
El auge del espiritismo y de la metapsíquica coincidió con la época en que estaban naciendo las telecomunicaciones. Ninguno de los patriarcas de la radio, desde Thomas A. Edison y Nikola Tesla hasta Oliver Lodge y Guglielmo Marconi, dejó de interesarse por el tema. No todos tenían la misma actitud (Edison se definía como humanista agnóstico, Tesla era más sensible a lo sobrenatural y Marconi era un creyente católico) pero ninguno dejaba de sentirse atraído tanto por la comunicación con los otros planetas como por la posibilidad de interacción con los difuntos. El público, por su parte, estaba ansioso por conocer la opinión de los científicos e inventores más prestigiosos, en quienes confiaba.
Desde 1879 Tesla y Marconi venían experimentando con las transmisiones electromagnéticas, y más de una vez habían creído recibir señales de origen desconocido. Como ellos eran prácticamente los únicos emisores, imaginaron que las señales vendrían de Marte o del Otro Mundo. En realidad, lo que estaban captando eran las radiaciones cósmicas, de las que luego se ocuparía la radioastronomía. Gracias a ellas, más de medio siglo más tarde los radiotelescopios pudieron descubrir a los cuásars y los púlsars, aunque hasta la fecha no han logrado detectar ningún mensaje inteligente procedente de otro planeta.
Desde 1879 Tesla y Marconi venían experimentando con las transmisiones electromagnéticas, y más de una vez habían creído recibir señales de origen desconocido. Como ellos eran prácticamente los únicos emisores, imaginaron que las señales vendrían de Marte o del Otro Mundo. En realidad, lo que estaban captando eran las radiaciones cósmicas, de las que luego se ocuparía la radioastronomía.
Marconi creyó que los ruidos de fondo podían ser mensajes en código Morse. Testa, por su parte, pensó que había encontrado la primera evidencia de vida marciana. En una señal captada por su descomunal antena de Wardenclyffe creyó descifrar la secuencia “1-2-3-4”. Tan convencido estaba de que era una señal inteligente, que reclamó para sí el Premio Guzmán.[1] Al mismo tiempo se puso a trabajar en el desarrollo de un transmisor/receptor que le permitiera comunicarse con los extraterrestres y con el más allá. La prensa no tardó en bautizarlo “la Radio de los Espíritus” y Edison se burló públicamente de ella, porque le costaba admitir que uno de sus antiguos empleados pudiera ganarle de mano. Pronto Edison cambió de idea y, haciendo a un lado su agnosticismo, en una entrevista que le concedió en 1920 al Scientific American dijo estar convencido de que los espíritus existían y eran de naturaleza inmaterial. Aun así, no pudo evitar de decir que “si quieren hablar con los vivos, les resultará más práctico hacerlo a través de las ondas electromagnéticas”. Era inevitable que desde ese momento empezara a circular la versión de que Edison estaba a punto de desarrollar un Teléfono de los Espíritus, que por supuesto sería muy superior a la Radio de Tesla. Pero recién en 1938, cuando el campo de las telecomunicaciones había crecido enormemente, Edison logró registrar supuestas voces del otro mundo en un grabador. Herido en su orgullo, Tesla anotó en su diario que si Edison conseguía hacerlo sería porque usaba varias de sus patentes: el mismo reproche que le había hecho a Marconi.

No consta que ninguno de los dos magos de la electricidad haya llegado a presentar siquiera un prototipo del dispositivo, pero no faltan aquellos que aseguran poseer los planos, y en Internet hay quien los vende. Desde aquellos lejanos tiempos, las emisiones radiales y televisivas han proliferado al punto de confundir a los radiotelescopios, que nunca dejaron de recibir todo tipo de interferencias. Cualquiera puede comprobar algo de eso con sólo poner su televisor en el espacio donde no hay ningún canal: la “nieve” y el “ruido blanco” que allí se perciben son parte de la radiación cósmica de fondo, el eco más remoto del Big Bang.
Pero al margen de la radioastronomía científica sigue habiendo parapsicólogos que dicen haber recibido mensajes de los muertos en distintos dispositivos electrónicos: el teléfono, la radio, la grabadora, el fax o la computadora. Ese parece ser el origen de la leyenda urbana de los años noventa, que denunciaba unos supuestos mensajes satánicos grabados en los discos de rock.
Cualquiera puede comprobar algo de eso con sólo poner su televisor en el espacio donde no hay ningún canal: la “nieve” y el “ruido blanco” que allí se perciben son parte de la radiación cósmica de fondo, el eco más remoto del Big Bang.
