
En 1999 la Dra. Mary Neal estaba remando por un río chileno cuando su kayak se precipitó por una peligrosa cascada. Quedó inconsciente por los golpes y permaneció media hora privada de oxígeno, bajo tres metros de agua. Cuando ya la habían dado por muerta la encontraron y la llevaron al hospital. Tardó casi un año en recuperarse[1].
Mary Neal se había ahogado, pero no registraba ningún daño cerebral. En cambio, recordaba perfectamente lo que había visto durante la media hora en la que había estado clínicamente muerta. El tiempo había dejado de existir para ella y en un instante había revivido toda su vida. Viajando por un túnel había salido de las sombras hasta encontrarse en un paisaje paradisíaco, donde la esperaban varios de sus familiares muertos.
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En 1991 la cantautora Pam Reynolds fue internada en Phoenix por un aneurisma, pero su situación se complicó y fue necesario hacerle un bypass. Los cirujanos usaron una técnica hipotérmica y redujeron durante dos horas y media su temperatura corporal a 15º, cuando la normal es 36, 5º. Pero tras registrar un encefalograma y un cardiograma planos, la joven se recuperó y contó su experiencia. Ella también había atravesado un túnel oscuro hasta alcanzar un hermoso lugar pleno de luz, donde se había reencontrado con todos sus familiares difuntos[2].
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En 2008, Ebon Alexander fue víctima de una rara meningitis bacteriana y estuvo en coma toda una semana. Cuando ya estaban por desistir de reanimarlo se recuperó. Tardó dos meses en recobrar la memoria, aunque no registraba daño cerebral.
El Dr. Alexander era un neurocirujano de prestigio, con una brillante trayectoria y centenares de publicaciones. Estando en coma había tenido una experiencia extracorporal, que él mismo analizó científicamente en un apéndice de su autobiografía[3].
Alexander no vio el túnel ni recapituló su vida anterior. Sintió que estaba en un pantano oscuro, del cual lograba salir cruzando un portal que llevaba a la luz. Estuvo sobrevolando un paisaje maravilloso, guiado por una desconocida figura femenina. Ella lo había llevado a un lugar donde tuvo una experiencia inefable al ver a Dios y sentirse embargado por el amor.
Alexander era hijo de una madre soltera que lo había entregado en adopción y luego había tenido tres hijos más. El cirujano había tenido un fugaz encuentro con ella y sus medio-hermanos, pero no así con su hermana, fallecida años antes. Cuando le mostraron una foto de ella la reconoció como la mujer que lo había guiado en el más allá.
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Un documental de la BBC[4] presentó el caso de una joven que volvió del estado de coma, después de registrar un electroencefalograma plano. Al recuperar la conciencia contó sus inéditas experiencias espirituales. Vicky había sentido que se desprendía del cuerpo, contemplaba el quirófano desde arriba y atravesaba el techo sin esfuerzo, acompañada por una música inefable. También se había encontrado con varios familiares difuntos, que ahora parecían “hechos de luz”. Describió detalladamente el paisaje del lugar donde había estado, con su césped, sus árboles, flores y pájaros. También había vuelto a ver unos compañeros de infancia muertos a temprana edad, que ahora tenían aspecto de adultos.
Lo más extraño es que Vicky era ciega de nacimiento y en sus sueños no tenía imágenes visuales sino apenas sensaciones auditivas, táctiles y olfativas.
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Arthur Koestler, uno de los escritores más importantes del siglo XX, era ateo y militante comunista cuando fue condenado a muerte por el régimen de Franco. En la cárcel de Sevilla, mientras esperaba ser fusilado, tuvo una experiencia que él mismo definió como “mística”.
Tal como relata en sus memorias, Koestler estaba tratando de ocupar su mente haciendo demostraciones matemáticas, cuando se puso a meditar sobre el concepto de infinito. Entonces sintió que su conciencia se desdoblaba, que una profunda paz lo invadía y podía mirar con indiferencia la muerte. Se sintió flotando en un río que “no venía de ninguna parte ni fluía a ninguna parte (hasta que) no hubo río ni yo. El yo había dejado de existir.[5]”
Algo similar le ocurrió al filósofo Alfred Ayer, quien durante años había sido un gran promotor del ateísmo. En 1988 sufrió una intervención quirúrgica y estando inconsciente tuvo una experiencia extracorporal. En la primera entrevista que tuvo en cuanto se recuperó, declaró “haber visto a Dios.[6]”
C.G.Jung, el discípulo a quien Freud había pensado nombrar como heredero, también decía haber tenido una experiencia extracorporal en 1944. Por un momento, se había sentido capaz de atravesar las paredes y ver a la Tierra desde el espacio. Incluso podía dar precisos detalles geográficos de Europa y África que sólo era posible apreciar desde gran altura.[7]
Los fenómenos peri-tanáticos
Muertes transitorias
A estas historias se las conoce como ECM[8] (experiencias cercanas a la muerte). Los casos de desdoblamiento de la conciencia se denominan EEC[9] (experiencias extracorporales). Ambos fenómenos pueden darse juntos o bien separados; las EEC no abundan en detalles, mientras que las ECM son un gran despliegue de imaginación.
Se consideran ECM los estados de muerte cerebral; esto es cuando los electro encéfalo y cardiograma registran una línea plana y no se observan los movimientos oculares rápidos (REM) que caracterizan al sueño. Hasta 1968 se daba por muerto al paciente que sufría de un paro cardiorrespiratorio, pero con el desarrollo de las técnicas de resucitación se hizo posible sacarlo de ese estado con cierta facilidad, y aun recuperarlo del estado vegetativo cuando éste es transitorio.
Se consideran ECM los estados de muerte cerebral; esto es cuando los electro encéfalo y cardiograma registran una línea plana y no se observan los movimientos oculares rápidos (REM) que caracterizan al sueño.
