«Las buenas personas hacen buenos rinocerontes.
Como tienen buena fe, se las puede engañar.«
Eugene Ionesco. Rinoceronte, Acto III.
Desde los días de aquel tumulto que depuso al Castor, los pillajes y saqueos organizados habían reemplazado a los cuartelazos. Pero ante la magnitud de la reacción en cadena que se inició apenas comenzó a disiparse el espejismo de la Miami prometida, aquellas puebladas apenas parecían simples escaramuzas.
Haciendo gala de su astucia, el Compadrejo había logrado eludir su destino, abandonando sigilosamente el escenario antes de que los acontecimientos se precipitaran. Cuando aún había mucha gente que creía en la ficción verde, él presintió que muy pronto habría que enfrentar a la cruda verdad. Pero como no en vano le habían apodado Matador supo ejecutar una impecable verónica y eludió el peligro. Tras amagar alguna resistencia electoral, le entregó el poder a un Ilustrado que ingenuamente acababa de postularse. Para que la estratagema no despertara sospechas, le ofreció al incauto los servicios de su propio Visir, ese que había armado la bomba, con la condición de que no dejara que la mecha se apagara. Gracias a esa magistral maniobra logró salir tan indemne como impune, quizás porque la comarca ya se había acostumbrado a valorar a la astucia por encima de la honestidad.
Llegó el día en que todo voló por los aires y la gente enardecida se volcó a las calles. El resplandor de las fogatas y el fragor de las cacerolas pusieron a las ciudades al borde del caos. Pero ni siquiera entonces, cuando los indignados exigían que se fuesen todos, dejó de haber audaces que se ofrecían para gobernar. Más allá de las difíciles circunstancias, sabían que la tierra austral seguía siendo rica. Nadie pensó en irse y todos aguardaron a que se calmaran los ánimos antes de volver a las andadas.
Después de varios fracasos y algún acierto de los fugaces suplentes que en esos días desfilaron por las cuevas del Poder, las cosas comenzaron a componerse, y al cabo de un tiempo la comarca volvió a elegir gobierno. Esta vez los ecos de la reciente crisis lograron morigerar al tradicional unanimismo criollo, de modo que el ganador, un Telúrico de origen neoliberador, se vio obligado a hacer algunos méritos para ganarse el respeto.
Resulta paradójico que lograra encontrar la clave de su éxito precisamente en esa tierra fértil de la cual siempre había renegado y seguiría renegando hasta el fin de sus días. Lo que estaba ocurriendo era que mientras las desventuras castigaban a la ciudad, en la campiña las cosas estaban mejorando. Casi sin que nos diéramos cuenta, un espeso manto verde empezaba a cubrir los campos australes. Pero esta vez no se trataba de otra glauca burbuja financiera sino de una leguminosa muy apetecida en tierras orientales, que al parecer se llevaba muy bien con el clima de la comarca.
Para hacerse una idea de la terquedad de esa tenaz habichuela bastará recordar que los vapores pestilenciales que se usaban para arrasar los campos no hacían más que fortalecerla. De tal modo, el avance incontenible de la ola verde se llevó por delante a la vaca y al trigo, venerables pilares de la riqueza nacional, invadió hasta el último rincón de tierra fértil, y pronto volvió a llenar de oro las escuálidas arcas del fisco.
No hubo que esperar mucho para que la prodigalidad del verde frijol aliviara los rigores de la peor de las hambrunas. Atrás iba quedando la miseria, y no faltaba tanto para que volviéramos a soñar con las delicias de una nueva Miami.
El derrame de la cornucopia agrícola hizo que pronto estuviésemos en condiciones de volver a trocar nuestros granos por ingeniosas baratijas orientales. Con la llegada del nuevo siglo, la tecnología había dado grandes pasos y habían aparecido nuevos artilugios que permitían sacarse graciosas fotos, compartirlas con los veteranos del jardín de infantes, y hasta mostrarle a todo el mundo el postre que nos disponíamos a comer.
Olvidadas ya sus pesadumbres, el pueblo austral se resistió a creer que la nueva bonanza se debiera tan sólo a las lluvias y al glifosato. Prefirió atribuírsela al talento de ese audaz millonario que acababa de elegir para la presidencia.
Venido de los remotos glaciares del Sur profundo, el nuevo protagonista aceptaba ser llamado El Pingüino; no parecía importarle que hasta entonces ese nombre había sido el que identificaba al archienemigo de Batman.
Una leyenda urbana de origen y verosimilitud dudosos decía que a pesar de su discurso levógiro, este Pingüino no era otro que el Compadrejo. Se rumoreaba que el padre de la burbuja había dejado un clon que lo reemplazaba en los lugares que solía frecuentar, mientras se sometía en secreto a una compleja metamorfosis. Gracias a una avanzada tecnología había logrado cambiar su figura de pequeño rapaz por la de una de esas aves de pico encorvado de cuyos hábitos diera cuenta el gaucho Fierro.
