
Es posible que el concepto de valor haya nacido de la mano de la economía, porque es algo que está implícito en cualquier transacción. Siempre damos por supuesto que los bienes que ofrecemos o deseamos tener tienen algún tipo de valor reconocido tanto por quien compra como por quien vende. En algún momento, el concepto se habrá extendido hasta invadir ese campo que los filósofos llaman axiología: los juicios estéticos, éticos o políticos. Pero los propios economistas, que pueden hablarnos durante horas de los distintos criterios de valor, en cuanto se preguntan por qué algo es valioso, acaban topándose con la filosofía.
¿Existe algo que sea siempre valioso, más allá de las circunstancias? ¿O bien el valor de los bienes es algo que depende de nuestras necesidades circunstanciales?
La mejor manera de plantear el problema sigue siendo la paradoja de Adam Smith: ¿por qué el agua, que es algo esencial para la vida, no vale nada, mientras que el diamante, que a nadie le hace falta, es tan caro?
La respuesta tradicional es que el agua es abundante y fácil de obtener, por lo menos en nuestro planeta, mientras que el diamante es un bien escaso y raro. Las cosas no son tan simples si pensamos en el agua potabilizada o en los diamantes de uso industrial. Ambos poseen cierto valor agregado: esto es, el valor del trabajo que cuesta procesarlos. Esto incluye el trabajo de tallar el diamante y la potabilización del agua, pero en el caso del diamante lo que más cuenta es el valor simbólico que éste tiene en nuestra cultura. Los metales preciosos como el oro, la plata o el platino, valen más que el hierro porque son escasos y gozan de un valor simbólico convencional.
La escasez es una fuente de valor económico. Alguien que se muere de sed en el desierto cambiaría un diamante por un vaso de agua turbia, porque a ésta la necesita imperiosamente. Pero es sabido que tenemos necesidades (como la de reconocimiento o de autoestima) que aun siendo de índole cultural para algunos resultan tan apremiantes como la sed.
¿Qué ocurre cuando se conjugan el valor simbólico con la escasez, cuando algo que sólo nos atrae estéticamente llega a poseer un alto valor económico? Eso nos lleva a la historia de los famosos tulipanes holandeses.
La tulipomanía
Si hubo un momento en que la especulación mostró su cara más loca, este fue el efímero auge de los tulipanes en la próspera Holanda del siglo XVII. En esos días, un bulbo de Semper augustus llegó a valer el doble de lo que cobraba Rembrandt por pintar La ronda nocturna: es decir, tanto como 5 hectáreas de tierra, 24 toneladas de trigo o 15 años de trabajo de un artesano. En sólo seis meses el precio de los tulipanes llegó a las nubes y súbitamente cayó, dejando un tendal de quiebras, pleitos y endeudamientos.
En esos días Descartes y Spinoza vivían en Holanda, y también hubo una epidemia de peste bubónica. Pero de lo que más se habló durante el resto del siglo fue de los tulipanes.
Una vez pasada esa locura colectiva los holandeses se sintieron muy tontos. Proliferaron los volantes y las canciones burlescas en torno al apogeo de los tulipanes, al punto que las autoridades decidieron prohibirlas. El autor de una canción muy popular en esos días se preguntaba: “¿Cómo fue que me metí en este lío?”
Sin embargo, a pesar de que nos hemos acostumbrado a ver la tulipomanía como una suerte de epidemia de estupidez, el panorama que reconstruyeron los historiadores es bastante más complejo.[1] Si resulta inquietante es porque nos lleva a pensar en locuras más recientes. Han pasado cuatro siglos, y hoy existen grandes corporaciones que compran cuadros célebres para guardarlos en una bóveda, lejos de la vista del público, porque los consideran bienes a prueba de inflación. También existe todo un mercado de valores a futuro, que apuesta fortunas a los precios imaginarios que se supone que el mercado llegará a manejar algún día.
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Todo empezó cuando el botánico Clusius trajo de Turquía los primeros bulbos de tulipán, una flor que calificó de “rara y extraña.” Los jardineros holandeses no tardaron en descubrir que el arenoso suelo del país era especialmente apto para su cultivo, y de hecho todavía lo sigue siendo. Eso no fue todo: al infectarse con un virus local, las plantas mutaron y comenzaron a dar flores de variados colores, sutilmente veteadas o bien esfumadas.
