; más tarde se descubrió que la metformina, usada desde décadas contra la diabetes, lograba efectos similares.
También contamos con la céluloterapia, que permite reemplazar las células dañadas por las células totipotenciales (stem cells) obtenidas de la placenta, que tienen la capacidad de diferenciarse e incorporarse a cualquier tejido.
El cloning terapéutico se usa para reemplazar órganos cultivados in vitro, que no generan rechazo puesto que proceden del mismo organismo.
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El más antiguo de los proyectos de inmortalidad tecnológica es el de la Criogenia, inspirado explícitamente en una idea que el escritor Robert A. Heinlein expuso en la novela Door into Summer (1956). Varias empresas, entre ellas el Cryonics Institute de Detroit y Alcor de Scottsdale, la utilizan. El presidente de la Alcor Life Extension Foundation, fundada en 1971, es Max More, un conocido ideólogo del transhumanismo. En su planta de Arizona Alcor conserva los cuerpos vitrificados de unas 150 personas (entre ellos el de Marvin Minsky) en unos enormes termos Dewar llenos de nitrógeno líquido. La versión más económica preserva sólo las cabezas (llamadas “neuros”), a la espera de que la tecnología algún día pueda resucitar a sus dueños y dotarlos de un cuerpo sano[11]. Ben Best, ex presidente del Cryonic Institute, no vacila en prometernos la inmortalidad absoluta.
En la lista de espera de Alcor están Kurzweil, Thiel, de Grey, Drexler y Merkle, la plana mayor del transhumanismo[12], pero también figuran Peter Sellers, Gore Vidal y Muhammad Ali, sin contar una cantidad de mascotas mandadas a congelar por sus amos. Curiosamente varios escritores de ciencia ficción, los que a veces imaginaron todo esto, se negaron a ser des-animados; entre ellos, Frederic Pohl y Ray Bradbury. Timothy Leary, el gurú de la New Age que había apoyado la criónica desde el principio, optó porque su cuerpo fuera cremado y sus cenizas arrojadas al espacio.
Estas prácticas habían sido propuestas y abandonadas por primera vez en la Rusia soviética bajo el nombre de anabiosis. Es casi inevitable que nos recuerden la fe de los egipcios, que momificaban a sus faraones hasta que Osiris los volviera a la vida. Pero ni los sacerdotes egipcios ni los científicos de Alcor saben si sus des-animados no renacerán con el cuerpo estropeado que tenían a la hora de congelarse. Si nadie encuentra la manera de devolverles la juventud, acabarán como el legendario Titonio.
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Pese al sostenido crecimiento de las expectativas de vida el temor a la muerte (muy comprensible cuando la vida era más breve) no ha desaparecido. Por el contrario, a la tanatofobia ha venido a añadirse la gerontofobia. No sólo tememos a la muerte sino también a la vejez, una etapa que en aquellos tiempos era deseable alcanzar.
Desde siempre, los sabios como Publio Siro o Blas Pascal han enseñado que el temor a la muerte puede ser más cruel que la muerte misma, la cual a veces puede ser serena e incruenta. Los filósofos de la Antigüedad clásica trataron el miedo a la muerte como una de esas pasiones del alma que era preciso dominar. Eso se lograría confiando en la inmortalidad del alma, como Sócrates, o sometiendo la pasión a la razón, a la manera de Epicuro. Para este último, la muerte era algo indiferente: lo bueno y lo malo son experiencias sensoriales, y la muerte es la privación de toda experiencia. Eso hacía que la mortalidad fuera un motivo de alegría, porque eliminaba el deseo de seguir viviendo.
La muerte y el morir, suspendidos o directamente negados desde que la modernidad decidió suspender la religión, desaparecieron del discurso común. El muriente terminó arrinconado en la soledad de un hospital o un sanatorio, que por más caro que sea sigue siendo un sitio desolado.
Este epicureísmo implícito nos induce a obrar como si la muerte no existiera o fuera simplemente una molestia para los deudos del muriente. En un brillante ensayo sobre la idea de inmortalidad Stephen Cave[13] procede sistemáticamente a negarle validez a todas las formas históricas en las cuales se ha presentado, desde la inmortalidad del alma y la resurrección del cuerpo hasta la fama más duradera, sin excluir el utopismo transhumanista. Su propuesta explícita de volver a Epicuro difícilmente satisfará a quienes no tienen vocación filosófica, es decir a la mayoría de los mortales.