Había quienes recordaban que durante la era glacial el Pingüino no se había hecho notar por su rebeldía. Por el contrario, muchos recordaban haberlo visto en compañía de zorros y otros predadores, tesoneramente dedicado a amasar una fortuna. Pero en cuanto consiguió enfundar la cabeza en un pañuelo blanco el Pingüino comenzó a presentarse como el héroe de la resistencia, y se sintió autorizado a proferir airados graznidos contra casi todo el mundo. Cada vez que hablaba, era para denunciar las maniobras de una siniestra sinarquía que día y noche conspiraba para hacer infeliz al pueblo austral. En esos casos solía hacer tronar un escarmiento que no por ser retórico era menos aplaudido. Su belicoso temperamento hizo que algunos dieran en llamarlo Pingüino de Riña.
Para desmentir de una buena vez más la fama de “pájaro bobo” que solían endilgarle a su especie, el Pingüino de Riña demostró ser más astuto que el Compadrejo, de ser eso posible. Como buena ave corredora no volaba, pero sabía bucear y podía ver bajo las olas. Gracias a esas cualidades lograba dividir a sus enemigos antes de que pensaran en unirse. Fue un maestro a la hora de comprar voluntades y votos, que gracias a la prolongada miseria se conseguían a precio vil.
En su juventud había sido un estudiante grupósofo, de modo que le costaba muy poco remedar el discurso de los Fanonáticos de aquéllos tiempos. Capitalizando estas experiencias logró halagar la nostalgia de sus coetáneos y seducir a los neófitos con una ficción basada en hechos que ellos no habían presenciado. La nostalgia de los viejos y la apatía de los jóvenes le permitieron crear una historia que en su versión hard se llamaba El Modelo y en la soft era conocida como El Relato o El Proyecto. Muy pocos detalles más se llegaron a conocer, pero parecía ser algo muy serio porque nadie dejaba jamás de invocar esos nombres.
Como en sus mocedades el Pingüino también había sido lector de historietas, aceptó de buen grado que lo identificaran con el Eternauta, un mítico personaje del folklore austral, que para entonces ya había sido canonizado como Héroe Colectivo. En el libreto que escribieron para él sus guionistas, el Pingüino figuraba ser un nuevo Juan Salvo que luchaba denodadamente contra los monstruosos gurbos de la prensa, a su vez manipulados por los cínicos manos de las corporaciones. Todos, en fin, estaban al servicio de Ellos, es decir de las fuerzas del Mal imperial. Sólo el Pingüino y Ella, su fiel compañera, podían defendernos de todos esos engendros del averno.
En realidad, con sólo observar a sus adversarios, cualquiera se hubiera dado cuenta de que éstos no eran tan malos como él los pintaba, y tampoco alcanzaban a despertar un temor que estuviese a la altura de las agorerías del Pingüino. Pero el hecho era que los adversarios se esmeraban en hacerlo todo mal, cuando no perdían el tiempo respondiendo a sus provocaciones o cayendo torpemente en sus trampas. De este modo, su meteórica trayectoria vino a confirmar una vez más ese viejo adagio popular que dice “en el país de los tuertos, el bizco es rey”.
En cuanto los voceros del Pingüino acabaron de colonizar las áreas del espacio mediático, consiguieron convencer a su clientela de que era mucho más heroico mandar a descolgar un retrato que meter preso a quien había sido su modelo. De tal modo, con sólo enjaular a unos cuantos lobos desdentados, el Pingüino consiguió hacerse fama de justiciero. Tampoco le costó demasiado consagrarse como benefactor, tan solo por haber conseguido que los pobres dejaran de pasar hambre.
Sin embargo, a pesar de sus denuestos el Pingïno de Riña nunca se metió con las comadrejas y las urracas ladronas y llegó s cobijarlas bajo su ala. Ni siquiera con el Compadrejo, que acabó siendo uno de sus mejores socios. El Relato podía llegar a justificar todos los latrocinios del Compadrejo atribuyéndolos al clima reinante en Los Noventa y en especial a la corriente del Niño. Con esa actitud, el nuevo régimen se abocó a la tarea de reciclar a los sobrantes del anterior, convenientemente reprogramados y sometidos a un eficaz maquillaje.
Gracias al Pingüino, el Estado volvió a comprar algo de lo que había vendido el Compadrejo, cuidando siempre que fuese a parar a las manos de sus amigos. Pero jamás detuvo la subasta de los recursos, incluyendo esas tierras, aguas y riquezas del subsuelo que ni siquiera el Compadrejo se había atrevido a tocar.