Hubo que redefinir como “muerte cerebral” el estado en cual el EEG plano marca la ausencia de actividad nerviosa. Al dejar de recibir oxígeno durante unos tres minutos y medio el cerebro deja de funcionar. Este estado es considerado irreversible; la ley da por muerto al sujeto y autoriza a que le extraigan los órganos para trasplantes.
Existen otros fenómenos vinculados con la proximidad de la muerte, que viene registrándose por lo menos desde el siglo XIX y acerca de los cuales sólo tenemos algunas hipótesis. Se trata de la lucidez paradojal, un fenómeno no muy común pero de considerable constancia. Ocurre cuando un sujeto en pleno deterioro cognitivo recupera la lucidez días u horas antes de morir. Se ha visto pacientes psiquiátricos que de pronto hablaban con coherencia, tenían un pensamiento lógico y volvían a reconocer a las personas que días antes desconocían.
Más intrigante aún es el caso de las personas que han caído en estado vegetativo permanente y sobreviven varios años (más de veinte, en algunos casos) sin dar muestras de conciencia, hasta que repentinamente vuelven a la normalidad. Por lo que sabemos, en ese estado experimentan algunas sensaciones pero su cerebro no tiene control sobre los órganos.
La lucidez paradojal y el estado vegetativo permanente plantean nuevas cuestiones éticas, porque ponen en duda la validez del consentimiento para la eutanasia y aun cuestionan el empleo de sedantes en la etapa terminal. Lo que no alcanzamos a explicar es cómo un cerebro deteriorado puede recuperar la normalidad siquiera por unas horas, revirtiendo de algún modo el daño físico, o puede permanecer inconsciente durante un tiempo indefinido y en un momento recuperan la lucidez.
Algunos casos de ECM pueden ser estudiados en el momento en que se producen, mientras que otros se reconstruyen en base al testimonio de sujetos que las habían ocultado por miedo a pasar por locos. Estos fenómenos no sólo han sido estudiados en los países de cultura occidental —más de 10.000.000 de casos en los Estados Unidos, según Gallup, y otros tantos en Europa— sino también en Asia, Indoamérica y Oceanía. Se ha investigado a víctimas de infarto y ACV, accidentes e intentos de suicidio, a ciegos de nacimiento y hasta niños.
Un factor digno de ser destacado es el cambio de conducta que quienes han tenido este tipo de experiencias experimentan al recuperarse. Por lo general, dejan de temer a la muerte, se vuelven más solidarios, menos ansiosos y adquieren otra visión del tiempo. Los creyentes sienten reforzar los lazos que los unen a su religión, pero algunos se alejan del culto, porque creen haber tenido una revelación personal. No todas las experiencias son paradisíacas; también las hay infernales, pero son minoría.
Algo de historia
Tenemos evidencias de que la creencia en una vida más allá de la muerte acompaña al Genus Homo desde antes de que llegáramos a ser sapiens. Sabíamos que los Neandertales creían eso y acabamos de descubrir que hace 300.000 años el Homo Naledi, que contaba con un cerebro más reducido que ellos, también enterraba ritualmente a sus muertos.[10]
Las experiencias del tipo ECM y EEC se encuentran en casi todas las mitologías de la antigüedad. La forma más común es el “descenso a los infiernos” que suele hacer el héroe: Odiseo y Eneas bajaban al Hades para encontrarse con las sombras de los difuntos.
Tenemos evidencias de que la creencia en una vida más allá de la muerte acompaña al Genus Homo desde antes de que llegáramos a ser sapiens. Sabíamos que los Neandertales creían eso y acabamos de descubrir que hace 300.000 años el Homo Naledi, que contaba con un cerebro más reducido que ellos, también enterraba ritualmente a sus muertos.
Para el cristianismo, el propio Jesús pasa por el más allá antes de resucitar, para redimir no sólo al presente y al futuro sino también al pasado. Se habla de otra vida en casi toda la Biblia pero el Paraíso, Purgatorio e Infierno visitados por Dante proceden de otras tradiciones. La imagen del Paraíso como jardín cercado apareció con el Edén del Génesis y mucho más tarde se fundió con el Pardes de los mazdeístas. En cuanto al infierno, es posible encontrarlo en muchas religiones; el budismo mahayana se distingue especialmente por su despliegue de castigos infernales.
También los clásicos grecorromanos recogen historias de personas que han regresado de la muerte. Suele citarse la historia de Er que cuenta Platón en el libro X de La República, o la de Tespesio que narra Plutarco en “Sobre el retraso de la justicia divina”, quizás en homenaje a Platón. Ambas describen en detalle el juicio de las almas en el más allá, y se inspiran en la mitología egipcia, que tanto Platón como Plutarco reverenciaban. Algunos las consideran ECMs, pero está claro que Er y Tespesio son personajes ficticios de los cuales los autores se sirven para introducir los temas escatológicos. De todos modos, su presencia indica que el tema no era desconocido para los clásicos. Lo mismo ocurre con las crónicas medievales, llenas de este tipo de testimonios.
La mejor representación pictórica del túnel que lleva las almas hacia la luz es moderna: está en Ascenso al Empíreo de Hieronymus Bosch, el gran pintor flamenco del S. XV.
La medicina recién empezó a registrar formalmente los relatos de viajes extracorporales a mediados del siglo XIX. Cien años más tarde, cuando acabaron de imponerse las técnicas de resucitación y se hablaba de muerte cerebral el tema comenzó a despertar atención. Los primeros en ocuparse de él fueron los cardiólogos, que estaban familiarizados con los pacientes que salían de la muerte clínica y contaban la historia de sus “viajes”.