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Con la segunda guerra mundial la tecnología de las comunicaciones había avanzado considerablemente, y con ella también se habían multiplicado las interferencias. En 1952 el sacerdote musicólogo Pellegrino Ermetti estaba procesando grabaciones de canto gregoriano hechas con un antiguo magnetófono de alambre cuando creyó escuchar la voz de su padre difunto, que lo llamaba con su sobrenombre infantil. Acompañado por el P. Agostino Gemelli (el fisiólogo que presidiría la Academia Vaticana de Ciencias) puso al tanto del hecho al Papa Pio XII, quien prudentemente les aconsejó dejar el asunto en manos de los científicos y no apresurarse a sacar conclusiones.[2] A partir de entonces, los que dicen haber registrado mensajes provenientes del más allá son multitud y han convenido en designar al fenómeno como “trans-comunicación».
Los trans-comunicadores reconocen como fundador al documentalista sueco Friedrich Jürgenson, quien una noche de los años ‘60 había puesto un grabador a registrar el canto de los pájaros. Al otro día, cuando reprodujo la cinta se encontró con que se escuchaban palabras y frases en alemán, italiano, húngaro y sueco.
Konstantins Raudive, un psicólogo discípulo de Jung se interesó por sus libros y se ofreció a colaborar con Jürgenson para investigar el “ruido blanco” de la estática. Allí los dos creyeron descubrir palabras, frases y fragmentos de conversación que era posible escuchar con auriculares al doble de la velocidad normal y con el máximo volumen. Raudive, de cuyos trabajos llegaron a participar unas cuatrocientas personas, reunió cerca de cien mil grabaciones que aún se siguen vendiendo en Internet.
Las voces del más allá hablaban muy rápido, mezclaban diversas lenguas y creaban sus propios neologismos. Su discurso era por lo común fragmentario, pero Raudive reconoció mensajes en alemán y en la lengua de su país (Latvia), incluyendo algunas expresiones dialectales que sólo él podía conocer. También pudo escuchar voces que hablaban en español y en sueco, dos lenguas que desconocía.

Muchos quisieron repetir sus experimentos y creyeron escuchar las voces de los propios Jürgenson y Raudive; algunos llegaban a dialogar sobre temas técnicos con difuntos de su misma profesión.
Puesto que para lograr que algo se convierta en un campo de estudio es preciso ponerle nombre, una nueva generación de parapsicólogos se propuso investigar lo que unos llamaron EVP (Electronic Voice Phenomena) y otros ITC (Instrumental Transcommunication).
…algunos llegaban a dialogar sobre temas técnicos con difuntos de su misma profesión…
Muchos parapsicólogos no aceptan estas experiencias como pruebas de la comunicación con los muertos, pero las hipótesis alternativas que sugieren son tan especulativas e indemostrables como esa, comenzando por los “archivos akhásicos” de la Teosofía o recurriendo a una supuesta acción psicokinética del médium que le permitiría grabar los mensajes en un soporte físico.
Esto no quita que siga habiendo toda una comunidad dedicada a eso, que ha realizado un abundante registro de casos, algunos incluso difíciles de explicar. Estos testimonios se parecen a los que produce el fenómeno ovni: este parentesco es explícitamente reconocido por ufólogos y trans-comunicadores.
Pero hasta los más entusiastas se ven obligado a dar cuenta de la trivialidad y el sinsentido que caracteriza a la mayoría de estos mensajes. Hay fragmentos de conversaciones, chistes privados, recuerdos de infancia y parloteos absurdos, aún más confusos de los que producía la escritura automática de los espiritistas. Los supuestos difuntos tampoco describen su mundo, y por lo general se limitan decir que son felices y que viven en un reino de amor. Algunos se ponen a disertar acerca de cuestiones metafísicas y otros dicen haberse resucitado en un planeta sospechosamente parecido al mundo ideado por Philip José Farmer para su saga del Mundo del Río (1971-1983).
No todo puede ser explicado por el fraude, consciente o inconsciente. Como sabe cualquier usuario, el ciberespacio suele dar sorpresas, y a veces nos devuelve fragmentos de archivos del pasado que han sido guardados automáticamente.
Algunos se ponen a disertar acerca de cuestiones metafísicas y otros dicen haberse resucitado en un planeta sospechosamente parecido al mundo ideado por Philip José Farmer para su saga del Mundo del Río (1971-1983).