La belleza del tulipán era efímera, pero el bulbo podía extraerse de la tierra para guardarlo en un lugar seguro. Más aún, era preciso hacerlo si uno quería volver a plantarlo en el momento oportuno. El negocio no estaba en las flores sino en el ADN, diríamos ahora. Las condiciones biológicas (la multiplicidad de especies y la propagación por bulbos) se conjugaron con una peculiar coyuntura económica. En esos días, los burgueses de Holanda estaban amasando fortunas con la explotación de sus colonias de las Indias Orientales. Como suele ocurrirles a los nuevos ricos, entraron en una competencia demencial por el lujo y el prestigio. No conformes con tener una copiosa servidumbre, mansiones, carruajes, joyas y lujosos atuendos, inventaron nuevas formas de ostentación. Eso los hizo invertir fortunas en sus jardines y generó el boom de los tulipanes. No en vano todo esto coincidió con un auge de las apu estas y los juegos de azar.
En esa época, la jardinería era considerada una forma de arte tan noble como la pintura y la escultura, porque se pensaba que el arte le añadía valor a la naturaleza. Los ricos no sólo coleccionaban artificialia (objetos de diseño) sino también naturalia: caracoles, cocos o nueces finamente decorados por orfebres. Las flores eran el tema que más frecuentaban los pintores y los escultores hacían frutos de imitación para decorar las mesas.
En torno a los valores que encarnaba el tulipán (la belleza y la escasez) no tardó en armarse un gran negocio. No sólo era cuestión de mostrar que uno era tan rico como para comprarse tulipanes caros: podía hacerse más rico si los revendía, porque el precio no paraba de subir.
El fenómeno tuvo un alcance casi exclusivamente urbano y se concentró en dos o tres barrios de Amsterdam y Haarlem. Lo más curioso es que las mayores inversiones corrieron por cuenta de los ricos comerciantes menonitas, a despecho de la fama de austeridad de que goza su religión.
En cualquier taberna se montaba una suerte de Bolsa. Algunos se endeudaban o hipotecaban sus propiedades para tener el bulbo más caro y ser por unos días la envidia de todos: la economía ya se había despegado de la realidad. Los bulbos ni siquiera se exhibían: se elegían por catálogo y se vendían por notas de crédito y títulos de propiedad, a valores astronómicos.
La fiebre tulipánica se disparó el tres de febrero de 1637: ese día los bulbos pasaron a costar doce veces más de lo que valían pocos días antes. A los dos meses, un lote de cien bulbos se llegó a vender en 99.000 florines. Pero repentinamente, al día siguiente ya nadie quería comprarlos. Todo el mundo salió a deshacerse de los bulbos, tratando de recuperar su dinero, pero quien quiso vender el primero de mayo se encontró con los precios del año anterior. Mucho se habló de ese marinero que fue a parar a la cárcel por haberse comido un bulbo que confundió con una cebolla. Dos meses después el bulbo valía lo mismo que la cebolla, pero el marinero tuvo que cumplir una condena.
La burbuja del Mississippi
No habían pasado ochenta años, y los holandeses todavía no habían acabado de lamentarse, cuando los franceses y los ingleses sucumbieron a dos espectaculares burbujas, ambas montadas sobre las fantasías de riqueza que prometía la explotación colonial.
La llamada Burbuja del Mississippi sedujo a Francia entre 1718 y 1720 y se hizo sentir en toda Europa.
El responsable fue el financista escocés John Law, quien llegó a amasar una enorme fortuna, sedujo a los inversores, arruinó a los ahorristas y acabó tal como había empezado: Law fue el primero que recibió el nombre de millonario y es considerado el inventor del papel moneda: por lo menos del europeo, porque los chinos lo venían usando desde hacía siglos.