El pionero fue el filósofo Raymond Moody, quien tropezó con las ECM cuando se había puesto a estudiar medicina para dedicarse a la psiquiatría. Su libro La vida después de la vida (1975) fue un best seller mundial de los años Sesenta y tuvo enormes repercusiones. El hecho de que estuviera prologado por la Dra. Kübler-Ross, fundadora de la Tanatología, le dio más fuerza aún. El espiritismo había quedado desprestigiado, pero el éxito de Moody y Kübler-Ross anunciaba que por fin la ciencia se había puesto a investigar un área que hasta el momento pertenecía a la religión. La propuesta de Moody despertó tanto expectativas entre los creyentes como dudas en las autoridades religiosas, que desconfiaban de la “espiritualidad” psicodélica de la New Age. Proliferaron los entusiastas que anunciaban haber encontrado las prueba de otra vida y del Paraíso, pero tampoco faltaron los científicos que trataron de reducirlo todo a la patología.
Con el tiempo, la propia Kübler-Ross, torturada por una cruel enfermedad, llegó a renegar de todas sus enseñanzas, lo cual contribuyó a que tanto sus trabajos como los de Moody quedaran estigmatizados como “ciencia New Age”. La moda cultural había cambiado y todo lo que tenía que ver con esa Era de Acuario que fascinaba a la generación anterior dejó de interesar a la opinión pública. Fue así como las ECM fueron relegadas al cesto de las seudociencias.
Puesto que había razones éticas para impedir que estas experiencias fueran provocadas en laboratorio sólo era posible estudiarlas a partir de testimonios personales. Esto permitió que algunos quisieran asimilarlas a las supuestas “abducciones” extraterrestres. Los ufólogos también habían reunido una vasta casuística pero al no poder presentar pruebas verificables de contactos con extraterrestres, habían optado por la teoría conspirativa. Las pruebas existían, pero los poderosos las ocultaban, algo casi imposible en un mundo tan interconectado como el actual.
De todos modos, las diferencias que había entre las ECM y las “abducciones” son muchas más que las semejanzas. Ante todo, los “contactados” y “abducidos” estaban ansiosos por contar su experiencia y aparecer en los medios; en cambio, los que habían tenido una ECM sólo atinaban a compartirla con los íntimos. El único rasgo que tienen en común es la proliferación de best sellers que explotaron a ambos con fines comerciales.
A todo esto, Moody había sido muy cauteloso; en su clásico libro no tomaba partido por la hipótesis sobrenaturalista ni por la reduccionista; exponía los argumentos de ambas y sólo invitaba a investigar un fenómeno tan recurrente como inexplicado. Diferenciándose de aquellos que decían revelar las grandes verdades que los poderosos nos ocultan, Moody aclaraba “A los lectores de mentalidad científica debo decirles que soy plenamente consciente de que lo que lo que hice no constituye un estudio científico (…) No me hago ilusiones de haber “probado” que hay vida después de la muerte.[11] Esa fue la pauta que les dio a sus continuadores, y la que los salvó del sensacionalismo.
Calificar a la investigación de las ECM de seudociencia, como siguen haciendo los escépticos radicales, o de New Age, como simplifican los editores, es bastante abusivo. Para que una disciplina sea considerada ciencia, debe basarse en hipótesis falsables, y ser lo suficientemente objetiva como para resistir al juicio de los pares de quien la produce. En cambio la seudociencia parte del fraude y a menudo su intención es engañar. En cambio, aquello a que aspiran los investigadores de las ECM es tan sólo a persuadir.
De todos modos, siempre cabe la posibilidad de que una ciencia pueda sersea considerada errónea cuando no respeta los protocolos de la investigación y produce enunciados erróneos que luego son refutados pero con eso no alcanza para condenarla como seudociencia. El sistema de Tolomeo era ciencia según los parámetros de su tiempo, y luego fue refutado por Copérnico. Los productos de la investigación de las ECM podrán ser positivos o negativos, pero sólo con el tiempo podremos saberlo. Los criterios de cientificidad también cambian: basta recordar que algunos respetados científicos negaron que el avión pudiese volar y que los meteoritos vinieran del espacio y dijeron que la física se quedaría sin temas que tratar en el siglo XX.
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A partir de Moody, el tema quedó en manos de un grupo de investigadores que llegaron a acumular una impresionante base de datos y sostuvieron el interés en los años que siguieron. En la actualidad los estudiosos de las experiencias extracorpóreas cuentan con institutos de investigación y publicaciones estandarizadas como las que existen en cualquier otro campo.
Entre las principales figuras del movimiento, se destacan los norteamericanos Bruce Greyson (psiquiatra), Michael Sabom (cardiólogo) y Kenneth Ring (psicólogo social). La figura europea más conocida es el cardiólogo holandés Pim van Lemmel. Greyson se preocupa por tomar explícita distancia del movimiento New Age, pero califica al estudio de las ECM y EEC como “ciencia inclusiva”, para diferenciarse del reduccionismo dogmático.
El IANDS, con sede en la Universidad de Texas, es una asociación internacional que publica regularmente el Journal of Near-Death Studies. Su equivalente para el mundo de habla hispana es la Fundación ICLOBY (Lobby Internacional de la Conciencia), con sede en Barcelona.[12]
No todos estos estudiosos trabajan con las mismas hipótesis. Algunos, como van Lemmel[13] y Ornella Corazza[14] incursionan en la filosofía no siempre con éxito, mientras que entre los seguidores de Grayson predomina una actitud empirista[15]. Curiosamente, van Lommel es agnóstico y Grayson creyente.