Una explicación psicológica del fenómeno, en los casos en los cuales no es fraudulento, es la Apofenia, el fenómeno que se define como “percepción no motivada de conexiones entre sucesos aleatorios”. Es lo que le ocurre a quien proyecta sus deseos sobre lo que percibe o interpreta a la luz de su experiencia algo que en sí carece de sentido. En eso se basan los tests proyectivos, donde el sujeto debe interpretar unas manchas de colores. Todos lo hacemos cuando creemos ver figuras significativas en las nubes, como Hamlet en su diálogo con Polonio. No es la primera vez que un paranoide ve una conspiración donde no la hay, que un celoso imagina una infidelidad que no existe, o que un optimista cree ver señales venturosas, aunque nada parezca justificarlo.
Una explicación psicológica del fenómeno, en los casos en los cuales no es fraudulento, es la Apofenia, el fenómeno que se define como “percepción no motivada de conexiones entre sucesos aleatorios”. Es lo que le ocurre a quien proyecta sus deseos sobre lo que percibe o interpreta a la luz de su experiencia algo que en sí carece de sentido.
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El psicoanálisis nació en el clima cultural de fin de siglo, en el cual ocupaban un lugar destacado la parapsicología, el ocultismo y el espiritismo, pero pronto se propuso reducirlo todo a una nueva entidad que no sería ni alma ni cuerpo: el inconsciente.
Quien introdujo el concepto de inconsciente fue Pierre Janet, un científico muy comprometido con la metapsíquica. El propio Freud tomó una actitud de cautela ante las prácticas hipnóticas y “psíquicas”. Empezó por buscar el eventual “núcleo de verdad” que pudieran contener, pero se fue volviendo cada vez más hostil hacia ellas; de lo único que nunca dudó fue de la telepatía. El padre del psicoanálisis participó de sesiones espiritistas en carácter de observador y no desdeñó de practicar la sugestión y el hipnotismo, técnicas entonces mal vistas por los psicólogos experimentales.
Freud era como Jung lo definió alguna vez, “un hombre de la Ilustración”[3]. Su ambivalencia frente a lo oculto se debe a que poseía una personalidad supersticiosa, sensible a las premoniciones, las coincidencias, el déjà vu y la numerología.
Distinta era la actitud de su par y colaborador Férenczi y más aún la de su discípulo Carl Gustav Jung. La tesis doctoral de Jung había versado sobre las séances en las que su prima hacía de médium, y después de haberse alejado de su maestro se entregó al estudio de la alquimia, el I Ching y el fenómeno ovni.
La escena de la ruptura entre Freud y Jung, tal como relató Jung en sus memorias, tuvo todas las características de una séance clásica: desplazamiento de muebles, ruidos intempestivos e inexplicables somatizaciones. Al decir de Jung, Freud había comenzado amonestándolo por sus actitudes espiritualistas y le había ordenado que jamás renunciara al dogma de la sexualidad infantil. De no hacerlo, sentenciaba, era inevitable que “nos cubriera la negra marea del lodo ocultista”.
Pronto Freud reemplazó a la hipnosis por técnicas como el análisis de los sueños o la libre asociación, pero las entrevistas psicoanalíticas se siguieron llamando sesiones y los pacientes siguieron recostándose en un diván parecido al de las médiums, bajo la imagen onírica de la Gradiva de Jensen, que fue el numen del psicoanálisis y del surrealismo. André Breton, que era psiquiatra y seguidor de Freud, introdujo en el surrealismo la “escritura automática” de los espiritistas.
En los años Veinte un viajero húngaro aún daba cuenta de la “ensalada ocultista” de adivinos, médiums y videntes que había encontrado en París, pero con la revolución rusa, el ascenso del fascismo y la guerra civil española las que pasaron a primer plano fueron las locuras de la seudorracionalidad ideológica.
Todos los esfuerzos que hizo la parapsicología para ser reconocida como ciencia se eclipsaron con la segunda guerra mundial. En lugar de volver al espiritismo sus expectativas se volcaron en el mito ovni, que las satisfacía en un marco más “realista”. En la posguerra tuvieron gran difusión los trabajos de J.B. y Louisa Rhine, que estudiaban la percepción extrasensorial con métodos de laboratorio y procedimientos estadísticos. Ellos rehabilitaron por un tiempo a la parapsicología, y algunos creyeron estar presenciando el nacimiento de una nueva ciencia: la ciencia ficción la publicitó con el nombre de Psiónica, por analogía con Electrónica. En los años sesenta, la policía holandesa llegó a tener una brigada de telépatas que ayudaban a resolver los crímenes más intrigantes. La KGB y la CIA reclutaron en secreto videntes con los que se espiaban mutuamente. Su último fracaso fue informar al gobierno de los Estados Unidos que Saddam Hussein poseía un arsenal de armas de destrucción masiva que nunca apareció.