Con fama de playboy, mujeriego, jugador y duelista, llegó a Francia en 1714, y pronto se hizo amigo del Duque de Orleáns, quien se convirtió en Regente al morir su tío Luis XIV. En la Corte reinaba la corrupción y el Estado estaba al borde de la bancarrota cuando Law se ofreció para salvarlo. Tras mandar a reacuñar las monedas de oro y de plata, quitándoles de paso un quinto de su peso, Law propuso que la Corona adoptara el papel moneda en lugar del metálico, con lo cual se quedó con otra buena porción de su valor, provocando inflación y otras calamidades. Después de eso, era preciso devolverle algo de respaldo a la moneda y recuperar la confianza.
Años más tarde, cuando Goethe escribió el segundo Fausto muy posiblemente pensara en Law, en ese pasaje donde el diablo Mefistófeles le aconseja al Emperador emitir billetes con el respaldo de las riquezas que esconde el subsuelo.
Los recursos mineros del subsuelo francés no eran demasiado importantes. No así las de su colonia de Luisiana, que cuando antes de ser comprada por Jefferson abarcaba varios de los actuales Estados Unidos. La mayoría de los franceses no sabían dónde quedaba Luisiana, pero se decía que era muy rica en oro, plata y piedras preciosas. De hecho, no había nada de eso, y el principal producto de Nueva Orleáns sería el jazz pero todavía nadie había pensado en crearlo.
Para explotar la imaginaria minería de Luisiana, Law fundó la Mississippi Company (luego Compañía de Indias) que no sólo explotaría las colonias americanas sino planeaba hacer negocios en Asia y África. Law prometió enviar a América 6000 colonos con 3000 esclavos y salió a vender las acciones de la Compañía. La demanda fue tan grande que una de las principales plazas de París y sus calles adyacentes se convirtieron en un mercado financiero a cielo abierto.
La burbuja creció, se estancó y acabó por arruinar a muchos. En la última etapa, Law llegó a pagarles a unos cuantos pobres de París para que desfilaran munidos de las palas y picos con las que se disponían a explotar las inexistes minas del Mississippi. Pero nadie se movió de Francia.
Law, que según los historiadores más benévolos había sido el primero en creer su propio sueño, tuvo que irse de Francia, y acabó sus días en Venecia. No pensaba fugarse, y había invertido sus ganancias en propiedades inmobiliarias, que le fueron expropiadas por el Estado.[2]
La quimera del Sur
Noventa años después de los tulipanes, estalló en Inglaterra una burbuja especulativa aún más grande. Esta vez, el bien que atraía todas las miradas era menos frívolo que el tulipán, pero mucho más siniestro. Se trataba de las acciones de una exitosa y respetable empresa comercial, la South Sea Company, cuya principal actividad era el tráfico de esclavos. Los mares del Sur a los que aludía su nombre no eran los del Pacífico sino los del Atlántico: la América Latina de hoy.
En las colonias hispanas de América los nativos habían quedado diezmados por las plagas de origen europeo, y se pensaba cubrir con esclavos los requerimientos de mano de obra. España firmó un convenio para que Inglaterra se los suministrara. Los esclavos africanos, a veces vendidos por sus propios caciques a los mercaderes árabes, eran comprados por portugueses e ingleses y llegaban en condiciones inhumanas a mercados como el de Montevideo, que abastecía al Virreinato del Río de la Plata.
La South Sea Company, creada pocos años antes, fue la empresa a la cual el gobierno británico entregó un mercado que abarcaba desde el Orinoco hasta Tierra del Fuego. A los tres meses comenzaron a correr rumores de los brillantes negocios que estaba haciendo y el valor de sus acciones se multiplicó por siete. Cuando ya costaban diez veces más que su valor nominal y la fiebre especulativa seguía creciendo, el Parlamento benefició a la Compañía con un generoso crédito. Muchos pequeños ahorristas se endeudaron con los créditos que la propia empresa les ofrecía para comprar sus acciones.
La South Sea cayó en bancarrota en 1720 y sus directivos acabaron presos por estafa. Muchos accionistas fueron a la quiebra y casi ninguno dejó de sufrir pérdidas. Como para probar que ni los genios están a salvo, diremos que una de las víctimas del crack fue Sir Isaac Newton. El padre de la física clásica no era un ahorrista ingenuo: había sido diputado, director de la Casa de Moneda y cuidaba sus finanzas como el mejor. Newton compró acciones de la Compañía, arrancó ganando siete mil libras, pero acabó perdiendo quince mil.