¿Con qué metodología se encara el estudio de unos fenómenos tan elusivos como éstos? Los estudiosos han definido los criterios para distinguir las experiencias válidas de las dudosas. Moody ya había clasificado las variedades de ECM según 12 tipos de sintomatologías diferentes con que presentaban. Ring las redujo a 5, Sabom a 3 y Greyson a 4. Para evaluarlas, Ring propuso la escala WCEI, que más tarde fue reemplazada por la NDE-Scale de Greyson, es la más usada actualmente. La escala de Greyson considera un total de 16 síntomas: para ser reconocido como ECM un caso tiene que reunir por lo menos 7 de ellos.
El campo de lo transcorporal tiene características peculiares. En este caso, el método experimental está estrictamente acotado por la ética, que impide llevar a los pacientes al borde de la muerte. Las ficciones que han imaginado esta alternativa —Flatliners (Schumacher 1990) y su remake de 2017— se inscriben en el género del horror.
De todos modos no todas las ciencias dependen del método experimental. No está de más recordar que el experimental no es único método posible. La Historia y la Astronomía no son experimentales pero están entre las ciencias más antiguas. La matemática, que por definición no es empírica, cumple un rol fundamental en casi todas las demás ciencias. Una disciplina científica es considerada madura cuando acaba de desarrollar su propio método y gracias a él obtiene resultados significativos.
El imaginario extracorporal
Cualquier teórico de las ciencias humanas nos dirá que una “experiencia” es mucho más que una suma de sensaciones y no puede ser reducida a un mero estado emocional. Como observaba William James hace más de un siglo, la experiencia (sea ella estética, ética o metafísica) forma parte de un “campo” cultural. Vemos e interpretamos lo que vemos conforme a las categorías de la cultura a la cual pertenecemos y a su peculiar repertorio de imágenes.
Desde antiguo sabemos que los hombres tienden a atribuirle a Dios un aspecto similar al humano e imaginan al otro mundo como una versión glorificada de este. Hace dos mil seiscientos años Jenófanes escribió: “Si los bueyes, los caballos o los leones tuviesen manos, fueran capaces de pintar con ellas y hacer figuras, los caballos dibujarían a los dioses como caballos y los bueyes como bueyes”[16]. Este criterio, que las ciencias humanas no han hecho más que corroborar, también vale para el modo en que los moribundos imaginan una vida más allá del tiempo y del espacio. Es común que tiendan a verla como una exaltación de los momentos y los lugares que los han hecho felices en esta vida. Para que la gratificación sea aún más plena imaginan que tendrán la posibilidad de rescatar lo mejor de su existencia y reencontrarse con las personas que más han amado.
Las ECM han sido investigadas en una amplia gama de pacientes, muchos de ellos creyentes y otros tantos ateos o agnósticos. Pero aun siendo un fenómeno prácticamente universal, el inconsciente de quienes lo experimentan tiende a configurarlo a su modo.
Se han estudiado especialmente los pacientes norteamericanos y europeos, pero también hay estudios hechos en Japón, China, Tailandia, el Asia Central y los pueblos indoamericanos. La popularidad del libro de Moody, que en su tiempo tuvo quince millones de lectores y llegó a ser leído lugares tan remotos como Uzbekistán, contribuyó a que su esquema se integrara al imaginario social, lo cual complica la investigación, y lleva preguntar si no estarán inspiradas en Moody.
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A primera vista, los “viajes” extáticos de las personas que experimentaron una ECM, tienen a parecerse a las experiencias de los místicos de Oriente y Occidente.[17]
Entre los místicos es común la peregrinación virtual hacia la Luz, la Vida y el Amor. Bastante comunes son el simbolismo del Jardín y la Ciudad celestial. De algún modo, todo eso está presente en la ECM.
Pero si hay algo que caracteriza a los místicos de todos los tiempos es la dificultad de expresar sus vivencias con palabras o imágenes. El místico no pretende trazar una cartografía del otro mundo, porque sabe que su experiencia es inefable. Sólo Dante puede hacerlo porque como poeta siente el desafío de traducirla a las palabras. El místico se ve obligado a descartar las metáforas una tras otras, porque ninguna de ellas alcanza a transmitir su vivencia de lo Absoluto. Los protagonistas de las ECM, por el contrario, no dejan de describir, a veces minuciosamente, los lugares que dicen haber visitado.
Comparemos los relatos de quienes han tenido una ACM con el Memorandum, un texto que Blas Pascal llevaba cosido en su ropa para tenerlo siempre presente[18]. Pascal era el científico que midió la presión atmosférica, creó la primera calculadora y fue un admirable ensayista. A los 31 años Pascal tuvo una experiencia mística que cambió su vida. Como buen científico Pascal consignó en su Memorandum que el 23 de noviembre de 1654, entre las 22.30 y las 24.30, había sentido la presencia del “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, no el dios de los filósofos y sabios”. Pero cuando se trataba de describir su experiencia sólo tenía unas palabras “¡Fuego! Certeza. Certeza. Sentimiento. Alegría. Paz.”
Lo que más llama la atención en las visiones del más allá que tienen las personas de cultura occidental es su patente arcaismo. Los pacientes ofrecen una imagen ingenuamente realista del más allá, precisamente esa que las grandes religiones han ido evitando para adecuarse a la modernidad.
Los artistas del Renacimiento aún podían conciliar el realismo pagano con el espiritualismo cristiano, como hacían Miguel Ángel y los pintores españoles del Siglo de Oro. Pero a medida que avanzaba la secularización se fue imponiendo una cosmovisión ajena a cualquier tipo de trascendencia. La austeridad de la Reforma tuvo el efecto de una verdadera iconoclastia. Los artistas fueron abandonando la imaginería religiosa y sintieron pudor de poner la fe en imágenes. En la última etapa, arrinconados por la tecnología, se fueron conformando con ser experimentadores sensoriales, que aspiraban más a sorprender al espectador que a esclarecerlo. Sólo en la música, arte abstracto por naturaleza, se han seguido oyendo voces como las de Scriabin, Messiaen o Arvo Pärt, pero al ser de difícil acceso para el hombre común no logran satisfacer su necesidad de asombro.