Entre las más importantes reformas que afectaron al mundo intelectual en esta etapa debemos destacar la crianza intensiva de nuevas variedades de factífagos y la domesticación de buena parte de los quirópteros, que gracias a eso dejaron de ser fastidiosos para convertirse en mascotas del Poder.
La domesticación del intelectual
En rigor de verdad, tenemos que decir que las cepas más puras del viejo quiropteraje habían sobrevivido a todas las catástrofes sin haber tenido nunca que traicionar su estilo.
Todos conocíamos los esfuerzos que tenía que hacer el viejo intelectual comprometido para disimular su innata altanería. A nadie le sorprendía que ese sujeto que clamaba contra las injusticias del sistema se indignara otro tanto si otro orador le robaba algunos minutos. Era habitual que aquel otro que acababa de sofocar un sollozo para dar muestra de sensibilidad social, fuera durísimo con la gente que tenía la desgracia de servirle. Alguna vez a este cronista le tocó esperar a que el célebre jurista que había prometido disertar sobre nuestros derechos se acordara de respetarlos, en lugar de aparecer con dos horas de atraso para la conferencia que nos habían prometido.
El Fin de las Ideologías fue una verdadera liberación para todo este sector, porque el quiróptero dejó atrás la ambigüedad y se sintió eximido de escrúpulos. Todos decían que el último siglo había sido en vano y que la Historia volvía al punto de partida, como en el juego de la Oca. Allí donde acababan de enterrar a Marx ya estaban levantando la estatua de Nietzsche, y no había que seguir guardando las apariencias. Los nuevos quirópteros tenían la certeza de estar más allá del bien y del mal, porque eran nietos del Übermensch. Ya no tenían que esconder la repugnancia que sentían por sus oyentes y lectores, y cuando accedían a hablar o escribir no ocultaban ese desprecio.
La especie quiróptera siempre había sido exhibicionista, pero las nuevas camadas sobreactuaban. Cuando uno de ellos era invitado a presentar una novela, no perdía la ocasión de burlarse de los ensayistas. Pero si era él quien escribía ensayos, no dejaba de deconstruir sin piedad a los novelistas.
Los quiro-mutantes no sólo despreciaban a esos torpes incapaces de reconocer su genio. Llegaban a renegar de sus propios lectores y hasta de los inocentes que hacían fila para que les estampara su autógrafo en el dorso de una factura, un menú o un libro de otro autor. El día que tenían que recibir algún premio solían llegar tarde, se burlaban de los premios y sus auspiciantes, pero luego siempre mandaban alguien a cobrar.
Al nuevo quiróptero las noticias del día le servían para corroborar sus firmes prejuicios y fustigar los prejuicios ajenos. Más aún, necesitaba imperiosamente de las novedades para indignarse, pero su sensibilidad por el mercadeo hacía que cuidara la corrección política, sin tener que renunciar a su tono desafiante.
El día en que Buenos Aires celebraba el Bicentenario este taxonomista, que como todos iba apretujado en el subterráneo rumbo a los festejos, tuvo ocasión de observar el curioso comportamiento de un joven y prometedor espécimen de esta especie. A pesar de que se exponía a ser aplastado, el precoz quiróptero se había puesto en puntas de pie para que todos pudieran ver que estaba leyendo a Camus. Trataba de decirnos que todo ese alboroto lo tenía sin cuidado, pero lamentablemente a nadie parecía importarle.
El Ludósofo
Si bien aún es posible encontrarse con algún quiróptero pur-sang, todo lo que digamos de él será un tanto arqueológico. Cada vez se ven más ejemplares que se someten a los editores, que los crían y alimentan con premios para poder exhibirlos en sus ferias y liquidaciones de temporada. En tiempos recientes los han obligado a competir con las figuras mediáticas y con las biografías no autorizadas, aunque en este caso llevan las de perder.
Antes de adentrarnos en el proceso de domesticación del quiropteraje, es preciso que mencionemos al Ludósofo, que quizás haya sido la última de sus variedades silvestres, si no la más pura.
Como su nombre lo indica, el Ludósofo combina la especulación con el juego y revive la gran tradición de los filósofos de salón. Es una especie bastante rara y sólo prospera en ambientes de acceso restringido.
El Ludósofo creció en las guarderías académicas, donde se hizo notar no sólo por salir airoso de todos los multiple choices, sino por su notable desempeño en las lides gruposóficas.
Tan rebelde como indolente, el Ludósofo huyó del laberinto curricular por miedo a quedar enterrado en alguna bibliografía y tener que renunciar a esa imagen espectacular que los grandes maestros le habían enseñado a cultivar.
Decidido a movilizar todas sus destrezas de causeur analítico, al Ludósofo se le ocurrió incursionar en el vasto territorio de los gurúes, psicoanalistas mediáticos y electro-pastores. En esas lides solía serle de gran ayuda poseer un apellido impronunciable, lo cual le daba cierto carácter entre exótico y misterioso.