Se dice que el comentario de Newton fue “Soy capaz de predecir el movimiento de los cuerpos celestes, pero no la locura de la gente.” No es muy probable que haya dicho eso, porque Newton no se destacaba por su sentido del humor y tampoco acostumbraba hacer ese tipo de comentarios, pero la frase resumía bastante bien las cosas.
Después de una de las crisis financieras de los años noventa John Reed, el CEO de Citicorp, le hizo una generosa contribución al Santa Fe Institute para que estudiara científicamente las burbujas. Esa iniciativa permitió crear todo un nuevo campo teórico: el de la lógica no lineal y la teoría del caos, que cambió nuestra manera de pensar.
Newton acababa de toparse con una burbuja del mercado, un fenómeno que puede ser tan impredecible como el juego de azar, difícil de explicar y mucho más de controlar. Después de una de las crisis financieras de los años noventa John Reed, el CEO de Citicorp, le hizo una generosa contribución al Santa Fe Institute para que estudiara científicamente las burbujas. Esa iniciativa permitió crear todo un nuevo campo teórico: el de la lógica no lineal y la teoría del caos, que cambió nuestra manera de pensar.
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La formación de una burbuja económica y sus desastrosas consecuencias recuerdan al comportamiento de un tornado. Es sabido que un tornado se forma cuando una corriente de aire frío y seco choca contra otra cálida y húmeda, y ambas comienzan a girar en sentido opuesto. La fiebre especulativa también comienza a crecer cuando chocan una demanda desmedida con una oferta limitada. El proceso dura hasta que la demanda toca fondo. Se habla de boom cuando la burbuja alcanza su mayor expansión, de crash en el momento en que se pincha, y de crack cuando se empiezan a pagar las consecuencias. Como ocurre en los remates, la emulación por comprar a precios cada vez más altos impide darse cuenta de que la tendencia es insostenible. Muy pocos saben dejar de apostar a tiempo, como esos jugadores que se despegan de la ruleta antes de que se corte la racha.
Ignoro quién fue el que llamó “burbujas” a estos fenómenos, pero no pudo estar más acertado. Esas burbujas que suelen hacer los niños con agua jabonosa crecen a ojos vistas, desplegando reflejos irisados como si fuesen tulipanes virtuales, pero repentinamente estallan, porque sólo contenían el aire que nosotros les habíamos insuflado. Lo mismo ocurrió con los tulipanes, que por algo los holandeses llamaron windhandel, “el negocio del aire”: un negocio que se desvanece cuando estalla la burbuja. Entonces, como bien dijo el tango “verás que tus locuras fueron pompas de jabón.”
La burbuja física sigue siendo un tanto misteriosa. Crece por la tensión superficial del agua, que gracias a la película de jabón soporta la presión del aire que le insuflamos. La burbuja económica también atrae con sus luces y colores y crece mientras siga estando contenida por la tensión superficial del mercado.
Las burbujas prometen grandes ganancias; unos pocos ganan, pero la mayoría se queda con la ilusión. ¿Cuál es pues la diferencia entre la burbuja, temible y tentadora para los especuladores, y la estafa, que todos repudiamos como un delito? La diferencia puede ser mínima. En la burbuja, los inversores se auto-engañan, como ocurrió con los tulipanes o con la Bolsa de Wall Street en 1929. A veces la burbuja es inducida, como en el caso de las acciones de la Compañía de los Mares del Sur, que se alimentaban de falsas noticias que echaba a rodar la propia empresa.