Hasta hace poco más de un siglo aún había predicadores populares que intimidaban a los fieles con sus crueles visiones infernales, sus ángeles alados y sus almas etéreas. Con la intensa secularización que sucedió a la segunda posguerra mundial los sacerdotes, ministros del culto, teólogos y jerarquías eclesiásticas se fueran tornando recelosos de la imaginación religiosa, para no exponerse al escarnio racionalista. Tanto dentro como fuera del cristianismo se fue imponiendo la idea de que el Más Allá no es un lugar, sino un estado espiritual, algo así como el Karma de los orientales. Esto no deja de tener valor en cuanto lleva a purificar la fe de la tentación fetichista, pero deja al creyente común sin imágenes que evoquen a Dios, así como los medios audiovisuales evocan la imagen y la voz de las personas que más quisieron.
Tanto dentro como fuera del cristianismo se fue imponiendo la idea de que el Más Allá no es un lugar, sino un estado espiritual, algo así como el Karma de los orientales.
Cualquier catecismo de hoy sólo le dedica apenas unos párrafos al Paraíso, el Purgatorio y el Infierno. Aún hay fundamentalistas sectarios que siguen amenazándonos con sus infiernos y nos prometen paraísos con efectos especiales, pero su influencia es irrelevante.
Es sabido que el inconsciente, sea individual o colectivo, tarda años y hasta siglos en asimilar esos cambios de la cosmovisión que promueve la vanguardia intelectual. El hombre de hoy aún no ha acabado de digerir una “visión científica del mundo” (por demás cambiante), pero su inconsciente sigue reclamando prodigios. Todos los seres sobrenaturales, dioses, ángeles y demonios que han sido excluidos de la visión oficial del mundo renacen ahora con la figura de superhéroes de historieta, zombis, vampiros y extraterrestres; el horror y la desmesura pasan a ocupar el lugar que antes ocupaba el asombro.
Quizás esta sea la causa por la cual la visión del otro mundo que reflejan las ECM se ajuste a un imaginario arcaico al cual la religión institucional ha renunciado hace tiempo. Estas visones varían de un individuo a otro tanto como las imágenes oníricas, y no siempre son coherentes entre sí. La mayoría describe paisajes que recuerdan al Edén del Génesis; a veces los pueblan con detalles de estilo casi turístico, lo cual las hacen poco creíbles. El Dr. Alexander, que había sido piloto, se vio sobrevolando un idílico paisaje campestre donde se veían campesinos bailando a orillas del río, como si fueran aldeanos de Potemkin. ¿Qué hacen los campesinos en un mundo sin necesidades? Si estos son campesinos que se han ganado el cielo ya no tendrán por qué sembrar ni cosechar.
Todos los seres sobrenaturales, dioses, ángeles y demonios que han sido excluidos de la visión oficial del mundo renacen ahora con la figura de superhéroes de historieta, zombis, vampiros y extraterrestres; el horror y la desmesura pasan a ocupar el lugar que antes ocupaba el asombro.
Del mismo modo, las escenas del reencuentro con los difuntos que aparecen en algunas populares series de TV como Lost y Manifest, se inspiran en Moody pero tienden a parecerse demasiado a las fiestas de cumpleaños.
Los pacientes occidentales suelen identificar al “Ser de Luz” con Jesucristo. Los hinduistas se encuentran con Yama, el Rey del Otro Mundo, y los budistas con Amida Buda y la Tierra Pura. En cambio, los islámicos, que vienen de una tradición iconoclasta, oyen la voz de Dios, pero no lo ven. Los japoneses suelen encontrarse a orillas de un río, del otro lado del cual los aguardan sus seres queridos. Los que siempre fueron agnósticos ven a un indefinido Ser de Luz pero no atinan a identificarlo.
El “túnel” no siempre está presente, aunque sí lo está la Luz. Algunos en lugar de salir por un túnel se ven saliendo de una caverna o emergiendo de un pantano, hasta acceder al portal que se abre sobre un mundo cálido y luminoso. La experiencia del “túnel” es bastante idiosincrática y se adecua al imaginario del paciente. Greyson menciona el caso extremo el de un camionero que “había sentido como que salía por un caño de escape”. Por su parte Alfred Ayer, que era epistemólogo vio una luz roja y dialogó con los “Guardianes del espacio-tiempo”.
Más común, aunque tampoco universal, es la experiencia EEC, en la cual el sujeto siente que abandona su cuerpo, levita, vuela y atraviesa las paredes. Para los neurólogos esta sensación se vincula con el conocido fenómeno del “miembro fantasma”: el caso de las personas que han perdido un brazo o una pierna pero siguen sintiéndolos, porque su imagen corporal no ha cambiado. La EEC también se asocia a fenómenos conocidos, como la disociación mental que se produce en circunstancias traumáticas como la tortura, la violación o el peligro inminente. En esta categoría quizás podría encuadrarse la experiencia de Koestler. Muy poco es lo que se sabe de este fenómeno, los neurólogos han optado por dejarlo en manos de los psicólogos.
El neurocirujano Olof Blanke logró provocar una EEC en una paciente epiléptica al estimular la circunvolución angular derecha del cerebro, pero aun así reconoció que “todavía no podemos entender plenamente el mecanismo neurológico que causa estas experiencias.[19]”
Quienes sostienen que las ECM son meras alucinaciones suelen atribuírselas a la anoxia o a la hipoxia, esto es, la carencia o la escasez de oxígeno. La intoxicación por CO2 (hipercarbia) también puede provocar alucinaciones, pero es raro que los pacientes que han estado en un incendio y han inhalado CO2 tengan esas experiencias. Tampoco hay hipoxia ni hipercarbia en aquellos que han quedado inconscientes por un accidente de auto.