La mediumnidad volvió a ponerse de moda con la New Age de la segunda mitad del siglo XX, una suerte de revival de la teosofía que proponía una nueva alianza entre la ciencia y la religión. El movimiento, nacido de la mano de Aldous Huxley y Gregory Bateson, tuvo por centro el instituto Esalen de California. Una de sus figuras más importantes fue el psicoanalista checo Stanislav Grof, quien escribió acerca de las emergencias espirituales, la psicología transpersonal y la visión holotrópica. Para usar un lenguaje más acorde con el auge de la tecnología, en lugar de médiums se hablaba de antenas, canalizaciones, emisores, receptores y abducciones. Grof y sus discípulos proponían seriamente abrir el diálogo con los muertos, viajar al más allá, evocar vidas anteriores, ser arrebatados por extraterrestres, comunicarse con animales y plantas y hasta vivir “eventos subatómicos”. Libros como A Course of Miracles de Helen Shucman (1973) fueron bestsellers. Los espectáculos teatrales de J.Z. Knigth y la actriz Shirley MacLaine, supuestos voceros de Ramtha, un personaje que había vivido en la Atlántida, Lemuria y Mu[4] convocaron grandes audiencias.
Los espiritistas y los parapsicólogos permanecen activos en la periferia cultural, aunque en cualquier momento pueden volver al primer plano. Actualmente, las esperanzas de otra vida se vuelcan en los progresos de la biología molecular, la genética, la electrónica y la informática. El mito más reciente, el transhumanismo, promete nada menos que la inmortalidad, ya sea mediante prótesis que ennoblecerían el frágil cuerpo que nos dio la naturaleza, o por una suerte de reencarnación digital en el seno de unas máquinas perfectas e indestructibles.
A principios del siglo XX el psicoanálisis y el surrealismo lograron popularizar la idea del inconsciente. Pero aun así sigue siendo muy poco lo que sabemos de él y del mundo de los sueños. Es habitual presentar al inconsciente como un sumidero de imágenes generadas por la experiencia diaria, que en principio pueden ser evocados con recursos químicos o electrónicos, aunque es más que eso.
Nuestra cultura ha dejado de ver a la muerte como un hecho social y la ha recluido las instituciones médicas, que suelen ver al moribundo más como un inminente cadáver que como una persona.
Los espiritistas y los parapsicólogos permanecen activos en la periferia cultural, aunque en cualquier momento pueden volver al primer plano. Actualmente, las esperanzas de otra vida se vuelcan en los progresos de la biología molecular, la genética, la electrónica y la informática. El mito más reciente, el transhumanismo, promete nada menos que la inmortalidad, ya sea mediante prótesis que ennoblecerían el frágil cuerpo que nos dio la naturaleza, o por una suerte de reencarnación digital en el seno de unas máquinas perfectas e indestructibles.
Los muertos ya no aparecen en las sesiones espiritistas, pero proliferan en el imaginario mediático, que suele presentarlos como indeseables, perversos y parásitos. Los vampiros han llegado a tener su propio género literario y los zombis han pasado a simbolizar la exclusión social. El espectáculo de las procesiones de jóvenes que se disfrazan de zombis no deja de evocar esa Danza Macabra que nació en otra época de crisis, a fines del Medioevo.
Tenemos una comunidad científica que escruta al cielo con sus ojos satelitales y aguza sus oídos electrónicos esperando hacer contacto con los nuevos dioses y ángeles extraterrestres nacidos del imaginario de la ciencia ficción. Su fe, tal como la expresó Carl Sagan, consiste en confiar que su sabiduría nos salvará de la autodestrucción en la que parecemos estar empeñados. Nada nuevo, más allá de la tecnología.
[1] Tuvieron que pasar muchos años hasta que la Academia de Ciencias francesa otorgara el premio a la tripulación de la Apolo XI.
[2] François Bruno y Rémy Chauvin, In diretta dall’aldilà. La transcomunicazione, realtá o mito?,Roma, Edizioni Mediterranee, 1998.
[3] Christian Moreau. Freud y el ocultismo. Buenos Aires, Gedisa 1983
[4] Cfr. mi libro El mito de la Nueva Era. Vino viejo en odres descartables, Buenos Aires, ed. Criterio-Paulinas, 1993.

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