La estafa se hace evidente cuando el único bien que está en juego es la confianza, como ocurre con la maniobra conocida como Esquema Ponzi. Carlo Ponzi fue el estafador que en los años Veinte engañó a la colectividad italiana de los Estados Unidos, ofreciéndole un negocio basado en maniobras cambiarias. Ponzi no invirtió un centavo, pero llegó a sacarles dinero a muchos de sus compatriotas. A los primeros inversores les pagó puntualmente sus dividendos, usando los aportes que hacían aquellos que iban sumándose. El esquema era piramidal: los últimos financiaban a los primeros, pero la pirámide no podía dejar de crecer porque cada vez había más gente esperando cobrar. Un día la burbuja estalló, pero para entonces su promotor estaba a buen recaudo y seguía diciendo que todo lo que había hecho era para ayudar a sus compatriotas.
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Las acciones y el papel moneda, cuyo valor no es menos simbólico, protagonizaron sus propias burbujas. Basta recordar el crack argentino del 2001, cuando hizo explosión la convertibilidad: la ficción de que un peso equivalía al dólar, sin más respaldo que una decisión política.
Cualquier manual nos dirá que existe una burbuja especulativa cuando se negocian grandes volúmenes de bienes a precios que exceden largamente su valor intrínseco. Pero, ¿cuál será el “valor intrínseco” de los bienes simbólicos como las marcas o la fe que despierta una nueva tecnología?
Tanto el crack del ’29, que llevó a la Gran Depresión, como la burbuja inmobiliaria del 2008, atraían a los inversores prometiéndoles dinero o propiedades. Pero nada fue más parecido a la tulipomanía que el boom de las empresas “puntocom” que nació, creció y estalló entre 1997 y 2001. Fue la primera crisis del mercado global, que se propagó por una inédita trama de comunicaciones y alcanzó una dimensión nunca vista.
Cualquier manual nos dirá que existe una burbuja especulativa cuando se negocian grandes volúmenes de bienes a precios que exceden largamente su valor intrínseco. Pero, ¿cuál será el “valor intrínseco” de los bienes simbólicos como las marcas o la fe que despierta una nueva tecnología?
Más imprevisibles fueron las burbujas nacidas de la tecnología. Hace tiempo que los economistas aprendieron a reconocer el papel que cumple la tecnología en la generación de riqueza. La tecnología comenzó a ganar prestigio social en tiempos de Edison, cuando brotaron las empresas de electricidad; del mismo modo, después del vuelo de Lindbergh se multiplicaron las líneas aéreas. A mediados del siglo XX se dio el auge de la energía atómica: las empresas se ponían nombres que incluían palabras como atom o –tronic, aunque no tuvieran nada que ver con ella. En los Noventa había que llamarse “punto.com”, porque se creía que la tecnología podía generar riqueza con una mínima inversión. Más que comerciar bienes y servicios, se entendió que había que invertir en las empresas de Internet. En 1995 Netscape puso en venta acciones por dos mil millones de dólares sin haber generado aún un centavo y el dominio “business.com” se vendió en 7.5 millones de dólares. En Buenos Aires, “ElSitio.com” llegó a cotizarse más que la petrolera Pérez Companc. El índice NASDAQ alcanzó su pico en marzo 2000, pero en menos de dos años volvió a los valores anteriores, dejando un tendal de víctimas. La nueva economía no era tan distinta de la antigua, y las burbujas tampoco.
Se diría que la ilusión de hacer fortuna sin esfuerzo es parte de la literatura fantástica; en cambio, los mercados de futuro parecerían más afines a la lógica de la ciencia ficción. Las dos están lejos de la economía real, pero sus consecuencias siempre las sufren los que viven en ésta.
Tulipanes, ganancias fabulosas y venta de fantasías no son fenómenos aislados. Son del mismo género que las loterías, el prestigio de las figuras mediáticas, al carisma efímero que otorgan las encuestas, o la tristeza que inspira el best seller del año pasado. En la vida hay mucho de sueño. En la vida económica también.
Se diría que la ilusión de hacer fortuna sin esfuerzo es parte de la literatura fantástica; en cambio, los mercados de futuro parecerían más afines a la lógica de la ciencia ficción.
[1] Cfr. Anne Goldgar. Tulipmania. Money, Honor and Knowledge in the Dutch Golden Age. Chicago, The University of Chicago Press, 2007
[2] Charles MacKey, Extraordinary Popular Delusions and the Madness of the Crowds (1841) New York, Seven Treasure Publication, 2008
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