Carl Sagan sugirió que la experiencia del túnel que lleva a la luz puede ser un resabio del viaje del feto por el canal vaginal durante el parto. Sin embargo, hay abundantes casos de personas nacidas por cesárea que tienen ECMs.
En todo esto, muy importante parece ser el papel que cumple el DMT, un alucinógeno natural que contiene la ayahuasca, la droga de los chamanes amazónicos. El DMT también se encuentra en gran variedad de alimentos, y se acumula en la pineal, la glándula endocrina que en algunas tradiciones es conocida como “tercer ojo”. Recordemos que, quizás influido por los Rosacruces, Descartes había puesto a la pineal como el puente natural entre el cuerpo y el alma.
* * *
Más allá de las investigaciones rigurosamente científicas, las ECM han sido aprovechadas por una cierta apologética popular, que las presentan como prueba de la existencia del alma inmortal o pintan al Paraíso como un parque florido donde los justos disfrutan de un picnic eterno. Esta apologética no es genuina y sólo aspira a seducir un lector que ha perdido a un ser amado, del mismo modo que un siglo antes hacía el espiritismo.
Como era de esperar, estos abusos retóricos no dejaron de provocar una reacción inversa directamente proporcional a ellos[20].
De hecho, los estudios realizados desde Moody hasta la fecha no autorizan a postular nada sobrenatural; en todo caso, dan cuenta de un fenómeno natural aún no explicado y demandan una ciencia que todavía está por hacerse. Sus adversarios han rotulado todo el campo como seudociencia poque lo viven como un ataque al dogma reduccionista. El debate tiende a degenerar en un nuevo y estéril enfrentamiento entre ciencia y religión.
Una de las principales críticas de la ECM es la escritora Susan Blackmore, psicóloga y seguidora del ateísmo militante que orienta Dawkins[21].
Blackmore trata con gran respeto a sus adversarios y reconoce que la ECM y la EEC no son un fraude, pero cree que sólo son alteraciones de un cerebro moribundo. No explica por qué en un momento éste vuelve a funcionar normalmente, pero ofrece un arsenal de hipótesis reduccionistas para explicar todas las variedades del fenómeno.
Según Blackmore, el túnel y la luz son apenas alteraciones del córtex visual provocadas por la intoxicación con anhídrido carbónico o por la falta de oxígeno. En cuanto a las EEC, son fenómenos análogos al “miembro fantasma”. La revisión de vida y el cambio en percepción del tiempo las provocan las endorfinas, y las alucinaciones del viaje al más allá se asemejan al “aura” de los epilépticos.
Blackmore remata estos argumentos con una declaración lapidaria: “Somos organismos biológicos, que hemos evolucionado de modo fascinante pero sin ningún propósito ni finalidad. Simplemente estamos aquí, y así son las cosas. Yo no soy una conciencia ni “poseo” un cuerpo. No existe alguien que muere: solo está este momento, y luego este otro…” Sin duda, con eso no propicia el diálogo.
Parecería obvio pensar que quienes tendrían que estar más interesadas en avalar este tipo de experiencias “místicas” serían las religiones. Sorprenderá pues encontrar que uno de los trabajos más críticos y a la vez científicamente más sólidos de que han sido objeto estos temas sea una tesis de doctorado en teología publicada por Oxford. Su autor, Michael Marsh, es neurólogo y teólogo a la vez[22].Con rigor académico y amplio conocimiento científico, Marsh va más lejos que Blackmore y ofrece explicaciones neurológicas para todos los fenómenos extracorporales. Reconoce su existencia y no pone en duda la buena fe de los testigos ni la seriedad de los investigadores, pero como científico y teólogo rechaza de plano sus tesis metafísicas, distinguiendo estos fenómenos del auténtico misticismo. La atea Blackmore y el creyente Marsh coinciden en reducir todas las visiones del más allá a las alucinaciones de un sistema nervioso en situación crítica.
Como creyente, Marsh cree en la resurrección, pero no duda en afirmar que “la mente, el cerebro y su emergente personalidad no ofrecen ninguna innata garantía de resurgencia”. La resurrección es un hecho sobrenatural que depende de Dios: especular es legítimo, pero nadie está autorizado a decir con certeza qué ocurre después de la muerte.
Pero tras dar por sentado estos principios, Marsh cambia de actitud al adoptar la perspectiva ética. Lamenta que los investigadores se hayan puesto a filosofar sobre la relación mente-cuerpo y se empeñen en defender el dualismo. En cambio, aquello que ve como valioso y digno de estudio es la transformación de la personalidad que han sufrido quienes pasaron por una ECM. La mayoría deja de temer a la muerte, se preocupa más por el prójimo, se vuelve menos competitiva, más tolerante, humilde y objetiva. “Vale la pena morirse para entender qué es la vida”, como escribió irónicamente el poeta T.S. Eliot.
Preguntas
Aun admitiendo que mucho de lo que ven y sienten los sujetos de ECM pueda explicarse por el deterioro cerebral, aún quedan muchas dudas. El sujeto que contempla su propio cuerpo en el quirófano siente que su mente se disocia del cuerpo y puede vagar libremente. Puede que esto sea una fantasía propioceptiva análoga al “miembro fantasma”, pero existen casos en los que el paciente puede probar que, estando clínicamente muerto, vio lo que ocurría en otro lugar, escuchó diálogos que nunca pudo escuchar y da detalles precisos de todo eso.
Si damos por supuesto que el paciente no miente ni delira y que es posible corroborar lo que dice, habrá quien diga que sufría una anomalía sensorial que le permitía ver u oír aun estando en coma, o que había “construido” el recuerdo usando información obtenida después del trance. En ese caso, aún faltaría explicar cómo se produce esa anomalía.