A mediados del siglo pasado hubo un intento de recuperar el sentido del duelo, con esa ciencia tanatológica a la cual Elisabeth Kübler Ross (1920-2004) dedicó su vida. Fue ella quien estableció el canon de las actitudes con las cuales afrontamos la cercanía de la muerte, desde la negación hasta la aceptación, que en su momento popularizó la comedia musical All that Jazz (1979) de Bob Fosse.
No puede decirse que sus ideas se hayan impuesto, porque fueron indebidamente asociadas con esa vuelta a la naturaleza que predicaba la New Age, y con los trabajos de Moody con los pacientes clínicamente muertos. El descrédito en el que cayeron las propuestas de la New Age la arrastró, y muchos se habrán regocijado cuando Kubler cedió a la tortura de la enfermedad terminal y renegó de cuanto había enseñado, con lo cual el hospitalismo quedó restaurado.
Como la gran mayoría de los humanos no se conducen como sabios y si se acuerdan de Epicuro es como el hedonista que no fue, la negación de la muerte y su divorcio del afecto se han vuelto a instalar. Pero la insatisfacción que esta actitud sigue provocando ha ido preparando el campo para la nueva religión de la inmortalidad tecnológica, que seduce como respuesta para la muerte y el dolor.
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En Oxford existe un pub llamado Eagle and Child fundado nada menos que en el siglo XVII, el siglo de la ciencia. Según se dice tomó su nombre de la mitología griega y refiere a la leyenda en la cual Zeus tomó la forma de águila para raptar al apuesto Ganímedes y hacerlo inmortal.
El pub, que pertenece hoy a un instituto tecnológico, es el lugar que habían elegido Watson y Crick para dar a conocer la estructura del ADN. Más recientemente Aubrey de Grey lo eligió para poner la longevidad al alcance de todos los que sigan sus consejos.
Con todo, el pub es mucho más conocido como el lugar donde muchos años antes acostumbraban reunirse Tolkien, Lewis y los Inklings, para compartir sus ficciones y criticarse mutuamente.
En la epopeya de Tolkien, los elfos son tan inmortales como los dioses paganos, pero desde su tedio envidian a los hombres cuya vida es breve pero encierra la promesa de una vida eterna.
En la trilogía interplanetaria de Lewis aparecen unos científicos extraviados que logran mantener viva la cabeza de un decapitado para hacerlo inmortal, pero terminan engendrando un ser diabólico. Hoy esas cabezas se llaman neuros, se conservan en Arizona y no han dado muestras de vida. Lo más cercano a la inmortalidad terrenal que conozco son las ideas, pero aun ellas pueden perecer cuando aún quienes se jactan de tener un pensamiento crítico terminan aceptando las fantasías más delirantes.
[1] La historia de Sentaro es una de las que recopiló la escritora Yei Theodora Ozaki (1871-1932)
[2] Transcendent Man (Frank Thais, 2009
[3] Cfr. Walter Chip, Immortality, Inc. Renegade Science, Silicon Valley billions and the Quest to Live forever. Washington, National Geographic 2020
[4] Su rutina diaria se puede ver en el documental de Netflix Don’t die (2025)
[5] Stephen S. Hall. Merchants of immortality. Chasing the Dream of Human Life Extension. New York, Houghton-Mifflin, 2003
[6] Immortality Institute. The Scientific Conquest of death. Essays on Infinite Lifespan. Buenos Aires, Libros en red, 2004.
[7] Cfr. Wiener, Jonathan, Long for this World. The Strange Science of Immortality. NewYork, Harper-Collins 2011.
[8] Technocalyps (Frank Theis, 2006) P.1 Transhumanism P.2 Preparing for the Singularity P.3 The digital Messiah
[9] The Last generation to die (2015) y Eternity at Last (2021) dan por supuesto que la inmortalidad ya ha sido lograda.
[10] Un amplio repertorio de estas profecías fallidas puede encontrarse en Adam Leith Gellner, The Book of immortality. Doubleday Canada, 2013
[11] Me he ocupado de este tema en “Espérame en el freezer”, del libro Aspiraciones, Buenos Aires, Samizdat 2017 (edición digital)
[12] El documental de Netflix Hope frozen (Crionización) tiene mucho de publicidad institucional de Alcor, pero sobre el final un científico afirma que es casi imposible que podamos recuperar la memoria y personalidad.
[13] Stephen Cave, Immortality. The quest to Live Forever and How it drives Civilisation. New York. Crown 2012