El Ludósofo fue uno de los primeros en comprender que esta era la era de la corporalidad, la sexología, el masaje y la gimnasia modeladora. Recordando que, después de todo, el Simposio de Platón había sido un banquete, se le ocurrió conjugar la diatriba filosófica con la gastronomía. Pero esta fecunda idea, que en su momento inspiró a tantos cafés filosóficos, no tardó en degenerar y no faltaron los ineptos que añadieron a la pizza o las picadas de salame y queso al menú de los grandes enigmas metafísicos.
* * *
Los Ludósofos pueden ser considerados una excepción, si pensamos que la mayoría de los quirópteros potenciales tiene un destino mucho más definido. En cuanto acaba su destete son entregados a la industria académica, que los somete a normas similares a las que rigen las granjas de pollos. En ese marco, los quiro-pichones son sometidos a una implacable estimulación y se ven forzados a producir la cuota de papeles que se requiere de él.
El orgulloso intelectual de antaño, que se pavoneaba exhibiendo su bella individualidad, apenas encuentra cabida hoy en un sistema que rotula a todos con el código de barras de su adscripción y grado académico. El sistema factifágico mundial es muy efectivo para excluir a quienes no se ajustan a sus reglamentos. A estos indocumentados sólo se los tolera si admiten reconocerse como “artistas”, lo cual permite sacárselos de encima y transferírselos a la industria del entretenimiento.
De este modo, quienes logran sobrevivir a esta programación pasan a engrosar la masa de los trabajadores corticales y se ponen a producir contenidos que serán evaluados con parámetros objetivos, tales como ser el peso y el volumen. El crecimiento exponencial de esta producción y el de sus majestuosas bibliografías, torna imposible cualquier evaluación cualitativa. Se dice que en las comarcas más avanzadas se usa un software que evalúa las tesis escritas por otros softwares, lo cual permite a los usuarios disfrutar de más tiempo libre.
En este contexto en creció el quiróptero doméstico. Su aparición fue festejada como innovadora, pero no llegó a sorprender a los historiadores, que habían visto cosas parecidas en las Cortes de antaño.
El compromiso político que antaño había sido el orgullo de todos los quirópteros, desde el vate de las letras hasta el último escribiente barrial, evolucionó hasta normalizarse como la conducta orgánica de una disciplinada minoría.
Una vez superados los controles de calidad académica y contando al menos con una diplomatura, muchos quirópteros activos optaron por incorporarse a alguna bandada que está al servicio de una facción política. Esto obligó a que sus adversarios también se alinearan y formaran su propia bandada, abandonando la poesía, el erotismo o la lingüística para reciclarse como maestros de instrucción cívica. El resultado fue un coro de monólogos donde todos se acusaban mutuamente, si bien lo hacían con improperios inéditos.
A la sombra de Él y de Ella crecieron nuevas especies híbridas de seudo-intelectuales cuya misión era halagar a sus mecenas con vítores, aplausos y pogo. El adoctrinamiento de esas masas que con impecable logística solían llenar las plazas de entonces corría por cuenta de estos barrabravas del intelecto, expertos luchadores del frente semántico.
Entre estos cuasi-intelectuales se destacan dos especies tan complementarias que no pocas veces terminaban por hacerse simbióticas. Se trata del progrestruz, que es más bien pasivo, pero se activa cuando se somete al mediateca.
El progrestruz
Este progresista sentimental tiene un aspecto tan curioso que tanto sería posible llamarlo “ave blindada” como “rinoceronte ligero”.
Cuando se encuentra en situaciones conflictivas, el progrestruz ((Struthio rhinoceros) oculta la cabeza bajo la arena. Con ese comportamiento consigue ignorar el peligro, aunque tenga que verse obligado a exponer la retaguardia a las inclemencias del tiempo.
Tantos colapsos e incertidumbres han dejado estupefacto al progrestruz. Por eso ha decidido guiarse por postulados básicos como “es lo que hay” o el apotegma “no hay otra”. Para eludir la polémica, apela a muletillas como “y bueno…si te hace bien…” o “yo escucho música todo el día.” De hecho, sólo está dispuesto a soportar aquello que preserve o mejore esa calidad de vida que es lo que más valora. Como el famoso Doctor Pangloss, el progrestruz no se conforma con aceptar el mundo que le ha tocado; necesita convencerse de que es el mejor de todos los mundos posibles. Para huir del maximalismo con el cual tantas veces lo engañaron, se ha montado un efectivo blindaje minimalista. Harto de recibir malas noticias a la hora de comer, se atiene a una dieta de dibujos animados, noticiero oficial, circo y pole dance. Finge creer en las ficciones que crean para él los productores de contenidos, pero no deja de renegar por las crudas realidades de la vida, puesto que ahora es posible echarle la culpa a los Medios.

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