La revista The Lancet, decana de las periodismo médico, publicó en 2010 un informe sobre los copiosos estudios realizados bajo la dirección de Pim van Lommel. Entre ellos estaba el caso de un hombre que había sufrido un infarto. Con las técnicas de resucitación había recuperado el ritmo cardíaco, pero había seguido en coma toda una semana. Cuando ya se había recobrado y estaba a punto de ser dado de alta, le pidió al cirujano que le devolviera la prótesis dental que le había quitado estando anestesiado: había visto como la guardaba en el cajón de un mueble que estaba en otra habitación. El hombre también recordaba los improperios de los médicos durante la operación y la angustia que había sentido cuando creyó que habían decidido dejarlo morir.
Michel Sabom relatael caso de otro paciente a quien, estando bajo la anestesia le había llamado la atención que el cirujano moviera los brazos “como imitando a un pájaro que aletea”. Días más tarde, le preguntó al médico qué era lo que había estado haciendo durante la operación y éste tuvo que explicarle que acababa de desinfectarse las manos y usaba los codos para señalarle a sus colaboradores qué tenían que hacer.
Cuando el Dr. Bruce Grayson estaba haciendo su primera experiencia hospitalaria presenció un episodio que despertó el interés por las ECM que lo acompañaría durante toda la vida. Le tocó asistir a una muchacha con sobredosis de drogas que había sido llevada al hospital por una amiga. Totalmente inconsciente, la joven decía haber presenciado la charla del médico con su amiga. en la sala de espera que estaba en el otro extremo de ese piso. No sólo recordaba las palabras que habían intercambiado sino hasta la mancha de salsa en la corbata que el médico se había hecho al almorzar.
Existen casos más llamativos aún, como el de un paciente que se había criado en un orfelinato y siendo adulto creyó reconocer en la calle a un hombre que había visto durante una ECM. Ésta resultó ser su padre biológico, a quien jamás había conocido.
Estas experiencias constituyen un género aparte, y se las conoce como AVP (Apparently Veridical Perceptions) [23]. De poderse probar que son ciertas, nos llevarían a pensar en otro tipo de comunicación.
Las visiones provocadas por las drogas alucinógenas como la LSD o la Ketamina difieren de un individuo a otro, pero no conocemos ninguna visión compartida por tantas personas, como la pauta de la ECM. Sea ésta un vistazo del otro mundo o un mero fenómeno neuroquímico, estamos lejos de entender cuál es su función.
Desde el punto de vista evolutivo, la pregunta obligatoria es ¿para qué sirve todo eso? Eso es, ¿cuál es la ventaja comparativa que le brinda al sujeto? ¿Lo ayuda a aceptar la muerte? Si sirve para cambiar de actitud ante la vida, ¿por qué la tienen los que están prácticamente muertos? ¿Acaso todos los moribundos la tienen pero sólo unos pocos regresan para contarlo?
Un detalle en que coincide la mayoría de los pacientes es que las imágenes son mucho más vívidas que las del sueño, y llegan a afirmar que en ese estado se sentían más lúcidos que en la vida diaria.
Quienes reducen todo al deterioro terminal del cerebro no logran explicar por qué, después de un proceso irreversible el individuo logra salir del coma. ¿Cómo se reestablecen los tejidos nerviosos y se recomponen las redes que los vinculan, después de sufrir una severa falta de oxígeno?
A comienzos del siglo XX era muy poco lo que se sabía del cerebro. Los psiquiatras reclasificaban una y otra vez las enfermedades mentales y los anatomistas les habían puesto nombre a todas las áreas del cerebro pero casi nada se sabía de su funcionamiento. El positivismo y el eugenismo eran implacables no sólo con la religión sino también con la creatividad y el genio, a los que veían como como patologías o, como entonces se decía, formas de “degeneración”.
Cuando William James dictó su célebre curso sobre las variedades de la experiencia religiosa no dejó de considerar todos los argumentos psiquiátricos. Pero en su reflexión final no renunció a la religión ni a la ciencia, y no dejó de recordarnos que la realidad puede ser más misteriosa que todas las teorías. “Si algo como la inspiración que procede de un reino superior existe —decía James— podría ser que el temperamento neurótico proporcionase la condición principal de la receptividad requerida”.[24] Más que causas de las visiones, los procesos nerviosos podían ser su efectos.
Luego, el microscopio óptico permitió descubrir las neuronas y explicar la actividad neuroquímica de sus sinapsis, pero recién con el microscopio electrónico y el electroencefalógrafo pudimos empezar a entender el funcionamiento del sistema.
Hoy el instrumento más usado sigue siendo el EEG., aunque disponemos de un amplio arsenal tecnológico (resonancia magnética, tomografía por emisión de positrones, microscopio de efecto túnel) pero seguimos sin encontrar dónde está la conciencia, si es que está localizada en alguna parte.
Es evidente que, aun siendo uno de los instrumentos más perfectos con que contamos, el EEG no tardará mucho en ser superado, que nos permitirá acceder a otros niveles de observación.
Sin que Newton dejara de ser válido para el mundo cotidiano, los cuánticos nos han mostrado qué hay debajo de él y los relativistas cómo son las cosas en el nivel cósmico.
Al no poder localizar la conciencia en un solo punto del encéfalo, tendremos que admitir que es una propiedad sistémica. De ser no-local, la conciencia excedería al cerebro, al que algunos proponen ver como una suerte de transceptor. Lo que sigue siendo un misterio es saber si esa conciencia podrá sobrevivir sin contar con el soporte físico del cerebro o bien pasará a tener otra clase de vida.
Sin haber aún integrado los avances de la física del último siglo, muchos biólogos siguen aferrados al paradigma newtoniano, y tienen por axioma que la conciencia y la libertad no son más que el producto de los procesos físico-químicos del cerebro. De ser así, sus propias tesis, lejos de ser ciertas, no serían otra cosa que epifenómenos cerebrales, con tan poco sentido como los sentimientos y las emociones. Nada impide que, sin violar su autonomía, los niveles físico, químico, biológico y psicológico puedan integrarse en otra dimensión.
Es evidente que, aun siendo uno de los instrumentos más perfectos con que contamos, el EEG no tardará mucho en ser superado, que nos permitirá acceder a otros niveles de observación.
Sin que Newton dejara de ser válido para el mundo cotidiano, los cuánticos nos han mostrado qué hay debajo de él y los relativistas cómo son las cosas en el nivel cósmico.
Al no poder localizar la conciencia en un solo punto del encéfalo, tendremos que admitir que es una propiedad sistémica. De ser no-local, la conciencia excedería al cerebro, al que algunos proponen ver como una suerte de transceptor. Lo que sigue siendo un misterio es saber si esa conciencia podrá sobrevivir sin contar con el soporte físico del cerebro o bien pasará a tener otra clase de vida.
Todos conocen la curiosa parábola Planilandia[25] que escribió el matemático y teólogo Edwin Abbot. Planilandia es un mundo plano. Su paisaje sólo tiene dos dimensiones y sus habitantes son cuadrados, polígonos o círculos. El protagonista es un cuadrado que está tratando de imaginar cómo sería un mundo unidimensional pero se topa con algo que es para él tan inimaginable como una esfera. La esfera le explica que en cierto sentido ella también es un círculo, o mejor dicho muchos círculos en uno, que sólo se distinguen por su diámetro. El cuadrado acaba preso por seguir las enseñanzas de la esfera acerca de la tercera dimensión, pero la propia esfera se empeña en negar que exista una cuarta.
Mucho más antiguo es el apólogo budista de los ciegos que se encuentren con un elefante y lo describen como una columna, un tubo, una serpiente o una espada según hayan tocado las patas, la trompa, la cola o los colmillos. Todo lo que vieron es cierto, y sus descripciones se ajustan a la realidad, pero el elefante es todo eso y aún más.
[1] Su experiencia la relató ella misma en dos documentales: Surviving Death (Ricky Stern, 2021) y After Death (Stephen Grey, 2023).
[2] Michel Sabom. Light and Death. One Doctor’s Fascinating Account of Near-Death Experiences. Grand Rapids (Mi), Zondervan 1998.
[3]Alexander, Ebon, M.D. Proof of Heaven. A Neurosurgeon’s Journey into the Afterlife. New York, Simon & Schuster 2012.
[4] The day I died (Broome, 2002) documental de la BBC
[5] Arthur Koestler. Autobiografía.vol.5. La escritura invisible 1936-1940 cap. 5. Trad.: Alberto Luis Bixio. Buenos Aires, Alianza-Emecé, 1974
[6] A.J. Ayer, “The Undiscovered Country/What I Saw When I Was Dead”, en The Sunday Telegraph del 28 de agosto 1989.
[7] C.G.Jung. Recuerdos, sueños, pensamientos. Trad.María Rosa Borrás. Buenos Aires, Paidós 2019
[8] En inglés. NDE: Near-Death Experiences
[9] En inglés. OBE: Out of Body Esperiences
[10] En el documental Unknown: Cave of Bones (Mannucci, 2023) se muestra que las prácticas funerarias ya aparecen unos 150.000 años antes que en el Neanderthal, hasta ahora considerado su precursor.
[11] Raymond A. Moody, Life after Life, con prólogo de Elisabeth Kubler-Ross. Cap. 6. New York, Bantam Books, 1975
[12] Cfr.The Handbook of Near-Death Experiencies. Thirty Years of Investigation de Janice Miner Holden, Bruce Grayson y Debbie James, con prólogo de Kenneth Ring. Santa Barbara (California) Praeger Publishers, 2009.
[13] Pin van Lommel. M.D. Consciousness beyond Life. The Science of Near-death experiences. New York, Harper-Collins 2010
[14] Ornella Corazza. Near -Death Experiences. Exploring the Mind-Body connection. London, Routledge 2008
[15] Bruce Greyson. Después de la muerte. Trad.;María Serrano Giménez. Buenos Aires, Vergara 2021.
[16] Jenófanes de Colofón, Fragmento 172. En Kirk, G.S. y Raven, J.E. Los filósofos presocráticos. Madrid, Gredos 1969.
[17] El mejor ensayo sobre el misticismo sigue siendo el de Evelyn Underhill: Mysticism. A Study on the Nature and Development of Spiritual Consciousness. New York, Dover Publications 1930
[18] En latín, memorandum significa “algo que debe ser recordado.”
[19] Olof Blanke, “Stimulating illusory own-body perceptions” Nature vol 419/19, September 2002
[20] Siguiendo a Heráclito, podemos llamar enantiodromía a este tipo reacciones: los politólogos las conocen como “polarización”.
[21] Susan Blackmore. Dying to Live. Near-death Experiences, Amhert (NY) Prometheus Books 1993
[22] Michael N. Marsh. Out of Body and Near-Death experiences. Brain State Phenomena or glimpses of Immortality? Londres, Oxford University Press, 2018.
[23] Janice Miner Holden, “Veridical Perceptions in Near-Death Experiencies” en The Handbook of NDE, cit.
[24] Cfr William James. The Varieties of religious experience, A Study on Human Nature. Lecture I Religion and Neurology, pág. 26. New York, The Modern Library 1929
[25] Flatland. A romance of Many Dimensions, by A Square, 1884.
